Actualizado el martes 23/OCT/18

Ejemplos de la protección de la Medalla de San Benito

 

Protección de los animales útiles al hombre e influencia sobre las condiciones naturales

 

Ejemplo 51

 

Este hecho ocurrió en T... Desde septiembre de 1858, unas veinte gallinas, perfectamente alimentadas y cuidadas con el mayor esmero, no habían puesto un solo huevo. Se mató unas seis o siete, sin encontrar en su interior la menor señal de fecundidad. El 20 de febrero de 1859 se mató otra, sin resultado. Entonces surgió la idea de clavar la medalla de San Benito en las paredes del gallinero. Cuatro días después se encontró un huevo; al día siguiente, dos; y de allí en adelante, la producción de huevos comenzó a ser abundante y regular.

 

Ejemplo 52

 

En 1857, en la aldea de Jouandière, distrito de Bais, departamento de Ille-et-Vilaine, un individuo bastante sospechoso en la región, parecía estar merodeando con malas intenciones una caballeriza. Ya habían muerto tres caballos, como consecuencia de una enfermedad que empezaba por causar la caída del pelo de los animales y luego los iba matando uno a uno. El cuarto y último animal estaba en ese mismo estado, cuando la pobre mujer víctima de semejante calamidad, se encontró con una persona que le aconsejó el uso de la medalla de San Benito y le ofreció una. La mujer la aceptó y corrió a la caballeriza, se arrodilló y encomendó sus intereses a San Benito; luego sumergió la medalla en un poco de agua que dio de beber al caballo enfermo, el cual pareció experimentar algún alivio. La dueña del animal, que se había retirado del establo algunos momentos, cuando regresó se puso contentísima al verlo de pie y comiendo con apetito, ante lo cual abandonó los remedios impotentes del veterinario; en pocos días volvió a crecer el pelo del animal, que recuperó su capacidad de soportar normalmente el trabajo al que estaba acostumbrado.

 

Ejemplo 53

 

Al año siguiente (1858), la misma arrendataria tuvo que pasar por un problema análogo. Una de sus vacas tenía una enfermedad declarada incurable por el veterinario, quien había recomendado matar sin demora al animal. Después de arrastrarlo al campo más próximo al corral, se llamó al veterinario que llegó con sus ayudantes. Antes de comenzar la tarea, los hombres se sentaron a la mesa para comer la rápida comida que estaba preparada. Mientras se servían, la dueña de la vaca salió un momento, fue junto al animal, se arrodilló y rezó con fe viva a San Benito: “Poderoso San Benito, no sé qué podré hacer por vos, si curáis a mi vaca. No conozco ningún santuario donde se os venere; pero si me concedéis lo que os pido, prometo llevar en vuestro honor una ofrenda al altar de la Virgen”. Llena de esperanza, volvió a la casa para atender a los invitados. Menos de quince minutos después, los hombres se levantaron y se dirigieron con sus instrumentos al lugar donde debían sacrificar la vaca. Pero cuál no sería su asombro, cuando vieron al animal de pie, pastando con la mayor tranquilidad. Lo examinaron y después de convencerse de su curación, declararon a la dueña que su misión era inútil, por lo que sólo les quedaba retirarse. La vaca continuó gozando de un perfecto estado de salud y la buena mujer cumplió enseguida con la ofrenda prometida.

 

Ejemplo 54

 

En el invierno de 1859 a 1860, unas religiosas a cargo de un asilo de ancianos en París, tuvieron el disgusto de ver morir dos de las tres vacas con las que contaba el establecimiento, a causa de una enfermedad pulmonar; y la tercera, con una tos pertinaz y falta de apetito, amenazaba seguir a las primeras si no se la mandaba durante algún tiempo al campo a pastar. Un católico, celoso propagador de la medalla, estaba de visita en el establecimiento; la hermana superiora le comunicó sus pesares e inquietudes. El católico preguntó si todavía no habían colocado en el establo la medalla de San Benito, y al saber que a nadie se le había ocurrido, pidió que lo llevaran junto a la vaca enferma. El pobre animal tosía violentamente, no comía nada y ya no producía leche. El visitante trazó la señal de la Cruz sobre la cabeza del animal, empleando la fórmula inscripta de la medalla; recomendó que se sumergiera la medalla en un poco de agua con afrecho para que la vaca lo tomara todos los días hasta su completa curación; finalmente, antes de retirarse, colgó una medalla en el establo e indicó las oraciones que deberían rezar. Algunas semanas después, cuando volvió para pedir noticias del animal, tuvo la satisfacción de saber que estaba completamente restablecido; a partir de los primeros días posteriores a la colocación de la medalla, la tos había pasado, había recuperado el apetito, y desde entonces estaba dando diecisiete litros por día, para gran contento de todos.

