PortadaActualizado el viernes 22/ABR/16

Las Glorias de María (fragmento)

San Alfonso María de Ligorio

Sección II 

DOLORES PADECIDOS POR MARÍA 

Cuarto dolor: Encuentro de María con Jesús camino del Calvario

 

1. María sufre en la misma medida de su amor

 

Dice san Bernardino que para tener una idea del gran dolor de María al perder a su Hijo por la muerte, es necesario meditar el amor de esta madre hacia él.

Todas las madres sienten como propias las penas de sus hijos, por eso la Cananea, cuando le pidió al Salvador que librara a su hija poseída por el demonio, le dijo que tuviera piedad de ella, su madre, más que de la hija: “Ten piedad de mí, Señor, hijo de David, pues mi hija es atormentada por un demonio” (Mt 15, 22). Pero ¿qué madre amó tanto a su hijo como María amó a Jesús? Era su hijo único y criado con tantos trabajos; hijo amadísimo de la madre y tan amante de ella; hijo que al mismo tiempo era su hijo y su Dios, que habiendo venido a la tierra a encender en todos el fuego del divino amor, como él mismo dijo: “Fuego vine a traer a la tierra, ¿y qué he de querer sino que arda?” (Lc 12, 49), ¿qué llamaradas de amor no encendería en aquel corazón de su madre santísima, puro y vacío de todo afecto mundanal? La misma Virgen Santísima dijo a santa Brígida que su corazón era uno con el de su Hijo por el amor. Aquella mezcla de esclava y madre, y de hijo y Dios, levantó en el corazón de María un incendio de amor compuesto de mil hogueras. Pero todo este incendio de amor, al tiempo de la pasión se convirtió en un mar de dolor.

San Bernardino dice meditando este misterio: Todos los dolores del mundo, si se juntaran de una vez, no serían tan intensos como el dolor de la gloriosa Virgen María. Y así es en verdad, porque esta madre, como escribe san Lorenzo Justiniano, cuanto más tiernamente amó, tanto más profundo fue su dolor. Cuanto con más ternura lo amó, con tanto mayor dolor sintió al verlo partir, especialmente cuando se encontró a su hijo que, ya condenado a muerte, iba con la cruz al lugar del suplicio. Y ésta es la cuarta espada de dolor que vamos a considerar.

 

2. María en la despedida a Jesús

 

Reveló la Virgen a santa Brígida que cuando se acercaba el tiempo de la pasión, sus ojos estaban siempre llenos de lágrimas pensando en el amado Hijo que lo iba a perder en esta tierra, y que tenía un sudor frío por el temor que le asaltaba al pensar en el próximo espectáculo tan lleno de dolor. Y ya cercano el día, fue Jesús llorando a despedirse de la Madre para ir a la muerte. San Buenaventura, considerando lo que haría María aquella noche, le habla así: Sin dormir la pasaste, y mientras los demás dormían tú permaneciste en vela. Llegada la mañana venían los discípulos de Jesucristo a esta afligida madre, quién a traerle una noticia y quién otra, pero todas de dolor, cumpliéndose en ella el texto de Jeremías: “Llora que llora por la noche y las lágrimas surcan sus mejillas; ni uno hay que la consuele de todos los que la quieren” (Lm 1, 2).

Uno venía a referirle los  malos tratos cometidos contra su Hijo en casa de Caifás, otro le refería los desprecios que le hizo Herodes. Llegó finalmente san Juan y le anunció que el injustísimo Pilatos lo había condenado a muerte de cruz. He dicho injustísimo porque, como nota san León, este juez inicuo, lo mandó a la muerte. Oh Madre dolorosa, le diría san Juan, tu Hijo ya ha sido sentenciado a muerte y ya ha salido llevando él mismo la cruz camino del Calvario; así lo registró el Evangelio: “Y llevando la cruz salió hacia el lugar que llaman Calvario” (Jn 19, 17); ven, si quieres verlo y darle el último adiós en el camino por donde ha de pasar.

Parte María con Juan, y por las huellas de sangre que ve por las calles advierte que ya ha pasado por allí su Hijo. Como ella le reveló a santa Brígida: Por las huellas conocí por dónde había pasado mi Hijo, pues aparecía la tierra ensangrentada. Dice san Buenaventura que la afligida Madre, acortando por una calle, fue a desembocar en la calle por donde había de pasar su Hijo atribulado. Dice san Bernardo: la más afligida de las madres va al encuentro del más afligido de los hijos. Esperó María en aquel lugar; ¡y cuántos escarnios tuvo que oír de los judíos que la conocían dirigidos contra su Hijo y, tal vez, contra ella misma!

