Actualizado el sábado 21/MAR/20

Ejemplos de la protección del Escapulario del Carmen

Ejemplo 36.

 

Juan Guerrero, natural de Gachantivá (Boyacá), radicado desde hace algún tiempo en Villa de Leiva (Colombia), donde posee un almacén de mercancías, cuenta:

–“Conducía un camión y antes de llegar al puente de Leiva, noté que algo iba fallando; que la dirección no andaba bien, pues se había trabado, a consecuencia de lo cual, me encuneté hasta la una de la madrugada en que logré salir del atolladero. Proseguí la marcha no sin antes encomendarme con toda confianza a Dios y a la Virgen del Carmen. No me percaté de que se había roto un resorte, y, al dar una curva, no obedeció la dirección, me vi perdido e inevitablemente el camión se volcó de una manera aparatosa. Invoqué entonces a la Virgen del Carmen a voz en cuello:

“¡Virgen del Carmen, ayúdame!”

Repuesto del “sustazo”, pude ver cómo el parabrisas había quedado hecho cisco, la carrocería convertida en chatarra y del dedo anular había volado el anillo de matrimonio, hecho trizas.

Íbamos seis pasajeros y todos quedamos ilesos, no obstante haber sido el ayudante botado a través de la carpa por la violencia del contragolpe, habiendo sufrido tan sólo un leve rasguño en el rostro.

Todos a una estuvimos convencidos de que la Virgen del Carmen nos había salvado la vida en aquella noche terrible, cuando estuvimos en un tris de perderla.

Desde aquel entonces prometí costear anualmente la fiesta de la Virgen del Carmen el 16 de julio, en la Iglesia de las Madres Carmelitas de Leiva. Desde hace tres años vengo cumpliendo ese acto de gratitud”.

 

Ejemplo 37.

 

Don Carlos de Verona fue cautivo de los moros, los cuales pusiéronle en una horrible prisión y estrecha custodia, cuando su alcurnia y nobleza eran más reconocidas.

Hallábase en una lóbrega y hedionda mazmorra, encadenado de pies y manos, maltratado y tan torturado que apenas si podía mover, para nada, los brazos.

Viéndose en tal tribulación y miseria tanta y que su rescate era casi imposible, por la fabulosa y cuantiosa suma que exigían los moros por el rescate de su persona, apeló a nuestra Madre y Señora del Carmen, con fervorosas y confiadas súplicas, rogándole con viva fe no le desamparase en tal trance y le sacase con vida de aquella tortura horrible que padecía.

Vestía desde su niñez, con gran devoción, el Santo Escapulario de María y con esta misma devoción crecía más y más su esperanza de ser liberado de aquellos tormentos.

Sucedió que una noche, cuando más fervorosamente clamaba, desde la negrura del triste calabozo, a la que es faro de indeficiente misericordia, hallóse que, deshechos los grilletes y cadenas, caían a sus pies hechos pedazos. Se le apareció María Santísima y transformó en cielo aquella lóbrega e infecta mazmorra. Asiéndole luego la mano, le sacó de ella y le condujo hasta dejarle en sitio seguro y a salvo de todo peligro futuro de parte de los guardianes.

Vuelto Don Carlos a Nápoles, refirió y publicó a los cuatro vientos el prodigio que con él había obrado la Madonna de Carmine, a fin de que todos le acompañasen a dar gracias a María Santísima que con é se dignó realizar tan estupendísima maravilla.

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