Actualizado el miércoles 15/FEB/17

Ejemplos de la protección de la Medalla de San Benito

Ejemplo 26

 

En 1859, una pobre mujer fue a comunicar sus penas a una persona que conocía las virtudes de la medalla de San Benito. El marido de esa mujer, aunque trabajador honesto, tenía sin embargo la pésima costumbre de beber descontroladamente. Apenas llegaban al fin de semana con lo que ambos ganaban, y reinaba en aquel hogar una extrema miseria. La persona de quien acabamos de hablar dio a la pobre mujer una medalla de San Benito y le aconsejó tocar con ella la jarra de vino que ponía en la mesa junto a su marido, y beber solamente agua pura. La mujer siguió estas instrucciones. El marido, apenas acabó de beber, exclamó: “¡Qué vino horroroso! ¡Prefiero tomar agua! Pero ya voy a arreglar esto”. En efecto, se levantó de la mesa, pidió dinero y fue enseguida a la taberna vecina, de donde acostumbraba regresar a altas horas de la noche, siempre ebrio. Pero quince minutos después volvió, diciendo a su mujer: “Parece una conjuración contra mí; el vino de la taberna es todavía peor que el nuestro”. Esa noche la pasó tranquilo. Al día siguiente y en adelante, el pobre alcohólico empezó a tomar agua como bebida habitual. La mujer, que era una buena cristiana, consiguió en poco tiempo que su marido pasara a cumplir sus deberes religiosos.

 

Ejemplo 27

 

En el mismo año de 1859, en T..., una mujer octogenaria había declarado que quería morir sin confesión, y hacía más de sesenta años que no se aproximaba a los Sacramentos. El sacerdote, llamado por un amigo, daba por sentado que ella rechazaría su ministerio. Pero alguien le colocó en la mano una medalla de San Benito, diciendo: “Id, no temáis”. La anciana vuelve la cara a la pared, y dice en voz alta: “Voy a dormir”. El sacerdote le responde: “Tome esta medalla y duerma; yo voy a rezar”. Y se puso de rodillas junto al lecho. Antes que acabara el Acordaos, la mujer se dio vuelta, hizo salir a sus parientes, y empezó a confesarse.

 

Ejemplo 28

 

El 14 de marzo de 1859, un piadoso laico se encontró en la calle con un sacerdote muy afligido con un joven de diecisiete años, que había vuelto enfermo desde París y que, según el médico, sólo tenía pocos días de vida. Tres veces se había presentado el sacerdote a la puerta del enfermo, y la familia ni siquiera lo  había recibido. El laico le habló de la medalla de San Benito, y le puso una en las manos, incentivándolo a emprender un nuevo asalto. El sacerdote fue rechazado al principio, pero al mostrar la medalla que traía al enfermo, le responden: “Bueno, esto es diferente, puede entra, Padre”. Finalmente penetra en el cuarto del enfermo, quien al verlo, se cubre la cara con las sábanas. “Acepte esta medalla, amigo”, le dice el sacerdote. Inmediatamente el enfermo se descubre, y comienza a confesar sus pecados con vivas muestras de arrepentimiento.

 

Ejemplo 29

 

En 1860, un protestante ya viejo, recogido en un asilo de París, cayó gravemente enfermo, sin dar esperanzas de salvar su vida. Las hermanas encargadas del establecimiento, al ver que no recobraría la salud del cuerpo, se preocuparon mucho en obtenerle al menos la vida del alma.

Con ese objetivo hicieron diversas novenas, comuniones particulares y generales, mandaron celebrar muchas Misas; y todos los esfuerzos parecían condenados al fracaso. Finalmente, un amigo de la casa que había ido un domingo a visitar al enfermo, sabiendo que el peligro de muerte era inminente, aconsejó que se le diese una medalla de San Benito, y en caso de que no quisiera aceptarla, la colocaran debajo de la almohada. Las hermanas siguieron el consejo y se la colocaron en el cuello. Cuando, algún tiempo después, la misma persona fue de visita al establecimiento, tuvo el consuelo de saber que el protestante, ese mismo domingo en que había recomendado el uso de la medalla, había suplicado a media noche la gracia de retornar a la Iglesia. Le preguntaron si quería llamar a los dos párrocos más próximos, pero rechazó a ambos, y declaró que prefería al capellán de la casa, a quien ya conocía. Pero como éste no tenía poder para recibir su abjuración ni absolverlo de la herejía, hubo que recurrir al Arzobispo, y a pesar de toda la diligencia empeñada, sólo a las nueve de la mañana siguiente fue posible administrarle los Sacramentos al moribundo. El anciano cumplió con gran piedad sus deberes religiosos, y a la tarde falleció pacíficamente.

 

Ejemplo 30

 

Un doctor seguidor de Pusey (fundador de una rama ritualista de la iglesia anglicana), joven pastor inglés muy instruido, se encontraba en T... en 1851. Ardiente polemista, quiso trabar relaciones con tres ex–pastores protestantes que se habían convertido al Catolicismo y vivían retirados en una casa de campo, en los alrededores de la ciudad. Las discusiones se prolongaron nueve días, sin ningún resultado. Pero el décimo día, 14 de mayo, había sido señalado por el Cielo como el fin de aquellas luchas destinadas a producir una brillante conversión. El anglicano regresaba a la ciudad; y uno de los tres amigos, que tenía que llevar a unos chicos al circo levantado en la feria, lo invitó a acompañarlo. Llegaron al circo y se ubicaron en sus lugares. Mientras los niños presenciaban el espectáculo, los dos controversistas reanudaron la discusión, en inglés, sin preocuparse de los vecinos. En la mitad del espectáculo, el protestante acabó la conversación con estas palabras: “Basta, no hablemos más de esto, no obtendrá nada de mí”. Al oírlo, en un comienzo, el católico se quedó sin saber qué decir; pero, acordándose de lo que oyera comentar sobre la medalla de San Benito, tomó una que traía consigo e insistió para que su interlocutor la aceptara, cosa que el protestante hizo. Transcurrieron algunos minutos en silencio, mientras el católico rezaba. De repente, el pastor prosiguió la conversación con estas palabras: “Amigo mío, hice mal discutiendo tanto tiempo con usted. La luz ya brilla ante mis ojos, y sólo quiero ocuparme de hacer mi abjuración”. Cinco días más tarde abjuraba y la verdadera Iglesia contaba con un miembro más.

 

Ejemplo 31

 

Una piadosa costurera de la ciudad de Noyon estaba cruelmente afligida a causa de la alienación mental padecida por su madre, quien sufría accesos durante los cuales se ponía furiosa. La infeliz mujer aterrorizaba a las personas que encargaban trabajos a su hija; tiraba los muebles por la ventana, y siempre se temía que ella misma acabara precipitándose a la calle. La situación se mantuvo así durante años; pero lo que más entristecía a la joven era haber perdido toda esperanza de que su madre recurriera al Sacramento de la Penitencia para poner en orden su conciencia; y los motivos para temer eran bien fundados, puesto que la pobre mujer había enloquecido de manera repentina. En 1861, una persona piadosa entregó una medalla de San Benito a la joven, quien se la colgó al cuello de su madre. En un minuto se calmaron todos los furores de la infeliz, que no paraba de besar la medalla; enseguida se confesó con la más viva compunción. Desde entonces, goza de una dulzura inalterable; su edad avanzada la obliga desde hace algún tiempo a guardar cama, pero ninguna impaciencia la perturba, y todo hace esperar que tendrá un fin dichoso.

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