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La Sagrada Familia: Jesús, María y José

Acerca de la familia

"Dichoso tú que temes a Yahvé, que andas en sus caminos. Pues comerás del trabajo de tus manos; serás bendito, te irá bien: tu esposa, vid fecunda en el interior de tu casa; tus hijos, retoños de olivo alrededor de tu mesa."Salmo 127

La familia es el primer lugar donde se aprende a amar a Dios y al prójimo. Aquí encontrará mensajes y comentarios del Evangelio para los esposos, para los padres y para los hijos, para que cada hogar se parezca cada día más al de Nazaret.

¿Su matrimonio o su familia pasan por un momento difícil? Siempre se está a tiempo: lea el Mensaje a los esposos, rece el Santo Rosario en familia y, si lo desea, pídanos oraciones: rezamos por usted y por los suyos.

Contenido

Mensajes

Mensaje a los esposos

5 reflexiones. Toque cada título para leerla.

Uno con una y para toda la vida

A pesar de las leyes inicuas que se aprueban desde los gobiernos anticristianos, el matrimonio siempre seguirá siendo de uno con una y para toda la vida.

El esposo y la esposa deberán vivir unidos en santo matrimonio, porque así lo exige la crianza de los hijos, que necesitarán una sociedad estable para crecer y desarrollarse, y eso se lo proporciona el matrimonio católico.

Satanás odia todo, pero en especial odia al matrimonio católico, porque es un semillero de santos y fermento de santidad en la sociedad. Por algo es que se empeña en atacar en primer lugar al matrimonio, porque bien sabe que destruyéndolo, o al menos desvirtuándolo, la sociedad se precipita en un caos que arrollará a la entera humanidad en el abismo infernal.

Para ser buenos esposos, primero hay que haber sido buenos novios; y para ser buenos novios, se debe haber sido buen cristiano, acostumbrado al espíritu de sacrificio y renuncia, sabiendo que no podemos ir por la vida dándonos todos los gustos y haciendo nuestro capricho, sino que debemos saber que el verdadero amor consiste en hacer feliz al ser amado, empezando por hacer feliz a Dios mismo, cumpliendo sus deseos y contentándole en todo, y luego también hacer feliz a los seres que amamos.

La lujuria es la gran enemiga del matrimonio. Por eso es necesario que los novios sean castos y tengan un noviazgo puro, sin relaciones prematrimoniales.

Siempre se está a tiempo de salvar un matrimonio, porque si cada uno de sus miembros, o al menos uno de ellos, trata sinceramente de ser santo, entonces puede revertir la situación más difícil y aparentemente insoluble.

Por eso también para el matrimonio católico, la solución pasa porque los esposos trabajen por su santificación y la del cónyuge.

La caridad

Si el Señor nos dice en el Evangelio que debemos practicar la caridad con nuestro prójimo, ¡cuánto más debe practicar la caridad el esposo con su esposa y viceversa, pues ambos son los prójimos más cercanos uno del otro y ya no son dos sino una sola carne!

El ejemplo lo deben tomar de la familia de Nazaret. La mujer imitando a la Virgen en su respeto y obediencia al marido; y el marido pidiéndole consejos a su mujer y amándola y haciéndole la vida agradable.

La mujer necesita de las atenciones del esposo, pues con una flor o un pequeño regalo, ella es feliz.

El hombre y la mujer no son iguales, por eso el hombre nunca debe tratar a su mujer como si ella fuera otro hombre, pues ella tiene una sensibilidad exquisita, y los detalles de amor la hacen feliz, y esto redunda en la felicidad del hogar, ya que cuando la esposa es feliz, el hogar está en paz y la familia prospera.

El matrimonio es una escuela de santidad, y por eso el Señor lo ha elevado al grado de Sacramento, ya que es un medio muy eficaz para que los esposos y la familia entera, alcancen la santidad.

Lamentablemente el demonio siempre quiere convertir todo lo bueno en algo malo, y el matrimonio cristiano no se ha salvado de esta obra destructora del Maligno. Por eso hay que rezar en familia, y estar atentos a no dejar entrar al malvado en el seno de la familia, del matrimonio. Y esto se logra acercándose los esposos a los Sacramentos, utilizando los sacramentales y orando en familia, en especial el Santo Rosario, pues familia que reza unida, permanece unida.

Imitándose

Los esposos deben crecer en santidad imitándose uno al otro en sus mejores cualidades, y así es como irán escalando el monte de la santidad.

El matrimonio es un estupendo estado para santificarse, puesto que exige gran espíritu de sacrificio, de renuncia y de caridad. Permite practicar mucho las obras de misericordia espirituales, como por ejemplo la de soportar los defectos del prójimo.

El demonio odia a los matrimonios cristianos, porque sabe que de ellos nacen las familias llenas de fe y dan frutos en hijos santos, entregados a formar nuevas familias ejemplares o también con vocación a la vida religiosa y sacerdotal.

Cuando Dios creó a Eva, dijo: “Hagamos al hombre una ayuda semejante a él”. Y eso debe ser la mujer para el hombre, una ayuda, y no un motivo de tropiezo y escándalo. Por eso es tan importante que la mujer sea virtuosa en un matrimonio, porque ella es la reina del hogar, y si la mujer está bien, todo en su derredor estará bien.

La mujer está hecha para dar y recibir amor, y ya sea en el bien o en el mal, ella se entrega por completo. Pues que se entregue en amor santo a su esposo y combatan codo a codo por su familia, contra los enemigos de las almas para alcanzar el Cielo, y ser felices en la tierra, al menos todo lo felices que se puede llegar a ser en este mundo.

Respeto

La relación entre los esposos debe ser similar a la relación que hay entre Dios y sus fieles, es decir, de amor y confianza, pero también del más profundo respeto. Cuando no hay respeto en la relación entre el hombre y la mujer, la vida matrimonial y familiar se vuelve un infierno.

Por eso siempre la solución para todas las cosas, también para ésta del respeto mutuo entre los esposos, pasa por el amor. Cuando hay amor todo se lleva por el buen camino.

Pero alguno dirá que se le ha ido el amor, que ya no “siente” nada por el esposo, por la esposa.

A este tal hay que recordarle que el amor es más que un sentimiento, que puede o no acompañar al amor. El amor es querer el bien del otro, es desearle y procurarle el bien al prójimo.

Hoy en las relaciones matrimoniales se suelen encontrar obstáculos insalvables porque uno de los cónyuges o ambos han perdido el amor. Lo que han perdido es el sentimiento, pero siempre podrán seguir teniendo amor por el otro, porque el amor es más un acto de la voluntad, de “querer” amar.

Y como amamos a los pequeños que han nacido de la unión de nuestro matrimonio, entonces no nos separamos, porque sería una falta de amor hacia los hijos.

