PortadaActualizado el viernes 3/OCT/14

(Sección especialmente dedicada para el Grupo ALMAS APOSTÓLICAS)

Mensaje sobre el apostolado

PRIMERA PARTE

DIOS QUIERE LAS OBRAS Y LA VIDA INTERIOR

1. Las Obras y, por tanto, el Celo, son queridos por Dios

Atributo de la naturaleza divina es la liberalidad más soberana; Dios es bondad infinita, la cual, como toda bondad, tiende a difundirse y a comunicar los bienes que posee.

La vida mortal de nuestro Señor fue una constante manifestación de esta liberalidad inagotable. Jesús, en los Evangelios, es el divino sembrador, que por todos los caminos va derramando los tesoros de amor de un Corazón ávido de acercar a los hombres a la Verdad y a la Vida.

Jesucristo transmitió esa llama de apostolado a la Iglesia, don de su amor, difusión de su vida, expresión de su verdad, reflejo de la santidad suya.

Encendida en esos ardores, la esposa mística de Cristo, continúa a través de los siglos, la obra de apostolado de su divino modelo.

Designio admirable y ley universal de la Providencia es que el hombre enseñe al hombre el camino de la salvación.

Sólo Jesús derramó su sangre para rescate del mundo. Sólo El hubiera sido capaz, a quererlo, de aplicar su virtud, obrando directamente en las almas, como lo realiza en la Eucaristía. Plúgole, sin embargo, servirse de cooperadores en el reparto de sus beneficios.

¿Por qué?
Exigencia fue, sin duda, de la Divina Majestad; pero también tuvo su parte, su ternura inmensa para con el hombre.

Y si el más encumbrado de los monarcas no gobierna por sus ministros, qué dignación la de Dios, al asociar unas pobres criaturas a sus trabajos y a su gloria.

La Iglesia, que tuvo su origen en la cruz al salir de la llaga abierta en el costado del Salvador, perpetúa por el ministerio apostólico la acción bienhechora y redentora del Hombre-Dios.

Este ministerio es, por voluntad expresa de Jesucristo, el factor esencial de la difusión de la Iglesia entre las naciones y el instrumento más corriente de sus conquistas.

En el apostolado ocupa el primer lugar el clero, cuya jerarquía forma el cuadro del ejército de Cristo. Clero que ilustran tantos obispos y santos sacerdotes llenos de celo; honrado tan gloriosamente con la canonización del Santo Cura de Ars.

Junto al clero oficial se agrupan, desde el origen del Cristianismo, las compañías de voluntarios, verdaderos cuerpos escogidos, cuya exuberante floración constituirá siempre uno de los fenómenos más palpables de la vitalidad de la Iglesia.

Enumeremos ante todo las Ordenes contemplativas de los primeros siglos, cuya oración incesante y cuyas ásperas maceraciones contribuyeron tan poderosamente a la conversión del mundo pagano.

En la Edad Media aparecen las Ordenes de Predicadores, las Ordenes mendicantes y militares, y las consagradas a la heroica misión de rescatar los cautivos, que estaban en poder de los infieles.

Por último, los tiempos modernos han visto nacer una muchedumbre de milicias dedicadas a la enseñanza, Institutos, Sociedades de Misioneros y toda clase de Congregaciones, para difundir el bien espiritual y corporal en todas sus formas.

También encontró la Iglesia en todas las épocas de su historia, preciosos colaboradores entre el elemento seglar, como esos católicos fervientes; que hoy son legión, denominados con la expresión ya consagrada: "Personas de obras" cuyos corazones ardientes, formando un haz que centuplica sus fuerzas, ponen sin reserva, al servicio de nuestra Madre común, su tiempo, su capacidad, su fortuna, a menudo su libertad, y algunas voces hasta su sangre.

Es un espectáculo que admira y conforta esta eflorescencia providencial de obras que nacen según las necesidades y con una tan perfecta adaptación a las circunstancias. Con la Historia, en la mano se puede observar que, al crearse nuevas necesidades o aparecer nuevos peligros, una institución nueva ha surgido para atender a las primeras y conjurar los segundos.

Por eso en nuestra época han aparecido para oponerse a los graves males presentes, una serie de obras desconocidas antes: Catecismos de preparación para la Primera Comunión; Catecismo de perseverancia; y para los niños abandonados; Congregaciones, Cofradías, Reuniones y Retiros para hombres, mujeres y jóvenes de ambos sexos; El Apostolado de la Oración; el de la Caridad; Ligas para el Descanso Dominical, Patronatos, Círculos de Estudios, Obras Militares, Escuelas Libres, Buena Prensa, etc.; que son diversas formas de apostolado; suscitadas por el espíritu que encendía el alma de San Pablo: Ego autem libentissime impendam et superimpendar ipse pro animabus vestris y que quiere distribuir por todas partes los beneficios de la sangre de Jesucristo.

Que estas humildes páginas lleguen hasta los soldados que con todo celo y ardor por su noble empresa, se exponen, precisamente a causa de la actividad que despliegan, al peligro de no ser, ante todo, hombres de vida interior, y que tal vez algún día, amargados por fracasos inexplicables en apariencia o por graves daños de su espíritu, pudieran sentir la tentación de abandonar la lucha y meterse en sus tiendas, llenos de abatimiento. 

Las ideas expuestas en este libro nos han servido a nosotros mismos para luchar contra la absorción de las obras exteriores. Que puedan también ahorrar a algunos esos sinsabores y ser guía de su entusiasmo, al enseñarles que el Dios de las obras no debe ser abandonado por las obras de Dios y que el Vae mihi si non evangelizavero (Ay de mí si yo no evangelizare. (I Cor. IX, 16))  no nos autoriza a olvidar el: Quid prodest homini si mundum universum lucretur, animae vero suae detrimentum patiatur (
¿Qué le aprovecha al hombre ganar el mundo si pierde su alma? (Mt. XVI, 25).

Los padres y madres de familia para quienes La Introducción a la vida devota no es un libro pasado de moda, y los esposos cristianos que se creen en la obligación de practicar un apostolado recíproco y formar a sus hijos en el amor e imitación del Salvador, pueden también aplicarse a las enseñanzas de estas modestas páginas. Ojalá que todos comprendan la necesidad de que su vida sea no sólo piadosa, sino interior, para que su celo gane en eficacia y para perfumar sus hogares con el espíritu de Cristo, que les dará esa paz inalterable, la cual, aun a través de las más duras pruebas, será siempre la compañía de las familias fundamentalmente cristianas.

(De "El alma de todo apostolado", Dom Chautard)

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