Actualizado el jueves 14/ENE/21

Ejemplos de la protección del Escapulario del Carmen

Ejemplo 71.

 

La revista RC (febrero 1990, págs. 33-34), traía este precioso testimonio de fe y amor al “Vestido de María”, que escribía una suscriptora:

“Mis padres eran buenos cristianos, amaban mucho a Dios; en casa de mi marido eran “buenas personas”, no hacían daño a nadie, pero se lo hacían a sí mismos al vivir alejados de Dios. Al casarnos, en lo único que no estábamos de acuerdo mi marido y yo era en el amor a Dios y a su Iglesia; pero yo amaba a mi esposo y también él me quería, y yo me apoyaba en Dios, que es amor.

Muchas veces fue motivo de algún pequeño enfado el que yo fuera entre semana a Misa, pero necesitaba pedir mucho a Dios por los dos. Empecé a pedir al Corazón de Jesús y a su Santísima Madre la gracia de que mi esposo los amara a ellos por encima de todo amor, más que a mí y más que a mis hijos. Y Dios, que es Amor y rico para todos los que le invocan, hizo que, al mismo tiempo que mi esposo conocía mejor a Dios, me quisiera mucho más a mí. Así nos íbamos entendiendo mejor.

Un día le dije a mi esposo, que llevaba una medalla escapulario, que la cambiara por un escapulario de tela; le dije que por su trabajo –conductor de camión, casi siempre en la carretera- corría mucho peligro, y estaría más protegido con el Escapulario de tela; él se negó de todas las maneras que se puede decir “no”, aduciendo que sudaba mucho con su trabajo, y que era lo mismo el Escapulario de tela que la medalla. Yo le insistía que el metal es como un adorno frío, en cambio el Escapulario de tela es como un pedacito del manto de una Madre que ama mucho a sus hijos y quiere darles el calor y protección. Pero una vez más el dijo “no”, y yo entonces acudí a la Santísima Virgen: “Madre, tú verás, yo nada puedo hacer”.

Pasaron los días. En uno de sus viajes estaba mi esposo descargando el camión y sintió prisa por terminar, ansias de ir a la Iglesia y rezar a la Virgen. Al terminar su trabajo era ya el atardecer y aún no había comido y estaba cansado; pero se fue a los pies de la Virgen y, de rodillas, empezó a rezar el rosario, contando con los dedos; se acercó una señora y, sin hablar, le da un rosario, que él pensó le dejaba para que rezara con él. Mientras seguía rezando, vio que de la Virgen del Carmen se movía el Escapulario que llevaba en la mano, hacia delante y hacia atrás. La imagen estaba dentro de una hornacina de cristal, y él pensó: “estoy cansado y veo lo que no existe; debe ser por la debilidad de no haber comido”.

Siguió rezando, y por segunda vez vio que se movía el Escapulario de la imagen y se salía por el cristal. Mirando fijamente y sin comprender lo que pasaba, le dijo a la Virgen:

– “Madre mía, si quieres decirme algo, haz que yo lo entienda”.

Por tercera vez se movió el Escapulario; y entonces, sí, mi esposo recordó las veces que yo le decía que llevara el Escapulario de tela, y comprendió que era la Virgen misma quien ahora se lo decía.

– “Madre mía, si tú lo quieres, tan pronto como encuentre un Escapulario o vaya a casa me lo pondré el tuyo de tela”.

Lleno de alegría y muy emocionado, terminó de rezar y fue a devolver el rosario a la señora que se lo había dejado. Pero ésta, señalando a la imagen y sin hablar, se lo dio otra vez, como indicando que era la Virgen quien quería que mi esposo tuviera un  rosario.

– “Señora –dice él-, he terminado, y ya me voy, tengo que irme a trabajar…”.

De nuevo ella, sin hablar y señalando a la imagen, y de la imagen a mi marido, le da el rosario.

Pueden imaginarse cómo se sentía mi esposo: primero el escapulario y luego el rosario… Salió de la iglesia con una alegría como jamás antes había sentido; no esperó llegar a casa para decírmelo. Me llamó por teléfono, y casi sin poder hablar por la emoción, me lo comunicó.

Han pasado catorce años. Para él, el Escapulario de tela es el mejor de los tesoros; no le importa que en verano, cuando está trabajando, se vea el Escapulario y algunos se sonrían y lo miren como algo raro. Él lo luce como el mejor regalo. Todos los días reza el rosario a nuestra Madre; si va en la carretera, con un rosario de aro en el dedo; en el camión lleva la estampa de la mejor de las Madres.

Desde que nos casamos han pasado veintisiete años. El amor a Dios, que en un principio nos separaba, hoy es el lazo que más nos une; es más, si se puede decir de alguna forma, yo diría que mi esposo está más cerca de Dios.

Doy gracias por su infinita misericordia y el inmenso amor que tiene a toda mi familia, sin merecerlo”.

 

Ejemplo 72.

 

Este prodigio ocurrió el 27 de julio de 1949 en Angostura, población del Departamento de Antioquía, en Colombia.

Así escribía “El Obrero Católico de Medellín”, el día 6 de agosto:

Varias de las hijas de D. Ricardo Zea Y Dª Rosa Gómez tomaban un baño en el río Dolores. Una inusitada corriente del río hizo que las jóvenes bañistas se vieran en grandes apuros para salir rápidamente del agua, pues cuando menos lo pensaban, la corriente las envolvía peligrosamente. Por fortuna, todas pudieron salir a tiempo, excepto Lilliam Zea Gómez, de quince años de edad, cuyo cuerpo fue arrastrado por la impetuosa corriente del río sin que fuera posible el rescatarlo en la tarde de aquel infausto día.

Al amanecer del día siguiente, alentados de nuevo por un rayo de esperanza determinaron volver al lugar del siniestro, llevando consigo blancas sábanas para envolver el cuerpo de la desaparecida joven.

Entonces fue cuando empezaron a secar el río, a fin de poder bucear con éxito.

Cuando el agua empezaba a desalojarse de la cascada, ante la mirada atónita de todos los presentes, Lilliam saltó de entre las rocas al charco, después de veintitrés horas. Tenía encima el Santo Escapulario de la Virgen del Carmen, y contó que cuando las olas la arrastraron, ella se aferró a su escapulario, que jamás se quitó para bañarse, y poco a poco la corriente la fue llevando hasta la catarata.

Allí pasó la noche, esperando que el agua mermara para salir.

“¡Viva la Virgen del Carmen!”, gritaron enardecidos y frenéticos de entusiasmo todos los circunstantes.

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