PortadaActualizado el viernes 21/NOV/14

Las Glorias de María (fragmento)

San Alfonso María de Ligorio

Discurso sexto

 

PURIFICACIÓN DE MARÍA

 

Sacrificio grande que hizo María al ofrecer este día la vida de su Hijo a Dios

 

1. María ofrece su Hijo a Dios

 

Había dos preceptos en la antigua ley respecto al nacimiento de los primogénitos; uno era el que mandaba que la mujer estuviera retirada en casa durante cuarenta días, después de los cuales tenía que ir a purificarse al templo. El otro era que los padres del primogénito lo llevasen al templo y allí lo ofreciesen a Dios. Ambos preceptos los cumplió la Santísima Virgen en este día. Es cierto que María no estaba obligada a la ley de la purificación porque siempre fue virgen pura. No obstante, por humildad y obediencia quiso ir como las demás madres a purificarse. Obedeció también el segundo precepto de presentar y ofrecer su Hijo al eterno Padre. “Y cuando se cumplieron los días de su purificación, según la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor” (Lc 2, 22). Pero la Virgen lo ofreció de modo distinto a como lo hacían las demás madres. Las otras los ofrecían pero sabiendo que se trataba de una ceremonia legal, ya que al rescatarlos volvían a ser suyos, sin temor a tener que ofrecerlos a la muerte. María, en cambio, ofreció a su Hijo a la muerte realmente y con la certeza que el sacrificio de la vida de Jesús que entonces ofrecía debía un día realizarse en el altar de la cruz. Por eso, al ofrecer María la vida de su Hijo, por el amor que le tenía, se sacrificó ella misma del todo a Dios.

Dejando de lado otras consideraciones que pudiéramos hacer sobre tantos misterios de esta festividad, vamos a considerar solamente lo inmenso del sacrificio de María por el que se ofreció a sí misma a Dios al ofrecerle en este día la vida de su Hijo. Este será el único tema de nuestro discurso.

El eterno Padre había decretado salvar al hombre perdido por la culpa y librarlo de la muerte eterna. Pero queriendo al mismo tiempo que su divina justicia no quedara sin la digna y debida satisfacción, por eso no perdonó la vida de su mismo Hijo, hecho ya hombre para redimir a los hombres, quiso que pagara con todo rigor la pena que los hombres merecían. “Él no perdonó a su propio Hijo –dice el apóstol–, sino que lo entregó por nosotros” (Rm 8, 32). Por eso lo mandó a la tierra para hacerse hombre y le destinó una madre que fue la Virgen María. Pero como no quiso que su Verbo divino se hiciera hombre de ella sin que ella primero lo aceptase con expreso conocimiento, así no quiso que Jesús sacrificase su vida por la salvación de los hombres sin que concurriese también el consentimiento de María para que con el sacrificio de la vida del Hijo se sacrificara también el corazón de la Madre.

Enseña santo Tomás que el hecho de ser madre da un derecho especial sobre el hijo; por lo que siendo Jesús esencialmente inocente y que no merecía ningún suplicio por culpa suya, parecía conveniente que no fuera condenado a la muerte como víctima de los pecados del mundo sin el consentimiento de su madre por el que espontáneamente ofreciese a Jesús al sacrificio.

 

2. María se ofrece también a sí misma

 

Aunque María, desde que fue hecha Madre de Jesús consintió en su sacrificio, sin embargo quiso el Señor que en este día hiciera en el templo el solemne sacrificio de sí misma al ofrecerle solemnemente su Hijo y su vida preciosa en sacrificio a la divina justicia. Por eso san Epifanio dijo que la Virgen fue como un sacerdote.

Entremos a considerar cuánto dolor le costó semejante sacrificio y cuán heroica la virtud que hubo de ejercitar al tener que aceptar la sentencia de muerte de su amado Jesús.

María se dirige a Jerusalén para ofrecer a su Hijo. Camina presurosa llevando en brazos a su amada víctima. Entra en el templo, y allí, llena de modestia, humildad y devoción, presenta al Altísimo a su divino Hijo.

Y he aquí que, al mismo tiempo, el anciano Simeón, que había recibido de Dios la promesa de que no moriría sin ver al Mesías esperado, toma de manos de la Virgen al divino infante e, iluminado por el Espíritu Santo, le anuncia cuánto le había de costar el sacrificio que estaba ofreciendo de su divino Hijo, con el cual juntamente sería sacrificada su bendita alma.

