Evangelio del día.

viernes 25/JUN/21 

Mt 8, 1-4. 

La lepra del alma. 

Cuando Jesús bajó de la montaña, lo siguió una gran multitud. Entonces un leproso fue a postrarse ante él y le dijo: “Señor, si quieres, puedes purificarme”. Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Lo quiero, queda purificado”. Y al instante quedó purificado de su lepra. Jesús le dijo: “No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que ordenó Moisés para que les sirva de testimonio”. 

Reflexión: 

Nosotros también somos leprosos por el pecado que ha dejado en nosotros llagas horribles que solo el Señor puede curar. Acerquémonos a Él y, como este humilde leproso, pidámosle que nos purifique, que nos cure de toda maldad e impureza. Vayamos a los pies del sacerdote y confesemos nuestros pecados, y será allí donde Jesús derramará su Sangre purificadora sobre nosotros y saldremos limpios como si recién hubiéramos sido creados por el Padre eterno. Porque la lepra del alma es mil veces peor que la lepra del cuerpo, pues esta desaparece con la muerte, pero la lepra del pecado no desaparece con la muerte, sino que nos hace sufrir más allá de la tumba, y si el pecado es grave, nos condena a una eternidad de tormentos.

Pidamos a la Santísima Virgen la gracia de considerarnos pecadores pues quien más quien menos comete pecados, y la misericordia de Dios actúa donde hay miserias que consumir. Y si no hemos caído en pecado, demos gracias a Dios porque Él ha sido el que nos cuidó para que no cayésemos.

Jesús, María, os amo, salvad las almas.

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