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LA MEDITACIÓN

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La oración mental o meditación es, más que conveniente, necesaria para el progreso de la vida espiritual. Ya decía San Alfonso María de Ligorio que "el pecado puede existir en nosotros junto a otros ejercicios de piedad, pero no pueden cohabitar la meditación y el pecado: o el alma deja la meditación o deja el pecado".

El amigo busca al amigo. Nuestra relación con Dios se establece por el ejercicio de las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Son ellas las que deben establecer esa divina comunicación "con quien sabemos que nos ama" (Santa Teresa). Por ello la meditación no exige técnicas depuradas, aun cuando éstas nos puedan ayudar. "Si amáramos a Dios, la oración nos sería tan natural como la respiración" (San Juan María Vianney). Los antiguos monjes se unían a Dios por la repetición afectuosa de jaculatorias. Con todo, aquí tienes algunos consejos prácticos para comenzar.

Preparación

* Si toda tu vida es una búsqueda y deseo de Dios, siempre estarás interiormente dispuesto para tratar con Él. Así "orarás sin cesar" (1 Tes 5, 17), pues cuando cesen las palabras continuará el afecto.

* Tu capacidad de meditar guarda proporción con tu espíritu de mortificación, abnegación, vida interior, santidad. "Tanto mayor capacidad tendremos cuanto más fielmente lo creamos, más firmemente lo esperemos, más ardientemente lo deseemos" (San Agustín).

* La meditación requiere un lugar adecuado: si no puedes ir al templo, puedes hacerla en tu misma casa, buscando en ella el ambiente y el momento más tranquilo. Como Cristo, que para orar huía a la soledad del monte o de la noche. Pero recuerda que en cualquier lugar que estuvieses, tú mismo eres templo vivo de la Santísima Trinidad pues Cristo ha dicho: "Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él" (Jn. 14, 23).

* Es indispensable el silencio interior, que es la disposición del corazón para tratar y escuchar a Dios; pero también debes buscar el silencio exterior.

* En lo posible dedica a la meditación una media hora diaria en el momento del día que estés más tranquilo, que puedas hacerla en paz, sin apuro ni ansiedad.

* Toma la postura que más te ayude: ni tan incómoda que te distraiga, ni tan cómoda que te disipe. También te ayudará fijar la mirada en el sagrario o en una imagen, para evitar mejor las distracciones.

* Es muy conveniente ayudarse con un libro como instrumento, en especial los escritos de los santos. Pero poca dosis y mucha actividad interior. Si no puedes otra cosa, haz lectura meditada. Pero no conviertas ese momento en simple lectura o estudio.

Desarrollo

* La esencia, el alma de la oración o meditación es el trato de amistad con Dios, es decir, el mutuo conocerse y contemplarse y el mutuo amarse. Así precisamente la definió Santa Teresa: "Es tratar de amistad con aquél que nos ama". Y San Ignacio: "Como un amigo habla a otro, o un siervo a su señor; ya sea pidiendo alguna gracia, ya sea culpándose por un mal hecho, ya sea comunicando sus cosas y queriendo consejo en ellas". De allí que posea tres elementos fundamentales: "Qué hablamos, con quién hablamos, quiénes somos los que osamos hablar" (Santa Teresa).

* El lenguaje de la meditación es el lenguaje del corazón. Si se deben usar palabras es porque ellas disponen el alma. Pero "en la fe, esperanza y caridad oramos siempre con un mismo deseo" (San Agustín). "Para mí la oración es un impulso del corazón, una simple mirada dirigida al cielo, un grito de gratitud y de amor, tanto en medio de la tribulación como en medio de la alegría" (Santa Teresa del Niño Jesús).

* Debes situarte desde el principio, y deberás hacerlo a lo largo de todo el tiempo, ante la presencia del Dios Uno y Trino y de toda la Iglesia triunfante. Todos están pendientes de ti, te conocen, te ven y te aman.

* Ante Dios debes estar como el mendigo ante el rico, la creatura ante el Creador, el siervo ante el Señor, el amigo ante el Amigo, el hijo ante su Padre.

* Debes saber firmemente que nada podemos sin la ayuda de la gracia, que nos da la capacidad de creer y amar. Hay que disponerse, pedirla y contar con ella.

* Deja que Cristo medite en ti y contigo. Préstale tu mente y tu corazón para que todo suba al Padre por Él, con Él y en Él. Asimismo, el que medita "puede representarse delante de Cristo y acostumbrarse a enamorarse mucho de su sagrada humanidad y traerla siempre consigo y hablar con Él, pedirle para sus necesidades y quejársele de sus trabajos, alegrarse con Él en sus contentos y no olvidarle por ellos, sin procurar oraciones compuestas, sólo conforme a sus deseos y necesidad" (Santa Teresa). Es decir, tener un trato personal y sencillo con Él.

