PortadaActualizado el miércoles 3/DIC/14

Las Glorias de María (fragmento)

San Alfonso María de Ligorio

Discurso séptimo 

ASUNCIÓN DE MARÍA (1º) 

Precioso fue el tránsito de María por las circunstancias que lo rodearon y por la manera en que se realizó 

PUNTO 1º 

Tres cosas vuelven amarga la muerte: el apego a la tierra, el remordimiento de los pecados y la incertidumbre de la salvación. Pero el tránsito de María estuvo exento de semejantes amarguras y, en cambio, acompañado de tres hermosísimas cualidades que lo hicieron precioso y lleno de consuelos. Ella dejó este mundo desprendida de todos los bienes terrenos, como siempre lo había estado: con suma paz en su conciencia y con la certeza absoluta de entrar en la gloria eterna. 

1. María, desprendida de lo terreno 

En primer lugar, no hay duda de que el apego a los bienes terrenales hace amarga y llena de miserias la muerte de los mundanos, como lo atestigua el Espíritu Santo: “Oh muerte, qué amargo es tu recuerdo para el hombre que vive en paz entre sus bienes, para el varón desocupado a quien todo le va bien” (Ecclo 41, 1). Mas porque los santos mueren desprendidos de los bienes del mundo, su muerte no es amarga, sino dulce, amable y preciosa, esto es –como explica san Bernardo–, digna de comprarse a gran precio. “Dichosos los muertos que mueren en el Señor” (Ap 14, 13). ¿Quiénes son esos muertos que mueren estando ya muertos? Son precisamente las almas afortunadas que pasan a la eternidad estando ya despegadas y como muertas a todos los afectos desordenados a las cosas de la tierra; las que han encontrado en Dios todo su bien, como lo había encontrado san Francisco de Asís, que exclamaba: “Mi Dios y mi todo”. Pero ¿quién estuvo jamás más desprendida de las cosas del mundo y más unida a Dios que la Virgen María?

Estuvo desprendida de las riquezas viviendo siempre pobre, sustentándose con el trabajo de sus manos. Vivió desprendida de los honores, humilde y escondida, aunque era la Reina por ser Madre del Rey de Israel.

Vio san Juan a María representada en aquella mujer vestida de sol y con la luna bajo sus pies: “Apareció una gran señal en el cielo: una mujer vestida de sol y la luna bajo sus pies” (Ap 12, 1). Por luna entienden los comentaristas los bienes de esta tierra, que son caducos como mengua la luna. Todos esos bienes nunca ocuparon el corazón de María, sino que siempre los menospreció y los tuvo bajo sus pies. Vivió en este mundo como solitaria palomita en un desierto, sin afecto desordenado a cosa alguna; como de ella se dijo: “SE ha oído la voz de la tórtola en nuestra tierra” (Ct 2, 12). Y en otro pasaje se dice: “¿Quién es ésta que sube por el desierto?” (Ct 3, 6). A lo que añade Ruperto: “Subiste por el desierto porque tenías el alma siempre recogida”. María, siempre y del todo deparada del apego a las cosas terrenas y unida del todo a Dios, pasó de esta tierra a la gloria, no con amargura, sino contenta y dichosa porque iba a unirse a Dios con lazo eterno en el paraíso. 

2. María, libre de toda inquietud de conciencia 

En segundo lugar, lo que hace dichosa la muerte es la tranquilidad de conciencia. Los pecados cometidos son como gusanos que roen y llenan de aflicción el corazón del pobre pecador moribundo que pronto se va a tener que presentar ante el divino tribunal y se ve rodeado de sus pecados que le espantan y le gritan, al decir de san Bernardo: “Somos tus obras, no te abandonaremos”. María, a la hora de dejar este mundo, no podía de ninguna manera verse afligida por ningún remordimiento de conciencia, porque ella fue siempre santa, siempre pura y siempre estuvo libre hasta de la sombra del pecado actual y original. Por eso se dijo de ella: “Toda eres hermosa, amiga mía, y no hay mancha alguna en ti” (Ct 4, 7).

Desde que tuvo uso de razón, es decir, desde el primer instante de su inmaculada concepción en el seno de su madre santa Ana, desde entonces comenzó a amar a su Dios con todas sus fuerzas, y así continuó siempre, progresando más y más. Todos sus pensamientos y deseos, todos sus afectos, no fueron sino para Dios. No pronunció una palabra, no hizo un movimiento ni tuvo una mirada ni una respiración que no fueran para Dios y su gloria, sin jamás retroceder un paso ni apartarse un momento del amor divino.