Como vemos el amor lo soluciona todo.

¿Y si el matrimonio se vuelve algo insoportable? Hagámoslo más soportable, menos desagradable, y pensemos que Dios, por medio de esta prueba, quiere que pasemos nuestro Purgatorio en la tierra, evitándonos así muchos años, y tal vez siglos, de Purgatorio.

En el matrimonio es donde mejor se debe vivir el Evangelio, porque éste nos ordena amar al prójimo y a los enemigos, y nadie más prójimo (próximo) que el esposo para la esposa, y viceversa; y a veces nuestro cónyuge se puede convertir en enemigo nuestro, y deberemos amarlo, y desearle el bien, y no odiarlo, y mantenernos unidos por el bien de los hijos y porque no hay que separar lo que Dios ha unido.

Cristo ama a la Iglesia, su Esposa, a pesar de los innumerables defectos que Ella tiene.

Vivir en gracia

Es necesario que los esposos vivan ambos en gracia de Dios, pues quien está en gracia de Dios tiene la luz necesaria para tomar decisiones acertadas. En cambio quien vive en pecado mortal, antes o después cometerá errores y no tendrá la luz necesaria para discernir qué es lo mejor.

El mundo, y en él los matrimonios, vienen a menos porque hay una crisis de gracia, es decir, se vive en pecado mortal, y ello hace que los esposos no tengan la luz de Dios, de la sabiduría, para tomar las decisiones prudentes.

El valor de la gracia santificante en un alma es infinito, y aunque aparentemente una persona en gracia de Dios no se diferencie de otra en pecado mortal, en realidad para Dios son completamente distintas, y lo son realmente hablando de forma objetiva, pues uno tiene a Dios en el alma, y el otro, lamentablemente, tiene a Satanás.

Por eso el mejor de los cónyuges, el que vive en gracia de Dios, debe ayudar al otro a acercarse a Dios, porque hay deber de amar al prójimo, y el prójimo más próximo del esposo, es la esposa, y viceversa.

Ya podemos entender un poco el caos que tarde o temprano vendrá sobre el matrimonio en que ninguno de los esposos vive en gracia de Dios.

Hay que tener mucho cuidado porque el demonio odia los matrimonios cristianos, porque odia la familia, y hay que saber prevenirse y estar vigilantes sobre el propio corazón y sobre el corazón del cónyuge, para que el diablo no tenga ningún resquicio por donde filtrarse.

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Mensajes

Mensaje a los padres

6 reflexiones. Toque cada título para leerla.

Dios es el dueño de los hijos

Los padres deben recordar que no son dueños de sus hijos sino que el dueño de los hijos es Dios.

Esta es una verdad que cada padre debe tener bien en cuenta en la educación de los hijos, porque si falla esta certeza, entonces la educación no será la correcta.

Hoy muchos padres creen que basta darle a los hijos lo material, todo lo necesario para vivir. Otros, un poco más avanzados, dicen que también hay que darles educación. Pero son pocos los que se ocupan y preocupan por la formación espiritual de sus hijos, los padres que preparan a sus hijos a luchar en esta vida sobre la tierra, que es tiempo de prueba para entrar a la Vida verdadera, el Cielo.

¡Cuántos padres cristianos que no tienen una visión clara del combate que se libra en la tierra entre el Cielo y el Infierno, y en el que ellos y sus hijos están inmersos! Es que no se puede dar lo que no se tiene, y si los padres no combaten contra los tres enemigos del cristiano, que son el mundo, el demonio y la carne, ¿qué les podrán enseñar a sus hijos, si ellos mismos son arrastrados por los enemigos?

¡Qué gran responsabilidad que tienen los padres sobre las almas de sus hijos! Dios pedirá cuenta de estas almas, que son suyas, y a las cuales muchos padres han permitido que se pierdan.

No es fácil ser padres, como no es fácil ser gobernantes, porque Dios exige cuenta más rigurosa a quienes tienen el deber de mandar y de velar por otros hombres.

Todos los gustos

A veces se escucha decir a algunos padres: “Yo a mis hijos les doy todos los gustos”. Y lo dicen con orgullo, dando a entender que no les falta nada.

Y está bien que los padres les provean a sus hijos de lo necesario. Pero también es imprescindible que les enseñen a renunciar a algunas cosas, para que de esta forma se vayan ejercitando en el dominio de la voluntad, y no terminen, en el futuro, siendo unos caprichosos que quieren que todos estén a sus pies y les sirvan.

Algunas veces el amor de los padres a los hijos se vuelve una especie de idolatría, porque se ama más a los hijos que a Dios. Y ya sabemos que todo amor desordenado, por bueno que parezca, ya es pecado.

Los padres deben enseñar a sus hijos el valor de la pobreza, y aunque vivan en la abundancia, ya desde pequeños se les debe enseñar a ser caritativos con los pobres, con los que se acercan a la puerta de la casa pidiendo una limosna.

Hay que enseñar a los hijos el valor del sacrificio por amor a Dios y a los hermanos, haciéndoles ver el sacrificio como algo apetecible para ganar méritos para el Cielo y ayudar a salvar al prójimo.

En definitiva, los padres tienen el deber de preparar a sus hijos para el combate que estos deberán entablar contra sí mismos, contra el mundo y el demonio, pues la vida sobre la tierra es tiempo de prueba y lucha.

Desde pequeños

Desde pequeños a los niños hay que enseñarles y hablarles de Dios, porque aunque en el niño no se vea nada especial, ellos absorben lo que les enseñamos desde pequeños.

También es bueno llevarlos a Misa, en lo posible, para que estén en contacto con el Sacrificio del Altar.

Muchos sacerdotes tienen la santa costumbre de bendecir a los niños que se acercan con sus padres que van a comulgar, y por eso es bueno llevarlos de la mano o en brazos para que mientras los padres comulgan, el sacerdote los bendiga.

Aprendamos de la naturaleza, que cuando vemos un árbol que nace torcido, se le ponen estacas y una guía para enderezarlo. Así, desde pequeños, debemos ser para los niños unos puntales que los dirijan hacia el Cielo.

El mundo de hoy está loco, o más que loco está endemoniado, porque Satanás, que odia a la familia, sabe que atacando a la familia, desmorona toda la sociedad y el mundo entero. Es tiempo de que sepamos esto y conozcamos con quién nos enfrentamos, con Satanás, a quien se le vence con la oración y la penitencia.

Debemos proteger a nuestros hijos con agua bendita, haciendo la señal de la cruz sobre sus frentes, y sobre todo orando por ellos y dándoles buenos ejemplos, combinando firmeza con dulzura.