Santo Tomás de Villanueva contempla al santo anciano, turbado y silencioso al tener que anunciar tan dolorosa nueva a esta pobre madre. El santo finge, como si María le preguntase: ¿Por qué te turbas en medio de tanta alegría? A lo que el anciano le responde: “Virgen nobilísima, no quisiera anunciarte cosas tristes; no quisiera ser nuncio de nuevas tan amargas, pero ya que así lo quiere el Señor y para mayores méritos tuyos, oye lo que te digo: Este niño que ahora te reporta tanta gloria con razón, un día te procurará el dolor más acerbo que jamás ha probado ninguna criatura; esto sucederá cuando lo veas perseguido por toda clase de gentes y hecho el escarnio y la burla de la plebe hasta hacerlo morir ejecutado ante tus ojos. Muy feliz eres ahora por causa de este niño, pero mira que está puesto como bandera discutida. Has de saber que después de la muerte de tu Hijo habrá muchos que por amor de este Hijo tuyo serán atormentados y matados; pero si su martirio será en el cuerpo, tu martirio, divina Madre, será en el corazón”.

 

3. María se inmola junto a su Hijo

 

Sí, en el corazón; porque no otra cosa sino la compasión por las penas de este Hijo tan amado debían atravesar el corazón de la Madre, como así se lo predijo Simeón: “Y una espada de dolor atravesará tu alma” (Lc 2, 35). La Virgen, como dice san Jerónimo, ya sabía por las Sagradas Escrituras los sufrimientos y penas que el divino Salvador había de soportar durante la vida y en su sagrada pasión y muerte. Bien conocía lo que habían dicho los profetas: que había de ser traicionado por un amigo: “Hasta mi íntimo amigo en el que yo confiaba, el que mi pan comía, levanta contra mí su calcañar” (Sal 40, 10); que había de ser abandonado por sus discípulos: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas” (Za 13, 7); conocía los desprecios, salivazos, bofetadas y burlas que había de sufrir de la chusma: “Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a los que mesaban mi barba” (Is 50, 6); no ignoraba que había de acabar siendo la burla de los hombres, rechazado por la plebe más vil, siendo saciado de injurias y villanías: “Soy un gusano que no un hombre, vergüenza del vulgo y asco de la plebe” (Sal 21, 7); “Que sería saciado de oprobios” (Lm 3, 30); bien tenía presente que al final de su vida su carne sagrada debía ser lacerada y rota por los azotes: “El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas” (Is 53, 5), hasta el punto de quedar su cuerpo deformado como el de un leproso, todo lleno de llagas que dejaban los huesos al descubierto: “No tenía apariencia; le vimos, y no tenía aspecto que pudiésemos estimar” (Is 53, 2). “Puedo contar todos mis huesos” (Sal 21, 18); no le era desconocido que habían de atravesarle las manos y los pies y ser colocado entre los malhechores: “Y con los rebeldes fue contado” (Is 53, 12); y que, finalmente, había de morir en la cruz ejecutado para la salvación de los hombres: “En cuanto a aquél a quien traspasaron, harán lamentación por él” (Za 12, 10).

Claro que María sabía todo lo que su Hijo debía padecer, pero con la profecía de Simeón le fueron revelados, como dijo el Señor a santa Teresa, todas las circunstancias y detalles, tanto externos como internos, que habían de atormentar a su Jesús en la pasión. Y ella a todo dio su consentimiento; y con una entereza que pasmó a los ángeles aceptó la sentencia de muerte de su Hijo tan terrible y afrentosa, diciendo: “Padre eterno, puesto que así lo queréis, que no se haga mi voluntad, sino la vuestra; uno mi voluntad a la vuestra y os ofrendo este Hijo mío; estoy conforme en que se entregue su vida pro daros gloria y por la salvación del mundo. Y al mismo tiempo os sacrifico mi corazón. Traspáselo el dolor cuanto os plazca con tal que vos, mi Dios, seas glorificado y estéis contento. No se haga mi voluntad, sino la tuya”.

Por eso María guardó silencio en la Pasión cuando lo acusaban injustamente. No dijo nada a Pilato que estaba muy dispuesto a librarlo conociendo su inocencia; y sólo apareció en público para asistir al sacrificio de la Cruz sobre el Calvario. Ella lo acompañó al lugar del suplicio; lo asistió desde que fue colgado en la cruz: “estaba junto a la cruz de Jesús su Madre” (Jn 19, 25) hasta que expiró. Todo por cumplir el ofrecimiento que había hecho a Dios en el Templo.