Y en el momento feliz de su tránsito estaban a su alrededor todas las virtudes que había practicado. Aquella su fe tan constante, su confianza en Dios tan inflamada de amor, su paciencia tan firme en medio de tantas penas, su humildad en medio de tantos privilegios; su modestia, su mansedumbre, su compasión hacia todos, su celo de la gloria de Dios; sobre todo su perfecto amor a Dios, con su perfecta conformidad con la voluntad divina. Todas esas virtudes juntas la rodeaban y, consolándola, le decían: “Somos tus obras, no te abandonaremos. Señora y madre nuestra, todas nosotras somos hijas de tu hermoso corazón; ahora que vas a dejar esta vida en la tierra, nosotras no queremos abandonarte; seguiremos contigo para ser tu cortejo eterno en el paraíso, donde tú serás la reina de todos los hombres y de todos los ángeles. 

3. María, segura de alcanzar la salvación 

En tercer lugar, la seguridad de la salvación hace que el morir sea dulce. La muerte se llama tránsito porque por ella se pasa de una vida breve a una vida eterna. Por lo que, así como es enorme el pavor de los que mueren con dudas sobre su eterna salvación y se acercan al gran momento con el temor muy fundado de acabar en la muerte eterna, así, por el contrario, es muy grande la alegría de los santos al concluir el curso de su vida en la tierra, pues esperan con gran confianza ir a poseer a Dios en el cielo. Una religiosa carmelita, cuando el médico le anunció que iba a morir, sintió tal alegría que dijo: “¿Cómo es, señor médico, que me da esta noticia tan estupenda y no me pide la propina?” San Lorenzo Justiniano, estando para morir y viendo que sus familiares lloraban a su alrededor, les dijo: “Id con vuestras lágrimas a llorar a otra parte, que éste no es tiempo de lágrimas”. Como si les dijera: A llorar a otra parte; si queréis estar junto a mí, tenéis que estar contentos como yo al ver que se me abren las puertas del paraíso para unirme a Dios. Y de modo parecido actuaban un san Pedro de Alcántara, un san Luis Gonzaga y tantos otros santos, quienes al recibir la noticia de que iban a morir hicieron exclamaciones de júbilo y alegría. Mas éstos no tenían la certeza de poseer la gracia de Dios ni estaban tan seguros de ser santos como lo estaba María.

Qué júbilo hubo de experimentar la Madre de Dios al sentir que iba a concluir el curso de su vida en la tierra, ella que tenía la absoluta seguridad de gozar de la gracia divina. Le había asegurado el arcángel Gabriel que estaba rebosante de gracia y estaba en posesión de Dios: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo... Encontraste gracia ante el Señor” (Lc 1, 28; 30). Qué bien percibía que su corazón estaba de continuo inflamado en el amor de Dios; de tal manera que, como dice Bernardino de Bustos, María, por privilegio singular no concedido a ningún otro santo, amaba siempre actualmente a Dios en cada instante de su vida; y con tanto ardor que, como dice san Bernardo, fue preciso un constante milagro para que pudiera vivir en medio de tantos ardores.

De María se dijo en los Sagrados Cantares: “¿Quién es ésta que sube por el desierto como columnita de humo hecho de aromas de mirra y de incienso y de todas las esencias?” (Ct 3, 6). Su total mortificación simbolizada en la mirra, sus fervorosas oraciones que significan el incienso y todas sus virtudes unidas a su perfecto amor a Dios encendían en ella un incendio tan grande que su alma tan bella, del todo consagrada al divino amor y abrasada por él, la elevaban constantemente hacia Dios como columnita de humo exhalando suavísimo aroma. Escribe Ruperto que María, como espiral de humo, esparcía suave aroma para el Altísimo. Y María concluyó su existencia sobre la tierra como había vivido. El amor divino la sostenía en vida y el amor divino la transportó al cielo, pues la Virgen María, como dice san Ildefonso, o no podía morir o sólo podía morir de amor. 