Dar buen ejemplo

Hay un dicho que dice: “Lo que haces grita tan fuerte, que no me deja oír lo que dices”. Y este dicho es especialmente aplicable a la conducta de los padres ante los hijos, porque los padres tienen que educar principalmente con el ejemplo, como por otra parte todo buen maestro debe hacerlo. También el catequista debe educar a sus catecúmenos con el ejemplo, porque si el catequista dice que faltar a Misa el domingo es pecado grave, y luego él falta a Misa el domingo, entonces borra con el codo lo que escribe con la mano, y no ofrece motivo de credibilidad, ni de respeto ni de ejemplo.

Y principalmente los padres, a quienes los hijos miran como ejemplos y modelos: el niño varón, mirando a la madre como a la esposa futura; y la hija mujer, viendo en el papá, al prototipo de esposo con el que sueña; deben saber dar el ejemplo, reconociendo que constantemente están siendo observados por sus hijos, de quienes tendrán que dar cuenta ante Dios en el día del Juicio.

Por eso hay que trabajar por ser santos, ya que de lo contrario, con nuestro mal ejemplo, en lugar de formar personas de bien, estaremos creando pequeños monstruos.

El mundo se quiebra en ruinas porque la familia se está arruinando, y los padres quieren ser “amigos” de sus hijos, siendo que ellos deben ocupar el lugar de padres, de la autoridad. Porque el que los padres se vuelvan como adolescentes con sus hijos, no es bueno ni para los hijos ni para los padres. Tengamos esto presente en nuestra conducta familiar.

Vigilar las amistades

En toda vida descarriada, si se quiere hallar la causa del mal, es muy común que se descubra al inicio una mala amistad. Por eso los padres deben vigilar muy bien las amistades de sus hijos, ya que las malas amistades corrompen las costumbres.

Pero no sólo se trata de que los padres vigilen las amistades humanas, sino también las amistades con cosas, como por ejemplo la amistad con la televisión, la computadora, el celular, ya que si bien esas cosas son en sí mismas neutras, o casi, no lo son así los programas de televisión, ni los contenidos de internet y videojuegos, ni los contactos y mensajes del celular.

Los padres van a tener que “meterse” en el mundo de la informática y controlar con quiénes tratan los hijos, puesto que hoy en día no sólo hay que vigilar las amistades de carne y hueso, sino también las ciberamistades, es decir, echar una mirada a las redes sociales en donde participan los hijos, y si bien se les debe dejar suficiente intimidad, habrá que vigilar que todo sea sano.

Lo importante es formar criterio en los hijos, porque no siempre podremos controlar su mundo y defenderlos de los males. Entonces es necesario que les enseñemos a defenderse del mal, por medio de la oración, la formación, el entrenamiento de la voluntad, y todo ello dosificado por un gran amor de los padres hacia los hijos, porque nada se logra sin amor. Y para los padres viene bien tener presente esta frase de San Juan Bosco: “El amor da fuerzas para soportar las fatigas, los disgustos, las ingratitudes, la falta de disciplina, las ligerezas, las negligencias de los jóvenes”.

No sobreprotegerlos

Es lógico que los padres quieran proteger a sus hijos, ya que esa es la voluntad de Dios. Pero lo malo es cuando el amor por los hijos se desordena, no se confía en la providencia divina, y entonces los padres sobreprotegen a sus hijos.

Esto les acarrea un mal para su presente y, sobre todo, para su futuro, ya que en la vida tendrán muchos reveses, y no sabrán hacer las cosas por sí solos.

Por eso hay que preparar a los hijos para la prueba de la vida, porque esta vida sobre la tierra es tiempo de lucha, contra los malos espíritus y también con los vaivenes y desgracias de la vida, que más o menos todos debemos saborear.

Mucho más meritorio para el hijo si cuando se hace adulto sabe ser virtuoso, a pesar de que le han sobreprotegido sus padres desde niño, pero mucho más difícil de practicar dicha virtud. Es mejor que los padres confíen más en Dios, que sepan que la vida de sus hijos está más en la manos de Dios, que en sus manos de padres, y colaborar con ellos pero dándoles alas, herramientas y armas para la batalla de la vida.

Dice el dicho popular que “hay amores que matan”, y a veces sucede así con el amor que muchos padres tienen por sus hijos, que los suelen ahogar en lugar de enseñarles a nadar en este mar embravecido del mundo.

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Mensajes

Mensaje a los hijos

5 reflexiones. Toque cada título para leerla.

Obedecer a Dios antes que a los hombres

Los hijos debemos obedecer en todo a nuestros padres, siempre y cuando éstos no manden lo que es pecado.

Pero si se diera el caso de que Dios nos mandara algo, nos encomendara alguna misión o nos llamara con especial vocación a seguir un estado de vida, y nuestros padres se opusieran, entonces no debemos vacilar y tenemos que seguir la voz y la orden de Dios, ya que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

Porque los padres generalmente quieren la felicidad para sus hijos. Pero sucede muchas veces que ellos no ven lo que Dios ve, y miran el presente y el futuro con ojos terrenales. En cambio Dios conoce el presente y el futuro y ve con sus ojos, y lo que hoy podría ser una solución perfecta vista desde el punto de vista de los padres, puede ser en el futuro algo catastrófico para la felicidad del hijo y hasta para su misma salvación eterna.

Algo similar le sucedió a Pedro cuando el Señor le anunció su Pasión, y él se puso a reprenderlo de que jamás le sucedería semejante cosa. Y Jesús lo amonestó severamente porque Pedro se estaba dejando llevar por pensamientos humanos.

Así también puede suceder con los padres respecto a sus hijos, que queriendo el bien para ellos, tal vez con su proceder les están dificultando el verdadero bien para ellos.

Entonces los buenos hijos tenemos que obedecer a nuestros padres, pero antes a Dios.

Tener en cuenta

Cuando nos enojemos por algo con nuestra madre o nuestro padre, pensemos en todas las noches que pasaron en vela cuidándonos cuando éramos pequeños, todos los mimos que nos dieron y las lecciones de vida, y ofrezcámosles una sonrisa y un beso, porque nunca, jamás les podremos pagar todo lo que han hecho por nosotros.

A veces tardamos bastante en apreciar a nuestros padres. Vemos culpas en ellos, y también echamos la culpa de que los defectos de nuestra personalidad, son debidos a su mala enseñanza o descuido.

Pero con el tiempo, cuando nos vamos haciendo adultos, entendemos que no es fácil la tarea de ser padres, y que todo lo que Dios ha permitido en nuestras vidas, incluida la enseñanza de nuestros padres, estaba preparado por Él.

De esa forma nos vamos aceptando a nosotros mismos y a nuestros padres, y se despierta el amor de agradecimiento. Ojalá esto se produzca antes de que se los lleve la muerte, así por lo menos tenemos la suerte de agradecerles en vida todo lo que han hecho por nosotros. Y si ya partieron a la eternidad, ofrezcamos Misas y oraciones por el descanso de sus almas, y pidámosles que nos guíen, ya que ahora conocen todo lo que nos pasa y ven los peligros a los que estamos expuestos.