 

4. María aceptó el sacrificio de su Hijo

 

Para comprender la violencia que María hubo de hacerse en este sacrificio, sería preciso conocer el amor que esta Madre le tenía a Jesús. El amor de las madres hacia sus hijos, normalmente hablando, es tan tierno que cuando éstos se encuentran a la hora de la muerte, y ven que los van a perder para siempre, ese amor les hace olvidar todas sus faltas e ingratitudes, y hasta las injurias que de ellos recibieron, haciéndoles sufrir un dolor inenarrable. Y esto, a pesar de que el amor de estas madres es un amor dividido con otros hijos o al menos con otras personas. Pero María sólo tiene un hijo, y éste es el más hermoso entre los hijos de Adán. Es obediente, virtuoso, inocente y santo; basta decir que es Dios. Además el amor de esta madre no está dividido entre otras personas. Ella ha puesto todo su amor en este Hijo único sin miedo a excederse en el amor, pues este Hijo es Dios que merece un amor infinito. Y este Hijo es la víctima que ella debe ofrecer voluntariamente al sacrificio.

Vea cada uno cuánto le debía costar esto a María y qué fortaleza de ánimo debía tener al sacrificar y ofrecer en la cruz la vida de un Hijo tan amable. Así es que la Madre más afortunada al ser la Madre de Dios, es al mismo tiempo la madre más digna de compasión por ser la más afligida, al ser la Madre de un Hijo que desde que lo tuvo, sabía que estaba destinado al patíbulo. ¿Qué mujer aceptaría tener un hijo sabiendo que después lo había de perder con una muerte infamante? María aceptó de corazón a este Hijo con tan duras condiciones, y no sólo lo aceptó, sino que ella en este día lo ofreció en sus brazos al sacrificio.

Dice san Buenaventura que la Santísima Virgen, de todo corazón hubiera querido para ella –de ser posible– las penas y el sacrificio de su Hijo; pero por obedecer a Dios, hizo el gran ofrecimiento de la vida de su amado Jesús por la salvación de la Humanidad, venciéndose con sumo dolor por la ternura del amor que le tenía. Por eso, en este ofrecimiento tuvo que hacerse María más violencia y fue más generosa, que si se hubiera entregado ella misma a padecer todo lo que debía soportar su Hijo. Superó la generosidad de todos los mártires, porque los mártires ofrecieron su propia vida, en cambio la Virgen ofreció la vida de su Hijo al que amaba y estimaba más que su propia vida.

 

5. María renovó a cada instante la entrega de su Hijo

 

No concluyó aquí el dolor de esta ofrenda, ya que, desde el primer momento y durante toda la vida de su Hijo, María tuvo ante sus ojos la muerte y todos los sufrimientos que debían acompañarle, y cuanto más iba descubriendo en él lo hermoso, lleno de gracia y amable que era, más se acrecentaba la angustia de su corazón... Madre dolorosa, si hubieras amado menos a tu Hijo y ese tu Hijo hubiera sido menos digno de amor o no te hubiera amado tanto, menor hubiera sido tu dolor al ofrecerlo en sacrificio. Pero ni hubo ni habrá madre que ame a su hijo tanto como tú, porque ni hubo ni habrá hijo más amable y que más quisiera a su madre que tu hijo Jesús. Oh Señor, si nosotros hubiéramos conocido la hermosura, la majestad del semblante de aquel divino niño, ¿hubiéramos tenido valor para sacrificar su vida por nuestra salvación? Y tú, oh María, que eres su madre, y madre que tanto lo amas, ¿cómo es que pudiste ofrecer a tu hijo inocente por la salvación de los hombres y ofrecerlo a una muerte la más dolorosa y cruel que hubiera podido padecer un hombre en la tierra?

¡Qué cuadro tan desolador desde aquel día le representaría ante los ojos de María el amor que profesaba a su Hijo! ¡Presentir aquellos escarnios y desprecios que había de sufrir su pobre Hijo! El amor se lo representaría ya agonizante en el huerto, ya lacerado por los azotes o coronado de espinas en el pretorio y, sobre todo, viéndolo clavado en un leño ignominioso en el calvario. Mira, oh Madre, parece que le dijera su amor; mira al Hijo tan amable e inocente que ofreces a tantas penas y a muerte tan horrible. ¿De qué te servirá librarlo de las manos de Herodes si lo guardas para un fin tan lastimoso?

