PortadaActualizado el domingo 3/MAY/15

Interpretación del Apocalipsis

Rubbio (Vicenza), 8 de diciembre de 1988

Fiesta de la Inmaculada Concepción

Signo de esperanza y consolación

“Miradme, hoy todos, a Mí, vuestra Madre Inmaculada.

Uníos a los coros de los Ángeles y de los Santos del Cielo, a todas las almas que oran y sufren en el Purgatorio, a la Iglesia terrena y peregrina, que camina por el desierto del mundo y del tiempo para contemplarme como signo de esperanza y de consolación.

La exención de toda mancha de pecado, incluso del original, permitió a mi alma estar toda llena de la vida de Dios; a mi mente ser colmada del Espíritu de Sabiduría, que me abrió a la comprensión de la divina Palabra; a mi corazón ser modelado en la más perfecta forma de amor; a mi cuerpo ser envuelto en la luz inmaculada de una virginal pureza.

Miradme a Mí, vuestra Madre Celeste, en el fulgor de mi sobrehumana belleza y corred todos tras el efluvio de mi perfume de Paraíso.

La profunda razón de vuestra esperanza y de vuestra consolación está en mi belleza. Porque “toda hermosa” –tota pulchra– soy para vosotros signo de esperanza en los días que vivís, en los que mi Adversario ha logrado que todo quede afeado con la mancha del pecado y de la impureza.

Vivís bajo el signo de una gran esclavitud, que arranca de vosotros el reflejo de toda belleza espiritual.

Las almas están oscurecidas por los pecados que impiden que llegue a ellas el resplandor de la vida y de la comunión con Dios.

Los cuerpos están ensuciados y embrutecidos por el embate de las pasiones y de la impureza. El hombre está destrozado bajo el peso de una civilización sin Dios, que desfigura en él la imagen de su dignidad originaria.

El mundo está oscurecido por el rechazo persistente de Dios.

Una densa tiniebla ha descendido ya, y todo lo oscurece.

He aquí que entonces la Madre Inmaculada, en este tiempo, se presenta como el signo de vuestra segura esperanza.

Porque mi misión materna es la de llevar de nuevo las almas a la Gracia; los corazones al amor; los cuerpos a la pureza; el hombre a la gran dignidad de hijo de Dios; el mundo a la perfecta glorificación de la Santísima Trinidad.

Porque “toda bella” –tota pulchra– soy para vosotros también signo de consolación.

Vivís el tiempo de la gran tribulación y aumentan para todos las pruebas y los sufrimientos.

Los malos continúan con obstinación por el camino del mal y del pecado sin hacer caso a mis repetidas invitaciones a la conversión y al retorno al Señor.

Los buenos se han vuelto tibios y como paralizados por el malsano ambiente en que viven.

Las personas consagradas se dedican a la búsqueda de los placeres y son atraídas por el espíritu del mundo al que, por vocación, habían renunciado.

Los Sacerdotes languidecen, muchos son malos e infieles y disipan los tesoros de la Santa Iglesia de Dios.

La hora del castigo ha llegado ya.

Entonces ahora más que nunca tenéis necesidad de entregaros a Mí, vuestra Madre Celeste, porque el Señor me ha dado la misión de conduciros a todos por el camino del bien, de la salvación y de la paz.

Hoy os invito a todos a volver vuestros ojos a Mí, vuestra Madre Inmaculada, como seguro signo de esperanza y de consolación, y a dejaros envolver por mi Luz, en estos días de profundas tinieblas y universal oscuridad, para que, conducidos y guiados por Mí, podáis ir a todas partes a iluminar la tierra.”

(Mensaje al Padre Gobbi, del Movimiento Sacerdotal Mariano) 

Comentario: 

En estos últimos tiempos que estamos viviendo, debemos mirar hacia el Signo Magno que es la Santísima Virgen María en persona. Ella es la Mujer vestida de Sol del Apocalipsis, que viene a salvar a los hombres de la destrucción total, y a reconducir la humanidad hacia Dios.

Pero María quiere servirse de nosotros, sus hijos, para llevar la gracia y la salvación a todos los confines de la tierra. Por eso tenemos que ser conscientes de que la Virgen nos ha elegido, y a pesar de nuestra debilidad y nuestros pecados y errores pasados, María nos ha hecho sus hijos predilectos, y si nos hemos consagrado a Ella, entonces tenemos la misión de ir por todo el mundo a llevar la salvación a todos.