Recordemos que muchas veces sucede que de la misma forma que tratamos a nuestros padres, de igual manera nos tratarán a nosotros nuestros hijos.

Un mandamiento

Dios ha puesto un mandamiento para los hijos, que obliga a respetar, honrar y amar a los padres. Pero es interesante ver que no ha puesto un mandamiento para los padres, que amen a sus hijos, porque esto se da naturalmente. En cambio muchas veces los hijos no saben amar a sus padres, ven sólo sus defectos, y no pocas veces les echan la culpa de sus fracasos, o por sus deficiencias en la enseñanza y ejemplos.

Pero debemos saber que si Dios ha permitido que tengamos estos padres y no otros, y si Él ha querido, o al menos permitido, que nos educaran de esa forma y no de otra, con sus posibles defectos, entonces tenemos que saber aceptar la voluntad de Dios. Y más mérito para nosotros si, a pesar de las posibles deficiencias en nuestra crianza, sabemos remontar el curso del río y hacernos santos contra viento y marea. Mayor premio tendremos, porque Dios sabe cómo son y cómo fueron las cosas, y nos dará un premio mucho mayor.

Pero si además de esto, amamos con todo nuestro corazón a nuestros padres, a pesar de las fallas que hayan podido tener para con nosotros, entonces Dios nos bendecirá de tal forma que no podremos contener los dones y gracias que Él derramará sobre nosotros, y necesariamente los volcaremos en nuestro alrededor, incluso sobre nuestros queridos padres, que nos aman mucho, y que si no nos saben amar bien en la tierra, sí nos amarán como corresponde en el Cielo, porque allí comprenderán, a la luz de Dios, que los hemos querido y respetado.

Paciencia

Cuando nuestros padres se van haciendo mayores, tienen sus achaques y a veces perdemos la paciencia en atenderlos porque se vuelven como niños. Recordemos entonces cuando ellos nos atendían cuando éramos pequeños, las noches que les hicimos pasar en vela, y todos los trabajos que tuvieron por nosotros. Entonces asomará a nuestra cara una sonrisa de piedad, amor y agradecimiento hacia ellos, y tendremos más paciencia y les devolveremos aunque sea un poco del amor que nos dieron y de la paciencia que nos tuvieron.

Porque no hay que olvidarse que toda la doctrina católica no es más que amor. Amor con Dios y amor con el prójimo. Y ninguno más prójimo que nuestros padres, que son la figura de Dios en la tierra, y que por ello debemos respetarlos y no juzgarlos jamás, hayan hecho lo que hayan hecho, porque si Jesús en su Evangelio nos manda no juzgar a nadie, mucho menos tenemos derecho a juzgar a nuestros padres.

Pidamos a Dios que nos aumente la paciencia, ya que la necesitamos para estar siempre con buena cara y amables y serviciales para con nuestros padres. Y esto también para nuestros abuelos, tíos o parientes. Necesitamos una gran dosis de paciencia y de amor, para ver a Cristo en ellos y atenderlos de la mejor manera posible. Nadie dice que sea fácil. Incluso a veces puede parecernos imposible, pero Dios nos da su gracia, y si lo hacemos todo con Él, entonces es posible y llevadera la cruz con las que nos ganaremos el Cielo.

No juzgarlos

Si bien el no juzgar a los hermanos es un mandato de Nuestro Señor, cuando se trata de nuestros padres es mucho más grave el juicio y no debemos juzgarlos jamás. Sería como querer juzgar a Dios, porque a veces nos parece que Dios actúa mal, que nosotros actuaríamos de otra manera en tal o cual acontecimiento. Algo parecido nos sucederá si queremos juzgar a nuestros padres, porque desconocemos muchas cosas de ellos, de por qué razón actúan así o dicen una cosa u otra. Lo que sí está mandado por el Señor es que los debemos amar, y mucho, viendo en ellos a los representantes de Dios en la tierra.

Si bien hay que ser condescendientes con todos, mucho más condescendientes debemos ser con nuestros padres, y es eso a veces lo que más nos cuesta, porque tratamos bien a los de afuera, pero con nuestros progenitores somos muy exigentes.

Tenemos que pensar que quizás ellos pudieron haber cometido errores, pero que todo en realidad confluye para bien nuestro, que si sabemos ver bien las cosas, notaremos que hemos aprendido, y con los dolores de la vida, hemos aprendido a ser misericordiosos, cosa que no es fácil de conseguir. Y si estamos orgullosos de cómo somos, se lo debemos también a nuestros padres, que nos han educado y cuidado desde la infancia. Y aunque no lo hubieran hecho así, igualmente no tenemos derecho a juzgarlos, sino que tenemos que amarlos siempre, porque si el Señor manda amar incluso a los enemigos, ¡cuánto más debemos amar a nuestros padres!, que la mayoría de las veces son nuestros mejores amigos, aunque quizás caemos en la cuenta de ello cuando ya es demasiado tarde.

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El Evangelio en la familia

Evangelio para los esposos

5 reflexiones. Toque cada título para leerla.

Bodas de Caná

Es interesante ver que Jesús quiso comenzar su vida pública de milagros en una fiesta de bodas, indicándonos con ello el aprecio que el Señor tiene por el matrimonio católico y por la familia.

Y la Virgen fue quien se percató de que en la fiesta no había vino, y recurrió a su divino Hijo para obtener de Él el primer milagro.

Es que María se preocupa por la vida familiar y está atenta a todo lo que pasa en la familia, especialmente por lo que le sucede al matrimonio que la fundó.

Entonces los esposos siempre deben saber recurrir a Jesús y en especial a María, que se interesa también por lo material y lo transitorio, pues Ella bien sabe que a veces los hombres necesitamos de lo sensible y de las alegrías terrenas para alcanzar la Alegría definitiva del Cielo.

Y el primer milagro fue la conversión de agua en vino. Es decir que el Señor no es un aguafiestas, sino que nos provee del vino, es decir, de la alegría. Y lo hace a pedido de María, su Madre santísima.

En el matrimonio cristiano muchas veces se necesitará cambiar el agua en vino, las amarguras y tristezas de la vida en común, por la alegría del Señor, que quiere vivir en medio de los esposos y unirlos cada vez más, hasta hacerlos no sólo esposos, sino amigos y hermanos uno del otro.

Isabel y Zacarías

Vemos en el Evangelio que el Señor escucha la oración perseverante de los esposos, como escuchó la oración de Zacarías e Isabel, la cual concibe un hijo a pesar de su vejez. Y este hijo no es cualquier hijo, sino Juan el Bautista, de quien Jesús dirá que no hay otro mayor que él entre los nacidos de mujer.