 

3. María presencia el paso de Jesús

 

¡Qué exceso de dolor fue para ella ver los clavos, los martillos y los cordeles que llevaban delante los verdugos y todos los horribles instrumentos para matar a su Hijo! ¡Y qué espada para su corazón al oír la corneta que anunciaba la sentencia contra su Jesús! Pero he aquí que después de haber pasado los instrumentos, el pregonero y los ministros de la justicia, alza los ojos y ¿qué ve? Ve a un joven cubierto de sangre de pies a cabeza, con una corona de espinas, con una pesada cruz sobre las espaldas; lo contempla y casi no lo conoce, diciendo entonces con Isaías: “No tenía apariencia ni presencia” (Is 53, 2). Sí, porque las heridas, las moraduras y la sangre coagulada le hacían semejante a un leproso, de modo que estaba desconocido: “Despreciado, varón de dolores, desecho de hombre, no lo tuvimos en cuenta” (Is 53, 3).

Pero, al fin, el amor se hizo reconocer; y una vez que lo hubo conocido, como dice san Pedro de Alcántara: “Qué lucha se entabló entre el amor y el temor en el corazón de María. Por una parte, deseaba verlo; mas, por otra, le daba temor ver algo tan digno de compasión. Finalmente, se miraron; el Hijo, apartándose de los ojos un grumo de sangre que le impedía la visión, como le fue revelado a santa Brígida, y la Madre miró al Hijo. Y sus miradas llenas de dolor fueron como otras tantas flechas que traspasaron aquellas dos almas enamoradas. Margarita, hija de santo Tomás Moro, cuando vio que su padre iba hacia la muerte, no pudo decir más que: ¡Padre, padre!, y cayó desvanecida a sus pies. María, cuando vio a su Hijo que iba hacia el Calvario, no se desvaneció, no; porque como dice el P. Suárez, la Madre de Dios no podía perder el uso de la razón; ni murió, pues Dios la reservaba para un mayor dolor; pero si no murió sí sufrió un dolor capaz de causar mil muertes.

Quería la Virgen abrazarlo, como dice san Anselmo, pero los esbirros la rechazan, injuriándola, y empujan hacia adelante al adorado Señor; y María lo sigue de cerca. Virgen santa, ¿a dónde vas? ¿Al Calvario? ¿Te atreverás a ver colgado de la cruz al que es tu vida? San Lorenzo Justiniano imagina que el Hijo le dice: Oh Madre mía, detente: ¿a dónde quieres ir? Si vienes conmigo serás atormentada con mi dolor y yo con el tuyo. Pero a pesar de que ver morir a Jesús le ha de costar un dolor tan acerbo, la amante María no quiere dejarlo. El Hijo va delante, y la Madre junto a él para ser con él crucificada. Dice Guillermo: La Madre llevaba su cruz y le seguía para ser crucificada con él.

Escribe san Juan Crisóstomo: Hasta de las fieras nos compadecemos. Si viéramos a una leona que va detrás de su cachorro que lo llevan a matar, daría compasión. ¿Y no dará compasión ver a María junto a su Cordero inmaculado que es llevado a la muerte? Tengamos compasión de ella y procuremos acompañar a su Hijo y a ella también nosotros, llevando con paciencia la cruz que nos manda el Señor. Pregunta san Juan Crisóstomo: ¿Por qué Jesucristo quiso estar solo en los demás sufrimientos y en cambio, al llevar la cruz, quiso ser ayudado por el Cireneo? Y responde: Para que comprendas que la cruz de Cristo no te sirve de nada sin la tuya. No basta para salvarte la sola cruz de Jesús si no llevamos con resignación la nuestra hasta la muerte.

 

EJEMPLO

 

La cruz nos une a Dios

 

Se le apareció el Salvador a sor Dominica, religiosa en Florencia, y le dijo: Piensa en mí y ámame, que yo pensaré siempre en ti y te amaré. Y le ofreció un ramillete de flores con una cruz, significando con ello que las consolaciones de los santos en este mundo han de ir siempre acompañadas de la cruz. Las cruces unen las almas a Dios.

San Jerónimo Emiliano, siendo soldado lleno de vicios, cayó en manos de sus enemigos, que lo encerraron en una mazmorra. Allí, conmovido por sus tribulaciones e iluminado por Dios para cambiar de vida, recurrió a la Santísima Virgen, y con la ayuda de esta divina Madre comenzó a llevar vida de santo. Mereció ver el trono de gloria que Dios le tenía preparado en el cielo. Fue fundador de los Padres Somascos, murió como un santo y ha sido canonizado.

 

ORACIÓN PARA LLEVAR LA CRUZ

 

Madre dolorosa,
por el mérito del dolor que sentiste
al ver a tu amado Jesús condenado a muerte,
alcánzame la gracia de llevar con paciencia
las cruces que Dios me manda.
¡Feliz de mí si logro acompañaros
llevando mi cruz hasta la muerte!

 

Tú y Jesús, inocentes,
habéis llevado una cruz muy pesada;
y yo, pecador, que he merecido el infierno,
¿rehusaré llevar la mía?
Oh Virgen inmaculada,
de ti espero la ayuda
para sufrir las cruces con paciencia. Amén.

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