Actualizado el lunes 27/FEB/17

Matar el error, amar al que yerra

El mundo es de los malos. 

El mundo es de los malos. Esta es una gran verdad que siempre hay que tener presente para no desanimarnos y desilusionarnos.

Porque el príncipe de este mundo es el demonio, que da todos los auxilios a sus hijos, para llevar el escándalo a todos los niveles y que así se pierda el mayor número de almas.

Ahora vemos que las leyes inicuas que se aprueban van contra la naturaleza y contra Dios. Es lógico que sea así porque este mundo está en manos de Satanás, y los malos llevan la voz cantante.

Pero hay que saber también que es justo que los malvados vivan felices en este mundo, que será el único para ellos, y después les sobrevendrá un infierno de horror.

En cambio para los que tratamos de ser buenos, los malos siempre nos crean dificultades y nos hacen sufrir, pero nosotros estamos seguros de que después de esta vida de dolor, nos espera la Gran Felicidad, para siempre.

Recordemos siempre que el mundo es uno de los tres enemigos del cristiano. Como siempre decía el Catecismo: “Los tres enemigos del cristiano son: mundo, demonio y carne”.

Entonces no nos maravillemos de ver tanta maldad en el mundo, porque aquí los triunfadores son los malos. Triunfo que pagarán con una derrota eterna. En cambio los que cumplen los mandamientos de Dios, son los grandes derrotados en este mundo, pero el Cielo los espera.

Veamos esto claramente en la vida de Jesús. Veamos cómo termina, en el más grande fracaso, hablando humanamente. Pero no hay triunfador más grande que Él.

Recordemos estas cosas para no desmayar al ver al mal tan triunfante en este mundo que, hoy más que nunca, está en poder del Maligno.

Tengamos siempre presente esta verdad: “El mundo es de los malos, y el Cielo es de los buenos”.


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Esta sección se crea el 5 de Mayo de 2010, Nuestra Señora de la Gracia, a quien se la encomendamos, y a quien le pedimos que nos ilumine con la divina Sabiduría para anunciar la verdad y matar el error.

Que la Virgen nos guíe en esta tan importante, actual y necesaria tarea, para que podamos ser de los que brillarán como las estrellas del cielo por haber enseñado la justicia a los hombres.