La oración debe ser el centro del matrimonio. Ellos deben rezar unidos para que Cristo esté en medio de su relación de pareja y de matrimonio. Porque así como no se puede servir a Dios y al diablo, es decir o se vive en gracia de Dios, o se vive en pecado mortal; así también sucede en el matrimonio, que si no se da lugar a que entre en esta relación el Señor Jesús, en su lugar entrará el demonio, y de matrimonio cristiano se convertirá en medio de lujuria, vicio y pecado.

O con Cristo o contra Cristo, no hay términos medios. O hacemos que Cristo reine en la relación de los esposos, o en su lugar reinará el demonio.

Los esposos deber rezar juntos, especialmente el Santo Rosario, puesto que cuando dos o más personas se reúnen en nombre del Señor, Él está presente en medio de ellos.

Cristo debe participar de todos los momentos del matrimonio, nunca dejarlo de lado, porque el verdadero amor es casto y puro, y Dios bendice las uniones hechas en el amor y el respeto mutuo.

Paz

El Señor nos dice en el Evangelio que son bienaventurados los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios.

Y en el matrimonio ¡qué gran necesidad hay de paz! Paz en el matrimonio y paz en cada uno de los cónyuges.

El demonio, cuando no puede hacernos caer en pecado, al menos quiere quitarnos la paz, porque sabe que un alma inquieta y turbada es proclive a cometer pecados.

Los esposos deben ser astutos y no dejar que la paz del matrimonio de pierda por naderías. Esto se logrará si cada uno, o al menos uno de los esposos, es pacífico y no responde mal, ni hace pleitos, ni levanta la voz.

Hay que aprender de Jesús, que cuando era coronado de espinas, insultado y escupido, no se defendía ni ofendía, sino que perdonaba y soportaba pacientemente. Hay que imitar al Señor, que al ver la maldad de sus verdugos, perdonó y pidió al Padre que perdonara porque “no saben los que hacen ni lo que dicen”.

Muchas veces en el matrimonio hay que actuar como Jesús, y perdonar una y mil veces, sin guardar rencor y sin que muera el amor, sino que hay que seguir amando como hizo el Señor.

Vivir la mansedumbre

Si todos los cristianos tenemos que ser mansos porque así seremos semejantes a Cristo que es manso y humilde de corazón; mucho más los esposos deben ser mansos entre ellos, porque si bien la ira nunca o casi nunca es justa, y uno en el momento de enojo dice cualquier palabra, que después tiene malas consecuencias, también por haber una desigualdad en la contextura del hombre y de la mujer, hay que evitar las discusiones, y solucionar todo con amor y mansedumbre.

Si la mujer quiere convencer al esposo, seguramente no lo logrará con gritos y peleas, sino utilizando los dones de mujer, sus encantos. Porque la mujer no puede pelear de igual a igual con el varón, pero puede vencer cuando actúa como una verdadera mujer.

¿Acaso en la historia sagrada no vemos el poder que las mujeres han tenido sobre los hombres?

Pues bien, si esto sucede en el campo del mal, que las mujeres virtuosas aprovechen esto para atraer a los esposos al bien, para llevarlos a la santidad, porque la mujer generalmente es más piadosa que el varón y es más sensible a las cosas de Dios.

San Francisco Javier atendió el caso de una mujer cuyo esposo volvía borracho y la golpeaba. El santo le dijo que cuando el marido llegara en ese estado, bebiera un traguito de agua bendita que el santo le dio en una botellita, y que ni tragara el agua ni la escupiera, hasta que al esposo se le pase el enojo.

Así lo hizo esta señora y dio maravillosos resultados, entonces cuando se le terminó el agua bendita fue al santo a pedirle más. Y éste le dijo que con agua corriente era igual, porque mientras ella tenía la boca llena de agua no podía hablar.

Y efectivamente hay veces que la mujer con sus reproches y gritos, exaspera al varón, que si no es un santo varón, si no es virtuoso, hace actos de violencia dignos de la cárcel.

Si el mundo viviera la mansedumbre, sería la antesala del Cielo. Tratemos de vivirla al menos en nuestro matrimonio, porque aunque uno de los cónyuges sea iracundo, al menos si el otro es manso, siempre la cosa irá bien. Pensemos estas cosas y llevémoslas a la práctica.

Felices en el Cielo

Hay que recordarle a los esposos que la vida sobre la tierra es tiempo de prueba, pues a veces uno quiere ser feliz en el mundo y se olvida que la verdadera y perdurable felicidad la encontraremos sólo en el Cielo. En la tierra tendremos como chispazos de felicidad, momentos de paz y tranquilidad, pero también sufrimientos y sinsabores, pues en este mundo reina Satanás, que odia a las familias, porque odia a los hombres, y pone pruebas y trabas a todos los buenos.

Es bueno entonces que los esposos sepan que el camino que han emprendido juntos, es una prueba para, sorteándola bien, llegar ambos al Paraíso.

Hoy se presenta al casamiento como el punto de llegada, y en muchas historias y cuentos todo termina cuando al fin la protagonista se casa con el príncipe de sus sueños, y “vivieron felices y comieron perdices”. Pero en realidad es allí donde comienza todo, puesto que la felicidad en este mundo es un poco en cuentagotas, y quien quiere salvar su vida en este mundo, la perderá, ha dicho el mismo Cristo en su Evangelio.

Siendo las cosas así, tenemos que ser conscientes de que la felicidad completa no la hallaremos en la tierra, porque sencillamente los hombres no hemos sido creados para la tierra, sino para el Cielo, y la tierra es un lugar de exilio.

Pensando en estas cosas, estaremos mejor apertrechados para afrontar las pruebas de la vida, sin descorazonarnos tan fácilmente ante los obstáculos.

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El Evangelio en la familia

Evangelio para los padres

6 reflexiones. Toque cada título para leerla.

La mujer cananea

La mujer cananea que le pide insistentemente a Jesús que cure a su hija, que expulse al demonio que la atormenta, no le dice a Jesús: ¡ten piedad de mi hija!, sino ¡ten piedad de mí, que mi hija está atormentada por un demonio!

Es que un verdadero padre sufre con su hijo más que si sufriera él mismo. Por eso cuando el Señor ha dicho que nadie tiene mayor amor que aquél que da la vida por sus amigos, Jesús ha exceptuado un amor más grande y es el de aquel padre que ofrece a su propio hijo que ama más que a sí mismo.

No otra cosa es lo que ha hecho la Santísima Virgen al ofrecer a Jesús, su Hijo, a la Cruz, a la muerte, y no por los amigos, sino por los enemigos, porque todos los hombres éramos enemigos de Dios por el pecado.

Por eso esta sencilla frase del Evangelio nos da una idea de lo que es un hijo para un verdadero padre. El buen padre prefiere sufrir él, antes que ver sufrir a un hijo suyo. Y todo lo que sufre el hijo, repercute en el corazón del padre.