PUNTO 2º 

1. María, después de morir Jesús 

Consideremos ahora cómo fue su dichoso tránsito. Después de la ascensión de Cristo quedó María en la tierra para atender a la propagación de la fe. Por lo que a ella recurrían los apóstoles y discípulos de Jesucristo y ella les solucionaba sus dudas, les reconfortaba en las persecuciones y les animaba a trabajar por la gloria de Dios y la salvación de las almas redimidas. Con mucho gusto permanecía en la tierra, comprendiendo que ésa era la voluntad de Dos para el bien de la Iglesia; pero sentía el ansia de verse junto a su Hijo que había subido al cielo. “Donde está tu tesoro –dijo el Redentor–, allí está tu corazón” (Lc 12, 34). Donde uno piensa que está su tesoro y su contento, allí tiene siempre fijo el amor y el deseo de su corazón. Pues si María no amaba otro bien más que a Jesús, estando él en el cielo allí estaban sus ansias y deseos.

Tablero escribe de María que “tenía su morada en el cielo”, porque teniendo allí todo su amor, allí tenía su reposo constante; “tenía por escuela la eternidad”, siempre desprendida de los bienes materiales; “tenía por maestra a la verdad de Dios”, obrando en todo según sus divinas luces; “por espejo a la divinidad”, pues sólo se contemplaba en Dios para conformarse en todo a su divino querer; “por aderezo su devoción”, siempre prontísima a seguir el divino beneplácito; “por su único descanso Dios”, ya que en unirse del todo con él encontraba toda su paz; “el sitio donde estaba el tesoro de su corazón era sólo Dios”, y esto hasta entre sueños. Andaba la Santísima Virgen, escribe este autor, consolando su corazón enamorado en aquella dolorosa lejanía, visitando según se dice los santos lugares en donde había estado su Hijo: la cueva de Belén donde había nacido, la casita de Nazaret donde había vivido tantos años, el huerto de Getsemaní donde comenzó su pasión y el pretorio de Pilato donde fue flagelado, también el lugar donde fue coronado de espinas; pero con más frecuencia visitaba el calvario donde el Hijo entregó su espíritu y el santo sepulcro donde ella lo había colocado. Y así la Madre amantísima se iba consolando del dolor de su duro destierro.

Pero esto no bastaba para contentar su corazón, que no podía encontrar su perfecto descanso en la tierra, por lo que no hacía más que suspirar constantemente a su Señor exclamando con David pero con amor más ardiente: “¡Quién me diera alas como de paloma y volaría y descansaría! ¡Quién me diera alas para volar hacia mi Dios y encontrar en él mi reposo! Como desea el ciervo las fuentes de agua, así mi alma te desea, Dios mío” (Sal 41, 2). Como el ciervo herido desea la fuente, así mi alma, de tu amor herida, Dios mío, te busca y por ti suspira. Los gemidos de esta palomita traspasaban el corazón de su Dios que tanto la amaba: “La voz de la paloma se ha escuchado en nuestra tierra” (Ct 2, 12). Por lo que no queriendo diferir por más tiempo el consuelo a su amada, al fin cumple su deseo y la llama a su reino. 

2. María supo el momento de su tránsito 

Refieren Cedreno, Nicéforo y Metafraste que el Señor mandó al arcángel san Gabriel, el mismo que le trajo el anuncio de ser la mujer bendita elegida para Madre de Dios, el cual le dijo: “Señora y reina mía, Dios ha escuchado tus santos deseos y me manda decirte que pronto vas a dejar la tierra porque quiere tenerte consigo en el paraíso. Ven a tomar posesión de tu reino, que yo y todos aquellos santos bienaventurados te esperamos y deseamos tenerte allí”.

Ante semejante embajada, ¿qué otra cosa iba a hacer la Virgen santísima sino replegarse al centro de su profunda humildad y responder con las mismas palabras que le dijo cuando le anunció la divina maternidad: “He aquí la esclava del Señor”? Él, por su sola bondad, me eligió y me hizo su madre; ahora me llama al paraíso. Yo no merecía ninguno de los dos privilegios; pero ya que desea demostrar en mí su infinita liberalidad, aquí estoy pronta a ser llevada a donde él quiere. “He aquí la esclava del Señor. Que se cumpla en mí siempre la voluntad de mi Señor”.

Después de recibir aviso tan agradable, se lo comunicó a san Juan. Podemos imaginarnos con cuánto dolor y ternura escuchó aquella nueva el que durante tantos años la había cuidado como hijo y había disfrutado de su trato celestial. Visitaría de nuevo los santos lugares, despidiéndose de ellos emocionada, especialmente del calvario donde su amado Hijo dejó la vida. Y después, en su humilde casa, se dispuso a esperar su dichoso tránsito.