Tenemos que mirar hacia este Signo que es María Santísima, porque los tiempos que vivimos son malísimos, y cualquiera puede caer en el camino y hacerse daño espiritual. Entonces es necesaria una madre que nos cuide y proteja, y esta Madre es María, que Dios ha formado con toda su potencia, haciendo de la Virgen la Obra Maestra de sus manos.

Sólo se salvarán, y serán instrumentos de salvación para los demás, quienes fijen la mirada en María Santísima y caminen por la vida tomados de sus manos maternales, porque el demonio nada puede hacer contra los hijos y devotos de la Virgen, y Ella es la única que nos puede salvar en el tiempo y en la eternidad, porque el mismo Cristo ha puesto todo en las manos benditas de María, para que sea Ella quien se cubra de gloria y dé gloria a Dios, llevando a la humanidad entera a los brazos del Padre Celestial.

(Vea cómo Consagrarse al Corazón Inmaculado de María)


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En aquel tiempo, se alzará Miguel, el gran Príncipe, que está de pie junto a los hijos de tu pueblo. Será un tiempo de tribulación, como no lo hubo jamás, desde que existe una nación hasta el tiempo presente. En aquel tiempo, será liberado tu pueblo: todo el que se encuentre inscrito en el Libro. Y muchos de los que duermen en el suelo polvoriento se despertarán, unos para la vida eterna, y otros para la ignominia, para el horror eterno. Los hombres prudentes resplandecerán como el resplandor del firmamento, y los que hayan enseñado a muchos la justicia brillarán como las estrellas, por los siglos de los siglos. En cuanto a ti, Daniel, oculta estas palabras y sella el Libro hasta el tiempo del Fin. Muchos buscarán aquí y allí, y aumentará el conocimiento". Yo, Daniel, miré y vi que otros dos hombres estaban de pie, uno en una orilla del río y otro en la orilla opuesta. Uno de ellos dijo al hombre vestido de lino que estaba sobre las aguas del río: "¿Para cuándo será el fin de estos prodigios?". Yo oí al hombre vestido de lino que estaba sobre las aguas del río. Él alzó su mano derecha, y su mano izquierda hacia el cielo y juró por aquel que vive eternamente: "Pasará un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo; y cuando se haya acabado de aplastar la fuerza del pueblo santo, se acabarán también todas estas cosas". Yo oí, pero no entendí. Entonces dije: "Señor mío, ¿cuál será la última de estas cosas?". Él respondió: "Ve Daniel, porque estas palabras están ocultas y selladas hasta el tiempo final. Muchos serán purificados, blanqueados y acrisolados; los malvados harán el mal, y ningún malvado podrá comprender, pero los prudentes comprenderán. A partir del momento en que será abolido el sacrificio perpetuo y será instalada la Abominación de la desolación, pasarán mil doscientos noventa días. ¡Feliz el que sepa esperar y llegue a mil trescientos treinta y cinco días! En cuanto a ti, ve hacia el Fin: tú descansarás y te levantarás para recibir tu suerte al fin de los días". (Daniel 12, 1-13)

Sepan, en primer lugar, que en los últimos días vendrán hombres burlones y llenos de sarcasmo, que viven de acuerdo con sus pasiones, y que dirán: "¿Dónde está la promesa de su Venida? Nuestros padres han muerto y todo sigue como al principio de la creación". Al afirmar esto, ellos no tienen en cuenta que hace mucho tiempo hubo un cielo, y también una tierra brotada del agua que tomó consistencia en medio de las aguas por la palabra de Dios. A causa de esas aguas, el mundo de entonces pereció sumergido por el diluvio. Esa misma palabra de Dios ha reservado el cielo y la tierra de ahora para purificarlos por el fuego en el día del Juicio y de la perdición de los impíos. Pero ustedes, queridos hermanos, no deben ignorar que, delante del Señor, un día es como mil años y mil años como un día. El Señor no tarda en cumplir lo que ha prometido, como algunos se imaginan, sino que tiene paciencia con ustedes porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan.  (II Pedro 3, 3-9)

Esta sección se crea el 2 de Abril de 2010, Viernes Santo, y día del Siervo de Dios Juan Pablo II, a quien se la encomendamos, junto con la interpretación correcta del Apocalipsis y todas las profecías que hablan sobre el Fin de los Tiempos.

Que la Virgen nos guíe en esta tan importante, actual y necesaria tarea, para que podamos ser de los que estemos escritos en el Libro de la Vida el Último Día.

 

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