Actualizado el miércoles 9/SEP/20

Ejemplos de la protección del Escapulario del Carmen

Ejemplo 52.

 

Un joven sano y bello, un mal día, amaneció gravemente enfermo. Una pleuresía purulenta en último grado hacía precisa una intervención quirúrgica, que tendría lugar el día 16 de julio de 1935.

El padre llevó al niño a la mesa de operaciones, y la madre corrió hacia la Iglesia del Carmen, y, después de confesar y comulgar, oró a la Santísima Virgen del Carmelo para que, si se llevaba a su criatura, lo hiciera sin que se martirizara al pobre cuerpecito.

–“¡Que muera, Virgen mía, que muera si es preciso! ¡Pero que no sufra! ¡Tiende, Señora, hacia mi hijo tu Santo Escapulario!”, decía sin cesar entre lágrimas y sollozos. Y así continuó, envuelta en la suave penumbra de la Iglesia. De pronto sintió una mano que se posaba sobre su hombro; era la de su marido.

–“¿Ha muerto? ¿Ha muerto?”, interrogó la madre al ver el rostro demudado del padre.

–“¡No, no; está vivo y sano y te espera!”

–“¿Salió bien entonces de la operación?”

–“No, no ha sido necesaria; los médicos no se explican lo que ha ocurrido. Le llevaron a la mesa; el doctor Ramoneda volvió a reconocerlo, y con cara de asombro llamó a los demás doctores que con él estaban. Nada hablaron, nada dijeron; yo comprendía que ocurría algo grave por sus rostros, pero no me atrevía a preguntar; creí que el niño iba a morir... Por fin se rompió el silencio:

–“Sí, sí; no existe pus; cicatrizada la pequeña herida hecha por la punción de ayer; nada de fiebre... Asombroso, asombroso. Vean ustedes”.

Volvieron a examinar y dirigiéndose a mí, el doctor Ramoneda me dijo:

–“El niño está curado; no he sido yo; ha sido Dios, indudablemente; lléveselo usted...”

Envolví a mi niño cuidadosamente y lo traje a casa; aún no acierto a explicarme lo que ha sucedido.

–“¡Yo, sí; yo sí!”, exclamó la madre.

–“Ha sido la Santísima Virgen del Carmen, que, al ver mis lágrimas, al contemplar mi dolor, ha tenido lástima y ha curado a mi hijo. ¡Lo ha salvado! ¡Me lo ha devuelto! ¡Gracias Madre mía, gracias!”

 

Ejemplo 53.

 

Burdeos, 1952. El señor D. Álvaro Vieira do Valo Golvao, de unos treinta y tantos años de edad, natural de Meimôa-Vieira-Baixa (Portugal), se hallaba gravemente enfermo del estómago, en el grupo del hospital Pellegrin, pabellón quirúrgico Tostet. Los médicos acababan de desahuciarle, le someten a una operación como último remedio, y con esperanzas poco alentadoras. Sale con vida, pero la operación no surtió efecto: sigue desahuciado.

El P. Jaime Seijas, jesuita, que trabajaba en el Hogar Español de Burdeos, visita a este enfermo y comienza a apreciar las cualidades magníficas de aquel desahuciado. Realmente, dice el P. Seijas, era un profundo cristiano, de una personalidad marcadísima, y de un influjo grande en todos los que le conocían en el pabellón... Le impuse el Escapulario de la Virgen del Carmen y le dije:

–“Usted tiene que pedir la curación a la Santísima Virgen, porque usted no puede morir. Todavía tiene que hacer mucho bien a sus compañeros”.

Comenzó a rogar el enfermo insistentemente a la virgen por su curación, y al poco tiempo se halló completamente bien.

 

Ejemplo 54.

 

María García de Vélez-Málaga, así manifiesta la curación milagrosa de su hijo: “Un día el pasado mes de enero sintióse enfermo uno de mis hijos, y, aunque sin dar al caso la menor importancia, se llamó al médico de casa para que le reconociese; pero ¡qué atroz sufrimiento despertaron sus palabras en nuestros corazones!

–“El niño –nos dice– lo que tiene es pleuresía, y le encuentro muy grave”.

Y así fue, en efecto. Las fiebres, desde aquel momento, fueron altísimas, por lo que el médico decidió punzarle el costado, pues se le había formado en él un líquido purulento que, necesariamente, se le tenía que sacar en seguida. Así lo hizo por dos veces el doctor, sacándole un litro cada vez, y asegurando que tendría que repetirse esto dos o tres veces más, hasta que no quedase una sola gota.

Pero he aquí la protección de nuestra Madre dulcísima del Carmen: le pedimos con toda nuestra alma la salud de nuestro amado enfermito, si convenía, y que no tuviera que  punzarle más, pues mi hijito sufría horrores en aquellos ratos tan dolorosos, y yo, al par que él, en mi corazón de madre.

Todos los de casa comenzamos una novena a nuestra Madre amantísima del Carmen, y en el lado enfermo se lo puse el Escapulario que tiene en sus manos la Virgen, pues él lleva con gran fervor el de cofrade sobre su pecho. Tantas fueron nuestras súplicas y lágrimas, que el Corazón de la Celestial señora se conmovió seguramente, pues, a los pocos días y tras varios reconocimientos, dijo el médico:

–“Parece increíble, pero es cierto; no existe ya líquido alguno, por lo que desisto de punzarle ni una vez más”. Y así sucedió, desapareciendo la fiebre por completo.

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