En este tiempo venían los ángeles en sucesivas embajadas a saludar a su reina, consolándose porque pronto la iban a ver coronada en el cielo. 

3. María es acompañada por los apóstoles 

Cuentan diversos autores que antes de ser asunta al cielo, milagrosamente se encontraron junto a María los apóstoles y no pocos discípulos venidos de diversos países por donde andaban dispersos. Y que ella, viendo a sus amados hijos reunidos en su presencia les habló así: “Amados míos, por amor a vosotros y para que os ayudara, mi divino Hijo me dejó en la tierra. Ahora ya la fe santa se ha esparcido por el mundo, ya ha crecido el fruto de la divina semilla, por lo que viendo mi Hijo que no era necesaria mi presencia en la tierra y compadecido de mi añoranza escuchó mis deseos de salir de esta vida y de ir a verlo en el cielo. Seguid vosotros esforzándoos por su gloria. Os dejo, pero os llevo en el corazón; conmigo llevo y siempre estará conmigo el gran amor que os tengo. Voy al paraíso a interceder por vosotros”.

Ante noticias tan tristes, ¿quién podrá imaginar las lágrimas y los lamentos de aquellos santos discípulos pensando que dentro de poco se iban a ver separados de aquella madre suya? ¿Así que nos quieres dejar, oh María? Es verdad que esta tierra no es lugar digno y propio para ti y nosotros no somos dignos de disfrutar de la compañía de la Madre de Dios, pero recuerda que eres nuestra madre; has sido nuestra maestra en las dudas, nuestra consoladora en las angustias, nuestra fortaleza en las persecuciones. ¿Y cómo nos quieres ahora abandonar dejándonos solos sin tu protección en medio de tantos enemigos y de tanta batallas? Ya habíamos perdido en la tierra a nuestro maestro y padre Jesús que subió a los cielos, pero nosotros hemos seguido recibiendo tus consuelos. ¿Cómo vas a dejarnos ahora sin padre y sin madre? Señora, o quédate con nosotros o llévanos contigo. Así lo refiere san Juan Damasceno: “No hijos míos –comenzó a hablarles dulcemente la amabilísima Señora–, no es ése el querer de Dios. Estad contentos cumpliendo lo que él ha dispuesto sobre mí y sobre vosotros. A vosotros os corresponde seguir trabajando por la gloria de vuestro Redentor y para ganar la eterna corona. No os dejo porque quiera abandonaros, sino para ayudaros mejor con mi intercesión y protección en el cielo ante Dios. Quedad contentos. Os encomiendo a la santa Iglesia; os recomiendo las almas redimidas; que éste sea el postrer adiós y el recuerdo que os dejo; cumplidlo si me amáis, sacrificaos por las almas y por la gloria de mi Hijo para que un día nos encontremos de nuevo unidos en el paraíso para no separarnos por toda la eternidad”. 

4. María es recibida por su Hijo 

El divino Esposo ya estaba pronto a venir para conducirla con él al reino bienaventurado... Ella siente en el corazón un gozo inenarrable por su cercanía, que la colma de una nueva e indecible dulzura. Los apóstoles, viendo que María ya estaba para emigrar de esta tierra, llorando sin consuelo le pedían su especial bendición y le suplicaban que no los olvidara; todos se sentían traspasados de dolor al tener que separarse para siempre en este mundo de su amada Señora. Y ella, la Madre amantísima, a todos y a cada uno los consolaba garantizándoles sus cuidados maternales, los bendecía con su amor del todo especial y los animaba para que siguieran trabajando en la conversión del mundo.

Se dirigió de modo muy particular a san Pedro como cabeza visible de la Iglesia y vicario de su Hijo; a él le recomendó encarecidamente la propagación de la fe, asegurándole su privilegiada protección desde el cielo. Se dirigió con todo su cariño maternal a san Juan, quien como ninguno sufría el dolor de la separación de su Madre santísima. Y recordándole la agradecida Señora el afecto y las atenciones con que el santo discípulo la había cuidado todos aquellos años después de la muerte de su Hijo, le habló así con mucha ternura: “Juan, hijo mío, cómo te agradezco tus cuidados constantes. Bien sabes que te lo seguiré agradeciendo en el cielo. Si ahora te dejo es para rogar mejor por ti. Sigue viviendo lleno de paz hasta que nos encontremos en el paraíso, donde te espero. Ya sé que no te olvidarás de mí; en todas tus necesidades llámame para que venga en tu ayuda, que yo no puedo olvidarme jamás de ti, amado hijo. Te bendigo, hijo mío, y mi bendición te acompañará siempre: que tengas la paz, adiós”.