De modo que María no ofreció en el templo tan sólo a su Hijo a la muerte, sino que lo ofreció a cada instante, como le reveló a santa Brígida, que este dolor que le anunció el anciano Simeón no se apartó de su corazón hasta su asunción en el cielo. Por eso le dice san Anselmo: “Señora, yo no puedo creer que hubieras podido sobrevivir con tal dolor ni un solo momento si el mismo Dios, dador de vida, no te hubiera sostenido con su fuerza todopoderosa”. Mas hablando san Bernardo de esa extrema aflicción que se apoderó de María en esta fecha, dice que desde entonces vivía muriendo a cada instante, pues a cada momento le asaltaba el dolor de la muerte de su amado Jesús, que era dolor más cruel que la misma muerte.

 

6. María asume la función de corredentora

 

San Agustín, al considerar los grandes méritos de la Madre de Dios al ofrecer este gran sacrificio al Señor por la salvación del mundo, la llama con toda razón “la reparadora del género humano”; san Efrén le dice que es “la redentora de los cautivos”; san Ildefonso, que es “la reparadora del mundo perdido”; san Germán, “el remedio de nuestras miserias”; san Ambrosio, “la madre de todos los fieles”; san Agustín, “la madre de los vivientes”; san Andrés Cretense, “la madre de la vida”. Porque dice san Arnoldo de Chartres: “Estaban del todo identificadas la voluntad de Cristo y la de María, y ambos ofrecían un mismo holocausto; por eso consiguieron ambos el mismo efecto de salvar al mundo”. Al morir Jesús, María unió su voluntad con la de su Hijo de tal manera que ambos ofrecieron un mismo sacrificio, y por eso dice el mismo santo abad que así es como el Hijo y la Madre realizando la redención humana obtuvieron la salvación de los hombres; Jesús, satisfaciendo por nuestros pecados; María, impetrando que se nos aplicara semejante satisfacción.

Por eso, con razón afirma Dionisio Cartujano que la Madre de Dios puede ser llamada “salvadora del mundo”, pues con el sufrimiento soportado compadeciendo a su Hijo –y que ofreció voluntariamente a la divina justicia– mereció que se comunicaran a los hombres los méritos del Redentor.

Siendo María por los méritos de sus sufrimientos y del ofrecimiento de su Hijo madre de todos los remedios, se ha de creer que sólo por ella se otorga la leche de las divinas gracias, que son los méritos de Jesucristo, y los medios para conseguir la vida eterna. A esto se refiere san Bernardo al decir que Dios ha puesto en manos de María el precio de nuestra redención. Con lo que el santo nos da a entender que por la intercesión de la Virgen santísima se aplican a las almas los méritos del Redentor y que por sus manos se dispensan las gracias, que son precisamente el precio de los méritos de Jesús. Si tanto agradó a Dios el sacrificio de Abrahán al ofrecerle a su hijo que se obligó para premiarlo a multiplicar su descendencia como las estrellas del cielo: “Porque hiciste esto y no perdonaste a tu hijo único por amor a mí, te bendeciré y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo” (Gn 22, 16; 17), debemos creer con toda firmeza que inmensamente más agradable fue para el Señor, por ser infinitamente más noble el sacrificio de la excelsa Madre al ofrecerle a su Jesús. Por eso se le ha concedido que gracias a sus plegarias se multiplique el número de los elegidos y, por tanto, de sus devotos.

El santo anciano Simeón había recibido de Dios la promesa de que no moriría sin ver nacido al Mesías (Lc 2, 26). Pues esta misma gracia no la recibirá sino por medio de María. Por lo que quien desea encontrar a Jesús no lo encontrará sino por medio de María. Vayamos a esta divina Madre si queremos encontrar a Jesús, y vayamos con plena confianza.

Dijo María a su sierva Prudenciana Zangoni que todos los años, en esta fiesta, se otorgaba una extraordinaria misericordia a un pecador. ¿No puede ser alguno de nosotros ese afortunado? Si grandes son nuestros pecados, mayor es la misericordia de María. Nada quiere negar el Hijo a esta Madre. “Cierto que este Hijo siempre escucha a su Madre”, dice san Bernardo. Si Jesús está indignado contra nosotros, pronto lo aplaca María. Cuenta Plutarco que Antipasto escribió a Alejandro Magno un largo panfleto de acusaciones contra su madre Olimpia. Habiéndolo leído, respondió: ¿No sabe Antipasto que una lágrima de mi madre basta y sobra para borrar incontables cartas acusatorias? Cuando María ruega por nosotros, pensemos también que Jesús responde a las acusaciones que le presenta contra nosotros el demonio: “¿No sabe Lucifer que una oración de la Madre mía en favor de un pecador basta para hacerme olvidar todas las acusaciones de los pecados cometidos?” Veamos como demostración el siguiente ejemplo.