San José pone el nombre a Jesús

San José, por ser el padre legal de Jesús, el padre putativo, tuvo el deber y el honor de ponerle el nombre a Jesús; nombre que le había sido dado por el Ángel en sueños.

Y los padres también tienen el honor y el deber de ponerle nombres a sus hijos, y más que buscar nombres raros y originales, ellos deben tratar de descubrir qué nombre tienen sus hijos para Dios, es decir, cuál es el nombre que el Señor les daría, según la misión que cada uno de ellos deberá cumplir en la tierra. Porque el nombre tiene mucho que ver con la misión.

Por eso es muy bueno que los padres recen y pidan luz a Dios para elegir el nombre que Dios desde toda la eternidad le tiene preparado a cada uno de sus hijos.

Igualmente, cuando ya elijan el nombre y se lo pongan, ésa era la voluntad de Dios, porque si hay algo que se hace en este mundo, es sólo porque Dios lo quiere o, al menos, lo permite. Y si permite que los padres pongan un nombre, es porque Él sabía desde toda eternidad que ése sería el nombre para el hijo.

Cuidar a los hijos

Así como San José, apenas se enteró en sueños que la vida del Niño Jesús estaba amenazada, se levantó y huyó a Egipto, así también los padres deben estar siempre atentos a defender a sus hijos, no tanto de la enfermedad, sino más bien de los asesinos que son los demonios y espíritus del mal.

Efectivamente hoy muchos padres se ocupan y preocupan por ponerle todas las vacunas, pero no bautizan a sus hijos, y así cuelan el mosquito y se tragan el camello.

¡Pobres hombres que están enceguecidos por el Maligno, que les esconde la verdad y los engaña miserablemente!

Recordemos los padres que nuestros hijos son nuestros, pero antes son de Dios, y que Él los reclama y los quiere de nuevo junto a Él, y nosotros tenemos la misión de conducirlos por la vida, que es una gran prueba, hacia el seno de Dios. Si fallamos en esto, nuestra maternidad o paternidad habrán fracasado.

Pero no sólo los padres deben cuidar por los hijos, sino que todo hombre, en cierta manera, debe cuidar de su semejante, haciendo las veces de padre espiritual, porque en el Cielo se verán muchos padres que jamás engendraron una carne, pero que sí engendraron muchas almas, al salvarlas del poder del mal.

San José es uno de ellos, que no participó en la concepción virginal de Jesús, pero sí le hizo las veces de custodio, protector y guía.

Espíritu de sacrificio

¿Por qué la Sagrada Familia prosperó? Porque además de que estaba formada por santos, había en ella espíritu de sacrificio. Sin este espíritu, cualquier familia va a la deriva, porque la vida es sacrificio, y de este sacrificio nace el amor. Es más, el amor es sacrificio, es sufrimiento, porque quien ama desea complacer a la persona amada; y si los padres aman a sus hijos, entonces se sacrificarán por ellos para darle lo mejor.

Por algo el Señor nos ha dicho en su Evangelio que debemos negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz de cada día y seguirlo, ya que si esto es en general para todos los hombres, mucho más lo es para los padres, que tienen que ser abnegados para educar a sus hijos y sacrificarse por ellos, como Cristo se sacrificó por sus hijos espirituales, nosotros los hombres.

Si no hay espíritu se sacrificio y mortificación, entonces la ruina y la derrota están cerca, ya que la convivencia falla, al fallar la capacidad de tolerarse uno a otro, de amarse y entregarse cada uno, y así la familia se desmorona. Por eso la solución siempre será que todos en la familia, o al menos los más buenos, tiendan realmente a la santidad, se esfuercen por ser santos, entonces así todo marchará bien, y las deficiencias de unos serán suplantadas o atemperadas por las virtudes de los otros.

Representantes de Dios

Los padres son para los hijos los representantes de Dios en la tierra, y por ello deben actuar de manera correcta, y como Dios, deben dar libertad a los hijos, pero también vigilar sobre ellos, como hace el Señor con todos los hombres, que respetando nuestra libertad, nos conduce por sus caminos.

Dios es el Modelo de toda paternidad y maternidad, por ello si queremos ser buenos padres y madres, tenemos que imitar a Dios, y darnos cuenta de que Él usa para con nosotros premios y castigos, caricias y correcciones, que tal vez al momento de recibir las correcciones nos causan tristeza, pero luego fructifican.

¿Quién es el padre que no corrige a su hijo? Quien no le ama. Porque si lo amara de verdad, querría su bien, y lo corregiría con amor y firmeza por su bien, porque lo ama, y quiere que sea un hombre de bien y, sobre todo, que alcance un día el premio eterno.

Porque debemos entender que la función del padre y de la madre no es sólo proveer a las necesidades materiales de sus criaturas, sino principalmente proveer a las necesidades espirituales de sus almas, porque los hijos, como hombres y mujeres que son, tienen hambre de infinito, hambre de Dios, y son los padres los primeros que deben saciar esa hambre.

Jesús aprendió como hombre de toda la sabiduría que había en María y José. Y así cada hijo debe aprender de la sabiduría de sus padres. Y no se trata de ser doctos en sagrada Escritura o en ciencias profanas, sino más bien de saber lo sencillo de la vida, de vivir el Evangelio, para poder transmitirlo a los hijos.

Valientes

Vemos en un pasaje del Evangelio que, cuando se acercaba el tiempo de la Pasión del Señor, Jesús iba al encuentro del dolor, y se adelantaba a sus discípulos, y con mucha valentía subía a Jerusalén. La Virgen ayudó mucho a la formación de Jesús, para que sea un hombre valeroso .

Los padres tienen que educar a sus hijos para que sean valientes, que no sean miedosos, porque todos en la vida debemos subir el camino empinado de nuestro propio vía crucis, y mucho nos ayudará el hecho de que nuestros padres nos hayan enseñado el coraje y la valentía.

Claro que los padres tienen que ser ellos mismos valientes para poder infundir valor en sus hijos. Y no es necesario que los padres sean valientes de nacimiento, sino que es algo que se puede adquirir con trabajo y ayuda de Dios.

Pero también hay que enseñar a qué hay que tenerle miedo y a qué no. Por ejemplo se deberá inculcar a los hijos el horror al pecado, incluso al más leve. Pero no se debe infundir el miedo a la muerte corporal, que es un paso a la eternidad.

Ya lo dice el Señor en su Evangelio: que no temamos a quienes matan el cuerpo, sino más bien a los pecados y vicios que pueden matar el alma y arrojarla al Infierno.

Todos los padres, quién más, quién menos, deberán trabajar esta virtud de la valentía, porque nunca será suficiente el inculcar valor a los hijos, que tienen necesidad de valor para afrontar todos los reveses de la vida.

