Actualizado el
viernes 27/ABR/12MEDITACIÓN DE HOY
Al modo de Jesús.
No sabéis a qué espíritu pertenecéis. Así dijo Jesucristo a sus discípulos Santiago y Juan cuando le pidieron que castigara a los samaritanos por haberlos expulsado de su país. Dijo Jesús: ¿Qué espíritu es ése? No es, por cierto, el mío, todo blandura y suavidad, pues no vine a perder, sino a salvar. Y vosotros, ¿intentáis que pierda a los samaritanos? Callad y no me dirijáis tal súplica, porque repito que ése no es mi espíritu. Y, a la verdad, ¡con qué dulzura trató Jesucristo a la adúltera! Mujer, le dijo, tampoco yo te condeno; anda y desde ahora no peques más. Se contentó con amonestarla que no volviese a pecar y la despidió en paz. ¡Con qué benignidad, a la vez, buscó la salvación de la samaritana! Primero le pidió de beber y luego le dijo: ¡Si conocieses... quién es el que te dice: “Dadme de beber”! A continuación le reveló que Él era el esperado Mesías. Además, con cuánta dulzura procuró la conversión del impío Judas, hasta admitirlo a comer en el mismo plato, lavarle los pies y amonestándolo caritativamente en el mismo acto de su traición: ¡Judas!, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre? Y para convertir a Pedro, después de la triple negación, ¿qué hace? Y volviéndose el Señor, miró a Pedro. Al salir de casa del pontífice, sin echarle en cara su pecado, le dirigió una tierna mirada, que obró su conversión de tal modo que Pedro, mientras vivió, no dejó de llorar la injuria hecha a su Maestro.
“Práctica de amor a Jesucristo” – San Alfonso María de Ligorio
Comentario:
Si nos decimos cristianos, debemos seguir el ejemplo de Cristo y actuar al modo de Jesús, que fue todo dulzura y compasión, en especial para los pobres pecadores, los culpables.
En cambio nosotros muchas veces actuamos diametralmente opuesto a como actuaba el Señor, y en esto tenemos que corregirnos, porque de lo contrario mereceremos el mismo reproche que Jesús hizo a los apóstoles, es decir, que actuaremos no con el Espíritu de Dios, sino con un espíritu contrario a Él.
Es natural en el hombre el espíritu de venganza y de ira, porque estamos inclinados al mal. Pero para eso Cristo murió y resucitó, y nos obtuvo la gracia, las ayudas de lo alto necesarias para que combatamos estas inclinaciones torcidas que tenemos los hombres.
Simplemente tenemos que obedecer los mandatos del Señor, que ha dicho que no hagamos a los demás lo que no queremos que nos hagan a nosotros. Y si a nosotros no nos gusta que nos reprendan con dureza y secamente, entonces no lo hagamos tampoco a los demás.
Tratemos con dulzura a todos, porque se cazan más moscas con una gota de miel que con un barril de vinagre.
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