Ya están los ángeles prontos para acompañarla en triunfo al entrar en la gloria. Mucho la consolaban estos santos espíritus, pero no del todo, no viendo aparecer aún a su amado Jesús, que era el amor absoluto de su corazón. Por eso repetía a los ángeles que venían a reverenciarla: “Os conjuro, hijas de Jerusalén, que si veis a mi amado le digáis que desfallezco de amor” (Ct 5, 8); ángeles santos, hermosos moradores de la Jerusalén del cielo, venís con delicadeza a consolarme con vuestra presencia y os lo agradezco; pero entre todos no me consoláis del todo porque aún no veo a mi amado Hijo que venga a hacerme feliz; id al paraíso si tanto me queréis y decid de mi parte a mi Amado que me desmayo de amor. Decidle que venga presto porque me siento desfallecer por las ansias de verlo.

Al fin Jesús llega a recoger a su Madre para llevarla consigo al paraíso. Se refiere en las revelaciones a santa Isabel que el Hijo se apareció a María con la cruz para demostrarle la gloria especial que le correspondía a ella por la redención lograda con su muerte, de modo que por los siglos sin fin ella había de honrarlo más que todos los hombres y ángeles juntos. San Juan Damasceno refiere que el mismo Jesús se le dio en comunión, diciéndole lleno de amor: Recibe, madre mía, por mis manos este cuerpo que tú me has dado. Y habiendo recibido con los mayores transportes de amor aquella última comunión, oró así: Hijo, en tus manos encomiendo mi espíritu; te entrego esta alma que tú creaste tan enriquecida de gracias desde el principio, preservada de toda culpa por pura bondad tuya. Te encomiendo mi cuerpo, del que te dignaste recibir la carne y la sangre. Te encomiendo también estos amados hijos que quedan afligidos por mi partida; consuélalos tú que los amas infinitamente más que yo, bendícelos y dales las fuerzas para realizar maravillas para tu gloria. 

5. María pasó a la gloria del Padre 

Ya inminente el tránsito de María, como refiere san Jerónimo, se sintieron celestiales armonías y, además, como le fue revelado a santa Brígida, hubo un gran resplandor. Ante tales armonías e insólito esplendor, comprendieron los apóstoles que había llegado ya la hora de la partida. Ellos, redoblando sus lágrimas y sus plegarias y alzando las manos, dijeron a una voz: María nuestra, ya que te vas al cielo y nos dejas, danos tu última bendición y no nos olvides. Y María, mirándolos a todos y como despidiéndose por última vez, exclamó: Adiós, hijos míos, os bendigo; estad seguros de que no me olvidaré de vosotros.

Y entre esplendores y alegría su Hijo, con todo su amor, la invitó a seguirle entre llamas de caridad y suspiros de amor. Y así aquella hermosa paloma fue asunta a la gloria bienaventurada, donde es y será reina del paraíso por toda la eternidad.

La Virgen María ha dejado la tierra y ya está en el cielo. Desde allí la piadosa Madre nos mira a los que estamos aún en este valle de lágrimas y se apiada de nosotros y nos regala su ayuda si así lo queremos. Roguémosle siempre que por los méritos de su bienaventurada asunción nos obtenga una muerte santa. Y si a Dios así le place, nos alcance el morir en sábado, día consagrado al culto de la Virgen, o un día de la novena en su honor, como lo han obtenido tantos devotos suyos, y en especial san Estanislao de Kostka, al que concedió el morir en el día de su asunción, como lo refiere el P. Bartolí en su vida. 