 

EJEMPLO

 

Un convertido por su devoción a los dolores de María

 

Este ejemplo no está en los libros, sino que me lo ha referido un sacerdote compañero mío como acaecido a él mismo. Mientras este sacerdote estaba confesando en una iglesia –no se dice la ciudad por prudencia, aunque el penitente dio licencia para publicar su caso– se colocó al frente de él un joven que parecía titubear entre confesarse y no confesarse. Mirándolo el padre varias veces, al fin lo llamó y le preguntó si deseaba confesarse. Respondió que sí, pero como la confesión parecía que iba a ser larga, el confesor se fue con él a una habitación aislada.

El penitente comenzó por decirle que era un noble forastero y que no comprendía cómo Dios le podía perdonar con la vida que había llevado. Además de los incontables pecados deshonestos, homicidios y demás, le dijo que habiendo desesperado de su salvación se había dedicado a pecar, no tanto por satisfacción cuanto por desprecio a Dios y por el odio que le tenía. Dijo que poco antes, esa misma mañana, había ido a comulgar; pero ¿para qué? Para pisotear la hostia consagrada. Y que, en efecto, habiendo comulgado, iba a ejecutar su horrendo pensamiento, pero no pudo hacerlo porque le veía la gente. Y en ese momento entregó al sacerdote la santa hostia envuelta en un papel. Le contó después que pasando por delante de aquella iglesia había sentido un impulso muy grande de entrar, y que no pudiendo resistir había entrado. Después le había acometido un gran remordimiento de conciencia con un deseo confuso de confesarse, que por eso se había puesto ante el confesionario; pero estando allí era tanta su confusión y desconfianza que quería marcharse, pero parecía como si alguien le retuviera a la fuerza; hasta que usted, padre, me llamó. Ahora me encuentro aquí para confesarme, pero no sé cómo.

El padre le preguntó si había tenido alguna devoción a la Virgen María durante ese tiempo, porque tales golpes de conversión no suceden sino por las poderosas manos de María. “¿Qué devoción podía tener? Nada, padre; yo estaba condenado”. Pero metiendo la mano en el pecho, notó que tenía el escapulario de la Virgen Dolorosa. “Hijo –continuó el confesor–, ¿no ves que la Virgen es la que te ha otorgado esta gracia? Y has de saber que esta iglesia está consagrada a la Virgen”. Al oír esto el joven se enterneció, comenzó a compungirse y a llorar. Mientras manifestaba sus pecados creció a tal punto su compunción y llanto, que se desmayó. El padre lo reanimó y finalmente acabó la confesión, lo absolvió con gran consuelo, y del todo contrito y resuelto a cambiar de vida se despidió para volver a su patria, dando licencia al confesor para anunciar públicamente la gran misericordia que con él había tenido María.

 

ORACIÓN DE OFRECIMIENTO A DIOS

 

Santa Madre de Dios y Madre mía, María.
¿Tanto te interesaste por mi salvación
que llegaste a ofrecer al sacrificio
lo más querido para tu corazón,
a tu adorado Jesús?
Si tanto deseas que me salve,
con razón pongo en ti mi confianza
después de colocarla en Dios.

 

Virgen bendita, en ti confío del todo.
Por el mérito del gran sacrificio
que en este día ofreciste a Dios
al entregarle la vida de tu Hijo,
ruégale que tenga piedad de mi alma
por la que este cordero inmaculado
quiso morir en la cruz.

 

Quisiera, Reina mía, en este día,
a semejanza tuya,
ofrecer a Dios mi pobre corazón;
mas temo que lo rechace
al verlo tan enfangado y sucio.
Pero si tú se lo ofreces
no lo rehusará, pues las ofrendas
que le llegan en tus manos,
todas las recibe y agradece.

 

Me presento, María, para consagrarme a ti;
ofréceme al eterno Padre,
junto con Jesús,
como algo que te pertenece;
y ruégale que por los méritos de tu Hijo
y en consideración a ti,
me acepte y me tome por suyo.
Madre mía dulcísima,
por el amor de tu Hijo sacrificado
ayúdame siempre y no me abandones.

 

No permitas que a mi Redentor
tan amable, y por ti ofrecido,
lo vaya a perder por mis pecados.
Dile que soy tu siervo; dile que en ti
tengo depositada mi esperanza;
dile, en fin, que quieres mi salvación;
que él seguro te habrá de escuchar. Amén.

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