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El Evangelio en la familia

Evangelio para los hijos

5 reflexiones. Toque cada título para leerla.

Jesús perdido en el Templo

Los hijos no debemos hacer sufrir a nuestros padres. Pero meditando en la actuación de Jesús cuando a los doce años se quedó en el Templo, sin avisarles a sus padres y por obedecer a Dios Padre, nos damos cuenta de que a veces, si Dios nos llama a alguna misión, hay que seguirla aunque causemos dolor a nuestros padres y seres queridos.

¡Cuántas veces Jesús tuvo que hacer sufrir a su Madre, la Virgen, en cada despedida! Pero era la voluntad de Dios, y un padre bien formado cristianamente, debe saber ofrecer ese dolor para redención propia y salvación de las almas.

A Dios hay que ponerlo en el primer lugar, y en cierta manera en el único lugar, y todos los demás amores deben venir después, e incluso deben referirse a Dios, es decir, amar a todos, incluidos los padres, en Dios y por Dios.

Ya lo ha dicho el Señor en el Evangelio, que quien pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de los Cielos.

A veces, por seguir a Dios, deberemos causar dolor a nuestros padres, como Jesús cuando se quedó en el Templo. Pero sepamos que Dios sabrá consolar e instruir sobrenaturalmente a nuestros padres para que, en el tiempo o en la eternidad, nos puedan comprender.

Cuando todos estemos en el Cielo, entonces muchos padres bendecirán la dureza de sus hijos, y en cambio desde el Infierno muchos de ellos maldecirán la cobardía de sus hijos, que por no causarles un dolor en la tierra, les han causado un dolor para siempre, ya sea porque se han condenado los padres, o porque el hijo se condenó al no seguir la voz de Dios.

Crecer en todo

Dice el Evangelio que Jesús, cuando era pequeño, iba creciendo en estatura, en gracia y en sabiduría delante de Dios y de los hombres.

Ojalá se pueda de decir lo mismo de nosotros, que no sólo crezcamos como hijos en estatura, sino también en la amistad con Dios, que eso es la gracia, y en Sabiduría, que es opuesta a la sabiduría mundana.

En la vida espiritual uno nunca se queda en el mismo lugar, ya que o crece o disminuye; o adelanta o retrocede. Por eso, como hijos, tenemos que hacer el esfuerzo de darles honra a nuestros padres, siendo ejemplares en todo. Y esto lo conseguiremos con la ayuda de Dios ciertamente, pero también poniendo voluntad y rezando mucho, puesto que el que reza recibe fuerzas para seguir con firmeza el camino del bien.

¡Qué alegría oír decir a nuestros padres que están orgullosos de nosotros, porque somos hombres y mujeres de bien!

¡Y mayor alegría todavía el que Dios, que es nuestro Padre del cielo, y María, nuestra Madre celestial, estén contentos con nosotros y se sientan felices porque seguimos sus benditos consejos!

Aunque seamos ya adultos, para nuestra madre siempre seremos niños. Y la Madre del cielo nos ve como eternos niños. Así que ¡a portarnos bien para alcanzar el Paraíso!

No olvidar nuestras raíces

Vemos en el Evangelio que se nombra la genealogía de Jesús, e incluso uno ve que entre los ascendientes de Jesús hubo personas pecadoras.

También nosotros podemos avergonzarnos de los parientes de quienes descendemos, pero tenemos que saber que si Dios ha permitido que esto fuera así, es por amor hacia nosotros, puesto que si rezamos y hacemos sacrificios por nuestros seres queridos, pasados, presentes y futuros, entonces seremos los salvadores de la familia, y estaremos todos unidos para siempre en el Cielo, sin que falte ni uno solo al banquete celestial.

Porque como Dios está fuera del tiempo, en un presente continuo, Él ve el pasado, el presente y el futuro en un solo instante, de modo que lo que pedimos por nuestros familiares vivos o difuntos, e incluso por los que vendrán en el futuro y por los que están en el remoto pasado, Dios lo tendrá en cuenta. Y las Misas que hagamos celebrar por nuestros seres queridos, también las ha tenido en cuenta Dios para aplicar sus frutos en vida de nuestros parientes. ¿Quién sabe si ellos no habrán recibido una o muchas gracias en previsión a las Misas que íbamos a hacer celebrar nosotros por ellos, o por los sacrificios y oraciones que haríamos en el futuro? ¿Y por qué no, con nuestras oraciones y sufrimientos, además del hacer decir Misas, no podemos influir y proteger a los parientes que serán en el futuro, para que tengan ánimo en las luchas de la vida?

Recordemos que todo lo que Dios quiere o, al menos, permite, es su voluntad, y debemos aceptarla. Y si nos parece que algún miembro de nuestra familia, del que descendemos, es más indigno, que esto nos haga humildes, y nos enseñe a amar los misteriosos designios de Dios, que sabe sacar del mal un bien.

Salvadores

Cuando el ángel en sueños le anuncia a San José que lo engendrado en María provenía del Espíritu Santo, y que a ese Niño debía ponerle el nombre de Jesús, que significa Salvador; nosotros debemos pensar que Dios, cuando nos trajo al mundo por medio de nuestros padres en lo que respecta a la creación del cuerpo, y gracias a Dios en la creación de nuestra alma, también somos anunciados como salvadores.

Efectivamente todos los hombres que venimos a este mundo, venimos con una misión, que es la de salvar almas, porque tenemos que completar lo que falta a la pasión de Jesús.

Si pensáramos estas cosas durante la vida, seguramente viviríamos la vida de manera distinta, más seriamente, sabiendo que de nosotros depende la salvación o condenación de almas, muchas o pocas, según sea la importancia de la misión que Dios nos ha encomendado.

Por eso tenemos que tratar de conocer cuál es la voluntad de Dios para nosotros, y ésta la conocemos a través de la oración. De ello se deduce la gran importancia de rezar mucho, para hacer lo que Dios quiere de nosotros.

¡Felices nosotros si encontramos cuál es nuestra misión aquí en la tierra!

Pero no creamos que el Señor nos manifestará todo su plan, sino que Él nos irá dando órdenes precisas y tendremos que caminar, muchas veces a tientas, sin saber a ciencia cierta adónde terminará nuestro camino, y ni siquiera por dónde y qué cosas tendremos que pasar. Pero confiemos en Dios, que Él no nos creó para el Infierno, sino para el Cielo, y si somos fieles a Él, entonces nos espera un puesto de gloria en el Paraíso.

Seguir a Jesús

“Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, lo siguieron”. (Mt 4, 22)

Comentario

Los hijos son de Dios antes que de los padres. Por eso si un hijo siente el llamado de Dios a una vocación especial, aunque ame mucho a sus padres, debe dejarlos para seguir la voz de Dios, porque a Dios se le debe amar sobre todo y sobre todos, no otra cosa hizo Jesús cuando dejó a su Madre, la Virgen, para ir a evangelizar.