EJEMPLO 

Muerte dichosa de san Estanislao de Kostka 

Mientras vivía este santo joven, consagrado por completo al amor de María, sucedió que el primero de agosto de aquel año oyó un sermón del P. Pedro Canisio en el que éste, predicando a los novicios de la Compañía de Jesús, inculcó a todos el gran consejo de vivir cada día como si fuera el último de su vida, después del cual dijo san Estanislao a sus compañeros que aquel consejo tan especial para él había sido como la voz de Dios, pues iba a morir ese mismo mes. Dijo esto o porque Dios se lo reveló o porque tuvo una especie de presentimiento interior, como se verá por lo que acaeció. Cuatro días después fue, en compañía del P. Sa, a Santa María la Mayor, y hablando de la próxima fiesta de la Asunción le dijo: “Padre, yo pienso que en ese día se ve en el cielo un nuevo paraíso al contemplarse la gloria de la Madre de Dios coronada como reina del cielo y de la tierra y colocada muy cerca del Señor sobre todos los coros de los ángeles. Y si es verdad que todos los años, como lo tengo por cierto, se renueva la fiesta en el cielo, espero presenciar la de este año en el paraíso”. Habiéndole tocado en suerte a san Estanislao por su protector del mes el glorioso mártir san Lorenzo, ese día escribió una carta a su madre María en que rogaba le obtuviera la gracia de contemplar su fiesta en el paraíso. El día de san Lorenzo comulgó y suplicó al santo que presentara aquella carta a la Madre de Dios interponiendo su intercesión para que María santísima le escuchase. Y he aquí que al terminar el día tuvo un poco de fiebre, que aunque ligera él tomó como señal cierta de que había obtenido la gracia de la próxima muerte. Al acostarse dijo, sonriente y jubiloso: “Ya no me levantaré de esta cama”. Y al padre Acquaviva le añadió: “Padre mío, creo que san Lorenzo me ha obtenido de María la gracia de encontrarme en el cielo en la fiesta de la Asunción”. Pero nadie hizo caso de estas cosas. Llegó la vigilia de la fiesta y el mal seguía leve, pero el santo le dijo a un hermano que la noche siguiente ya estaría muerto, a lo que el hermano le respondió: “Más milagro se requiere para morir de tan pequeño mal que para curar”. Pero pasado el mediodía le asaltó un mortal desfallecimiento, con sudor frío y decaimiento general de fuerzas. Acudió el superior, al que Estanislao suplicó le hiciera poner sobre la tierra desnuda para morir como penitente. Para contentarlo, lo pusieron en el suelo sobre una estera. Luego se confesó y recibió el santo viático, no sin lágrimas de los presentes, pues al entrar en la estancia el Santísimo Sacramento lo vieron resplandeciente y destellando por los ojos celestial alegría y la cara inflamada de santo ardor que lo asemejaba a un serafín. Recibió también la santa unción, y entre tanto alzaba los ojos al cielo y otras veces contemplaba y estrechaba con afecto contra su pecho la imagen de María. Le dijo un padre que para qué aquel rosario en la mano si no podía rezarlo, y le respondió: “Me sirve de consuelo siendo cosa de la Virgen María”. “Cuánto más –le respondió el padre– le consolará el verla y besar su mano en el cielo”. Entonces el santo, con el rostro arrebolado, elevó las manos, manifestando de ese modo el ansia de encontrarse presto en su presencia. Luego se le apareció su amada Madre, como él mismo lo declaró a los presentes, y poco antes del alba del día 15 de agosto expiró sin estertores, como un santo, con los ojos fijos en el cielo. Los presentes le acercaron la imagen de la Virgen y viendo que no hacía ninguna demostración comprendieron que su alma había volado al cielo junto a su amada Reina. 

ORACIÓN CONFIANDO EN LA PROTECCIÓN DE MARÍA 

María, señora y madre nuestra,
has dejado la tierra y subido al cielo,
donde estás sentada como reina
sobre los coros de los ángeles.
Como de ti canta la Iglesia:
”Has sido exaltada sobre los coros angélicos
en el reino celestial”. 

Nosotros, pecadores, sabemos
que no somos dignos de tenerte
en este valle de tinieblas.
Pero sabemos también que en tu grandeza
no te has olvidado
de nosotros, miserables pecadores;
y con ser sublimada a tanta gloria,
no se ha perdido sino acrecentado
tu compasión hacia nosotros,
los pobres hijos de Adán. 

Desde tu excelso trono de reina
vuelve, María, hacia nosotros
esos tus ojos misericordiosos
y ten piedad de nosotros.
Recuerda que al dejar esta tierra
prometiste acordarte de nosotros.
Míranos y socórrenos.
Ya ves cuántas tempestades
tendremos que arrostrar
hasta que lleguemos al final de nuestra vida. 

Por los méritos de tu asunción, consíguenos
la santa perseverancia en la amistad divina
para que salgamos finalmente de este mundo
en la gracia de Dios
y así podamos llegar un día
a besar tus plantas en el paraíso
y, unidos a los bienaventurados,
alabar y cantar tus glorias
como lo mereces. Amén.

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