* Reconstruye la escena que vas a meditar. Si se trata de un pasaje evangélico, trasládate con la imaginación al sitio, procura ponerte en ambiente. Actualiza los hechos.

* Ante todo debes despertar la fe con la que nos dirigimos a Dios: "Mi fe te invoca" (San Agustín). Puedes recorrer las personas o los atributos divinos, los misterios de la vida de Cristo, las verdades de la fe que están en el Credo, los acontecimientos diarios de la vida analizados a la luz de la Providencia que hace "concurrir todo para bien de los que le aman" (Rom. 8, 28). Todo con espíritu de fe, contemplación, adoración.

* También la esperanza, ya que en su sentido más estricto la oración es "su intérprete" (San Agustín). Esperanza de la vida eterna y lo que nos conduce a ella, como dice el salmo: "una cosa pido al Señor y eso buscaré, habitar en la casa del Señor por la eternidad" (S. 26, 4). Ella es la que me pone camino del cielo. Por eso la oración más excelsa, el Padre nuestro, contiene siete peticiones.

* Sobre todo atizar la caridad en actos de amor a Dios, a sus ángeles y santos, a sus designios providenciales. Amando, buscando, gozando y descansando en la infinita bondad y amistad divina. Que meditar "no consiste en pensar mucho sino en amar mucho" (Santa Teresa).

* Conviene tomar algún punto en concreto, como una fiesta litúrgica, el evangelio del día o el temario corrido de un libro. Pero debes tener la libertad de elegir algún tema que te afecte directamente en ese momento como una aflicción que estás padeciendo, una decisión que tomar, un acontecimiento para interpretar a la luz de la fe y la Providencia. Así obró la Santísima Virgen María que ante los acontecimientos de la vida cotidiana de su Hijo, se dice que "guardaba cuidadosamente esas cosas y las meditaba en su corazón" (Lc. 2, 19, 51); o Cristo en el huerto, donde meditó sobre el misterio de la cruz que en ese momento su alma cargaba para la Redención del mundo (Mt. 26, 36-44).

* En el transcurso de la meditación debes ir concretando algún propósito que puedas cumplir.

* No temas volver a los mismos puntos que más te han agradado y de los que has sacado fruto, que "no el mucho saber harta y satisface el alma sino el gustar de las cosas internamente" (San Ignacio).

* Hay quienes sacan fruto meditando sobre el cielo, otros sobre la muerte, otros sobre la pasión de Cristo o algún otro misterio. Depende mucho de las personas o los momentos que se están viviendo.

* Hay múltiples modos de orar y meditar. Puede hacerse con una simple jaculatoria; la repetición lenta del Padre nuestro, el Ave María u otra oración; la lectura pausada de un texto; la participación devota de la Santa Misa, el Vía Crucis o el Rosario; el recorrido con la mente y el corazón de alguna de las verdades de la fe, un pasaje de la Sagrada Escritura, un hecho acaecido o una decisión por tomar; o detenerse con una "mirada amorosa" (San Juan de la Cruz) en alguno de estos misterios.

Dificultades

* Son frecuentísimas e inevitables las distracciones. Forman parte de nuestra miseria humana y sólo cuando veamos a Dios en la eternidad podremos superarlas. Pero no quitan los frutos de la oración, a no ser que sean voluntarias. Simplemente hay que volver sobre el tema cuantas veces ocurriera. Hay que despertar el alma, que se nos duerme para las cosas espirituales, como los apóstoles que acompañaron a Cristo en el huerto. Para vencerlas es conveniente ayudarse con las disposiciones indicadas anteriormente.

* También suelen haber períodos de arideces y sequedades en que aparentemente Dios no nos oye, no se siente ninguna devoción, parece que hemos retrocedido, con grandes dificultades para concentrarnos, sin deseos de adelantar ni entusiasmo por las cosas de Dios... No te aflijas. Sólo hay que revisar si hay pecados graves o leves reiterados detrás de esto. Si no, estás en un momento más propicio para tratar con Dios que cuando estabas lleno de consuelos y entusiasmo. Éstas son las ocasiones de crecer en la vida espiritual y que se dilate el corazón. Todos los esfuerzos que entonces hagas valen mucho más porque los haces por el Dios de los consuelos, mientras que en aquellos momentos de fervor lo hacías por ti, por los consuelos de Dios.

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