 

Ejemplo 55

 

En una amplia casa de Faubourg Saint-Germain, donde residían numerosos inquilinos, un pobre gato sarnoso causaba la animadversión de los habitantes que parecían haberle jurado la muerte, tanta era la repugnancia que les inspiraba. Golpeado violentamente por todos y perseguido con brutalidad siempre que osaba salir de su escondrijo, al final se ganó un derecho de asilo en la habitación de una inquilina que ocupaba un cuarto en la planta baja. Viendo que esa persona le manifestaba ciertas señales de compasión y llevado además por el instinto de conservación, el pobre gato resolvió buscar refugio junto a la referida inquilina, que lo alojaba de día, pero lo echaba durante la noche. A la mañana siguiente, bien temprano, allí estaba nuevamente el animal, haciendo saber con sus maullidos quejosos y arañando la puerta con las uñas, que deseaba estar nuevamente en un lugar seguro. Abusando tal vez de sus derechos, el infeliz gato no dudaba en sentarse encima de las sillas, como si estuviera perfectamente sano. La persona hospitalaria de quien hablamos, recibió un día la visita de un hombre lleno de fe en la medalla de San Benito, a quien le ofreció sentarse en una silla sobre la cual hasta hacía un rato había estado el gato. El visitante no quiso sentarse y le preguntó por qué, si lo había adoptado, no curaba al pobre gato. La mujer respondió que tal era su deseo, pero no sabía cómo proceder.

El visitante le aconsejó que todos los días sumergiese la medalla de San Benito en el bol de agua que acostumbraba poner al gato. La mujer objetó que ya había pensado en eso, pero temía profanar algo tan sagrado con un uso tan vulgar. El visitante le respondió que la virtud de la Cruz había rehabilitado toda la Creación y bien podía ser empleada a favor de animales útiles al hombre. “Además, agregó, Dios sabe que nuestra intención es recta, y que sólo queremos su gloria; si nos aprueba, curará al pobre animal; si no, seguirá enfermo y nada se perderá”. En seguida sumergió la medalla en el bol de agua y aconsejó a la mujer hacer lo mismo todos los días, hasta la completa cura del animal. Pocos días después, la sarna había desaparecido completamente y el pelo volvió a estar limpio; así se constataba una vez más que la bondad de Dios se extiende a todas sus criaturas.

 

Ejemplo 56

 

En marzo de 1862, un señor llamado G..., de S..., fue encaminado a una piadosa persona de Noyon a fin de obtener una medalla de San Benito. Le contó que había recibido en herencia, por la muerte de su suegra, una casa de campo con sus construcciones anexas para explotación rural. La casa tenía un patio en común con un vecino que guardaba muchos libros malos, y, de ser verdad lo que se comentaba, se había consagrado, junto con su mujer, al demonio. Los habitantes del lugar lo temían mucho y más de una vez les había hecho maleficios.

G... tomó posesión de la casa, con gran descontento del vecino, que al principio quiso comprársela, y ante su negativa, lo amenazó diciendo: “no quieres venderla, pero te verás forzado a hacerlo”. En efecto, apenas G... se había instalado, una mortandad espantosa sobrevino a su ganado; la leche de las vacas que habían sobrevivido no se podía convertir en manteca, aunque la batieran el día entero; por otro lado, miles y miles de ratas devoraban todo cuanto había en la casa: ropa blanca, trajes, riendas de caballos, todo era despedazado; las frazadas, devoradas; ratoneras, veneno, armas de fuego, nada lograba impedir tal devastación; sólo a fuerza de la más austera economía y del trabajo más empeñoso G... logró conservar, a pesar de esas condiciones, al menos una parte de sus bienes.

Al cabo de diez años, viendo que su estado empeoraba cada vez más, resolvió vender al vecino la casa que éste tanto codiciaba; y fue a establecerse en el límite del distrito, esperando poner término a su triste situación con esta mudanza; pero se vio desengañado, y su infortunio pareció agravarse. No obstante tuvo un momento de tregua, cuando, después de la muerte de su madre, llevó a su casa un relicario recibido en herencia, que contenía un fragmento del madero de la verdadera Cruz, junto con reliquias de San Medardo, San Eloy, San Momol y Santa Godoberta. G... se juzgó liberado; pero la tranquilidad duró poco y pronto volvieron las calamidades con más intensidad que nunca. Ya estaba desesperado, cuando le presentaron a una persona muy piadosa. Ésta lo exhortó a tener confianza y rezar con fe; le dio varias medallas de San Benito, acompañadas por un folleto explicativo de las gracias de protección que se podían conseguir por medio de la medalla. G... ejecutó con celo cuanto le habían encomendado, y su situación comenzó a mejorar inmediatamente. Sumergió le medalla en agua, dirigiendo a Dios una fervorosa súplica, y lavó con ella la s paredes de la casa, el umbral de la puerta y la dio de beber al ganado.

Salpicó con algunas gotas el recipiente que utilizaba para batir la manteca y en veinte minutos obtuvo la mejor manteca imaginable. Uno de sus bueyes estaba muriendo; le colgó una medalla del pescuezo y el animal enseguida se levantó y se puso a comer, perfectamente curado. En pocos días desaparecieron todos los flagelos que lo habían perseguido durante tantos años y empezó a gozar de la más completa tranquilidad. Fue enseguida a agradecer, lleno de alegría, a la persona que le había dado la medalla; pero le comunicó al mismo tiempo una cosa que lo afligía mucho: movido por una caritativa compasión, temía que el autor de todas aquellas calamidades, enfermo de tuberculosis, muriera. Sabemos que hizo algunos intentos en su favor, pero no recibimos información acerca de la marcha del caso.

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