(Sección especialmente dedicada a los
Consagrados a María)Actualizado el viernes 4/MAY/12
Después de algunas consideraciones generales, entre otras sobre la importancia del punto de vista de la finalidad en nuestra vida espiritual, hemos hablado hasta ahora de los motivos que deben hacernos aceptable, deseable y casi obligatoria la vida «para María». Llegamos ahora a la exposición de la práctica en sí misma. Querríamos desarrollar un tanto los consejos de San Luis María de Montfort sobre este tema.
Hay dos modos de vivir y de obrar por la Santísima Virgen: ante todo, hacerlo todo sencillamente por amor a Ella, para su provecho y su gloria; y luego, orientar toda la vida a la glorificación de Nuestra Señora por las almas, a su reino en el mundo, y por lo tanto obrar más bien con un espíritu apostólico. Por el momento trataremos de la vida para María enfocada del primer modo.
El primer consejo de nuestro Padre de Montfort es negativo. No por eso es menos importante. «Esta alma debe renunciar, en todo lo que hace, a su amor propio, que se toma casi siempre como fin de manera imperceptible».
Tenemos, pues, ante todo, esta observación severa —¡pero qué justa por desgracia!— de un gran conocedor de las almas: que, si no tenemos cuidado y no reaccionamos constantemente, nos tomamos casi siempre a nosotros mismos, de manera desordenada, como fin de nuestras acciones. Desgraciadamente mucha gente no se da cuenta de ello. Incluso muchas «personas piadosas» viven en la ilusión a este respecto. Pero un examen de conciencia serio y habitual, especialmente sobre el móvil secreto y último de nuestros actos, nos llevará a la triste comprobación de que la sensualidad, el amor de nuestras comodidades, la vanidad, el orgullo, el deseo de agradar, etc., es lo que nos hace obrar muy a menudo, y lo que, como un gusano escondido, roe nuestras mejores acciones y las arruina totalmente o casi. Por eso, debemos estar convencidos desde el comienzo de que se impone aquí una extrema vigilancia, si no queremos echar a perder una gran parte de nuestras acciones y de nuestra vida.
En este consejo se incluye también, evidentemente, que debemos saber renunciar al deseo de agradar a otras creaturas. En efecto, cuando tomamos a una creatura cualquiera como fin de nuestras acciones, no hacemos más que tratar de satisfacernos a nosotros mismos; pues en estas creaturas buscamos, en definitiva, nuestra propia satisfacción sensible o espiritual.
Después de habernos convencido del gran peligro en que nos encontramos de realizar nuestras acciones casi imperceptiblemente por amor propio, por búsqueda de nosotros mismos, debemos ejercernos en sustraernos a estas preocupaciones miserables. No hagamos ninguna acción única o principalmente para satisfacer nuestros sentidos, por ejemplo en el comer o en el beber. Tampoco renunciemos jamás a ninguna acción por el solo motivo de que molesta y crucifica nuestros sentidos, como sería, por ejemplo, la visita de los pobres y de los enfermos. No hablemos ni obremos para ser vistos y alabados por los hombres, para recoger sus aprobaciones y alabanzas. No trabajemos para ganar dinero, al menos no sin referir este fin poco noble a un fin superior, como por ejemplo el mantenimiento de nuestra familia según las miras de Dios. En la oración no busquemos nuestra propia satisfacción, ni siquiera por medio de las consolaciones espirituales. No nos aventuremos en el laberinto de los mil senderos, en que nuestro amor propio quiere meternos. Tampoco es exigir demasiado, desde el punto de vista cristiano en general, pedir que antes de cada acción más importante renunciemos a toda intención menos noble, a la búsqueda inconsiderada de nosotros mismos, bajo cualquier forma que se pueda presentar. Este consejo de San Luis María de Montfort es, por lo tanto, de gran importancia.
Esto es lo que en espiritualidad se llama «pureza de intención». Ella exige que, incluso cuando nuestra intención predominante sea buena y recta, no nos dejemos influenciar por todo un tropel de intenciones secundarias poco loables. Podemos comulgar principalmente por amor a Jesús, para agradar a la Santísima Virgen y alimentar espiritualmente nuestra alma, pero a la vez también un poco para ser vistos y estimados por los hombres, o por tal o cual persona en particular. Podemos ir a la mesa teniendo como intención principal la gloria de Dios, pero también un poco para satisfacer nuestra gula. Nuestra divina Madre deberá despertar aquí nuestra atención y ayudarnos a renunciar a todo fin poco noble que podríamos estar persiguiendo en nuestras acciones, incluso en un orden secundario, para llevarnos poco a poco a una pureza de intención total y perfecta en todas nuestras acciones.