Es que seguir la vocación a la que el Señor nos llama, redunda en bien para nosotros, porque sólo en ese estado seremos felices plenamente y será para nosotros más segura nuestra salvación.

Dios conoce todas las cosas, sabe el presente, el pasado y el futuro, y lo que hoy podría ser lo perfecto, visto en adelante, puede resultar un verdadero fracaso. Entonces tenemos que rezar para saber qué es lo que Dios quiere de nosotros, según las circunstancias en que nos ha puesto en el mundo, en la familia, en la sociedad, en la Iglesia.

Si encontramos el lugar donde el Señor nos quiere, viviremos felices y, como dice el mundo “realizados”. Y esa será la única forma de “realizarnos” en esta tierra, porque Dios es el principal interesado en que seamos felices haciendo lo que Él planeó para nosotros.

Estos hermanos del pasaje evangélico citado, dejaron todo y a su padre y siguieron a Jesús. Nosotros quizás no debamos dejar el hogar paterno, pero debemos tener ese desprendimiento que nos permita estar preparados para dejarlo todo si fuera necesario, para seguir a Dios.

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Palabras de Jesús

El adulterio

Palabras de Jesús a María Valtorta.

Dice Jesús:

“Puede causarte asombro el que te hable a ti, que eres célibe, de este tema. Pero tú no eres sino la “portavoz” y por ello debes sujetarte a transmitir cualquier cosa. Lo que digo ahora sirve a los demás. Sirve para corregir uno y más errores, cada vez más arraigados en el mundo.

El mundo se divide en dos grandes categorías. La primera, que es amplísima, es la de los sin escrúpulos de ninguna clase: ni humanos ni espirituales. La segunda es la de los piadosos, la cual, sin embargo, se subdivide en otras dos clases: la de los justamente piadosos y la de los pequeñamente piadosos. Hablo a la primera gran categoría y a la segunda clase de la segunda categoría.

El matrimonio no está condenado por Dios, tanto es así que Yo he hecho de él un sacramento. Y aquí no hablo ni siquiera del matrimonio como sacramento, sino del matrimonio como enlace, como Dios Creador lo ha hecho creando hombre y mujer para que se unieran formando una sola carne, que una vez unida ninguna fuerza humana puede separar, ni debe separar.

Yo, viendo vuestra dureza de corazón, cada vez más dureza, he cambiado el precepto de Moisés sustituyéndole con el sacramento. El fin de mi acto era ayudar a vuestra alma de cónyuges contra vuestra carnalidad de animales y un freno contra vuestra ilícita facilidad de repudiar lo que antes habéis elegido para pasar a nuevos cónyuges ilícitos, con daño de vuestras almas y de las almas de vuestras criaturas.

Se equivoca tanto quien se escandaliza de una ley creada por Dios para perpetuar el milagro de la creación –y generalmente éstos no son los más castos sino los más hipócritas, porque los castos no ven en el enlace sino la santidad del fin, mientras que los otros piensan en la materialidad del acto- como quien con ligereza culpable cree poder sobrepasar impunemente mi prohibición de pasar a nuevos amores, cuando el primero no ha sido deshecho por la muerte.

Adúltero y maldito es ese viviente que separa una unión antes querida, por capricho de la carne o por intolerancia moral. Que si él o ella dicen que el cónyuge es ahora para ellos causa de peso y repugnancia, Yo digo que Dios ha dado al hombre reflexión e inteligencia para que la usen, y mucho más para que la usen en casos de tan grave importancia como es la formación de una nueva familia; Yo digo aún que, si en un primer momento se ha errado por ligereza o por cálculo, es necesario después soportar las consecuencias para no crear mayores desgracias que recaen especialmente sobre el cónyuge más bueno y sobre los inocentes, llevados a sufrir más de lo que la vida conlleva, y a juzgar a los que Yo he hecho injuzgables por precepto: el padre y la madre. Digo en fin que la virtud del sacramento, si fuerais verdaderos cristianos y no los bastardos que sois, debería actuar en vosotros, cónyuges, para hacer de vosotros un alma sola que se ama en una carne sola y no dos fieras que se odian atadas a una misma cadena.

Adúltero y maldito es ese viviente que con engaño obsceno tiene dos o más vidas conyugales y vuelve al lado del otro cónyuge y al lado de los inocentes con la fiebre del pecado en la sangre y el olor del vicio sobre los labios mentirosos.

Nada os hace lícito ser adúlteros. Nada. Ni el abandono o la enfermedad del cónyuge, y mucho menos su carácter más o menos odioso. La mayoría de las veces es vuestro ser lujuriosos lo que os hace ver odioso al compañero o compañera. Lo queréis ver tal para justificar ante vosotros mismos vuestro vergonzoso obrar que la conciencia os reprocha.

Yo he dicho, y no cambio mi decir, que es adúltero no sólo quien consuma el adulterio, sino quien desea consumarlo en su corazón porque mira con hambre de sentidos a la mujer o al hombre no suyo.

Yo he dicho, y no cambio mi decir, que es adúltero quien con su modo de actuar pone en condiciones de ser a su vez adúltero al otro cónyuge. Dos veces adúltero, responderá por su alma perdida y por la que ha llevado a perderse con su indiferencia, descuido, villanía e infidelidad.

A todos éstos incumbe la maldición de Dios, y no creáis que esto sea un modo de hablar.

El mundo se quiebra en ruinas porque antes se han arruinado las familias. El río de sangre que os sumerge ha tenido los diques de contención resquebrajados por vuestros vicios singulares que han empujado a gobernantes más o menos grandes –de los jefes de estado a los jefes de pueblecitos- a ser ladrones y prepotentes para tener moneda y lustre para sus codicias.

Mirad la historia del mundo: está llena de ejemplos. La lujuria está siempre en la triple combinación que provoca el surgir de vuestras ruinas. Han sido destruidos estados enteros, naciones desarraigadas del seno de la Iglesia, grietas seculares creadas para escándalo y tormento de razas por el hambre de carne de los gobernantes.

Y es lógico que sea así. La codicia extingue la Luz del espíritu y mata la Gracia. Sin Gracia y sin Luz no os diferenciáis de las bestias y por eso cometéis acciones de bestias.

Hacedlas, si así os gusta. Pero recordad, viciosos que profanáis las casas y los corazones de los hijos con vuestro pecar, que Yo veo y recuerdo y os espero. En la mirada de vuestro Dios, que amaba a los niños y ha creado para ellos la familia, veréis una luz que no quisierais ver y que os fulminará”.

(Los Cuadernos – 25 de septiembre de 1943 – María Valtorta)

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