Esta práctica, considerada bajo su aspecto positivo y más elevado, es muy sencilla y a la vez muy hermosa y atractiva. Nuestro Padre no podría habérnosla propuesto de manera más clara y simple: «[Esta alma debe]… repetir frecuentemente desde el fondo del corazón: ¡Amada Soberana, por amor vuestro voy aquí o allá, hago esto o aquello, sufro esta pena o esta injuria!».
La campana, o tu despertador, o un toque fuerte a la puerta de tu habitación, te saca de un profundo sueño: «¡Mi buena Madre, por Ti, por Jesús y por Ti ofrezco este primer sacrificio!», e inmediatamente te pones de pie.
Por Ella y bajo su mirada materna le darás luego a tu cuerpo los primeros cuidados.
«Por Ti, divina Madre, asisto al Sacrificio de Jesús, al que me asocio contigo y por Ti, y en el que, unido a Jesús y a Ti, puedo ser víctima espiritual, ofrecida e inmolada para mayor gloria de Dios».
«Por Ti voy a la mesa, comienzo mis quehaceres, realizo mi jornada de trabajo, ofrezco cada hora y cada minuto de esta jornada; de vez en cuando renovaré esta intención, sobre todo cuando tenga que cambiar de ocupación».
«También por Ti, buena Madre, me entrego a esta hora de descanso, a este pequeño trabajo de recreación, a esta lectura atractiva, a estos momentos de agradable conversación».
Y cuando tengas que sobrellevar contratiempos, sufrir tedio o fatiga, soportar caracteres difíciles, aceptar humillaciones, reconocer un fracaso, preséntale todo eso a María, deposítalo en el incensario de oro de su Corazón Inmaculado, para que todo eso suba hacia el Señor como un sacrificio de agradable olor.
De este modo cada una de tus acciones, incluso las más mínimas y humildes, y realmente cada instante de tu vida, será como un canto de amor y alabanza que, captado y reforzado por el altavoz precioso del Corazón de tu Madre, subirá como melodía encantadora hasta el trono de Dios.
Así hemos de vivir, así nos hemos de esforzar por vivir sin cesar, al menos habitualmente, y renovar a menudo esta preciosa intención. Hagámoslo especialmente, como ya hemos dicho, cuando se nos ofrezca la cruz, cuando se nos presente una dificultad, cuando la tentación, tal vez dura y tenaz, nos asalte, cuando se nos pida un sacrificio y tengamos que practicar la renuncia exigida por Jesús y tan difícil para nosotros. Todo eso quedará suavizado, facilitado y transfigurado por esta práctica.
Nuestro Padre de Montfort no ha sido el único, ciertamente, en aconsejar y en practicar esto. Cuando el joven Gabriel de la Dolorosa tenía que vencerse, y le costaba hacerlo, se decía a sí mismo: «¿Cómo? ¿Dices que amas a la Madona y no serás capaz de hacer este sacrificio por amor a Ella?». Y así siempre lograba la victoria deseada.
En la vida del santo Cura de Ars, que también era esclavo de la Santísima Virgen, se cuenta un pequeño episodio típico del mismo género. Tenía quince o dieciséis años y trabajaba aún en la granja paterna. Tenía que layar el viñedo para eliminar las malas hierbas. Al parecer era un trabajo penoso. Para estimularse a ello, Juan María colocaba una estatuilla de la Santísima Virgen a unos veinte metros delante suyo. Para llegar más pronto junto a la imagen de su Madre, a la que tanto amaba, trabajaba entonces con redoblado ardor.
De un modo u otro hagamos lo que hicieron los santos. Empleemos también estas piadosas estratagemas, recurramos a nuestro amor filial por María, a fin de superar nuestra debilidad. La experiencia demuestra que esta práctica encierra una grandísima energía para hacer el bien.
Lea o descargue el precioso libro sobre la Consagración a María (en Word)
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