Actualizado el martes 19/JUL/22

Evangelio explicado

Mt 8, 1-4.  

La lepra del pecado. 

Cuando bajó de la montaña, le fueron siguiendo grandes muchedumbres. Y he aquí que un leproso se aproximó, se prosternó delante de Él y le dijo: “Señor, si Tú quieres, puedes limpiarme”. Y Él, tendiéndole su mano, lo tocó y le dijo: “Quiero, queda limpio”, y al punto fue sanado de su lepra. Díjole entonces Jesús: “Mira, no lo digas a nadie; sino ve a mostrarte al sacerdote y presenta la ofrenda prescrita por Moisés, para que les sirva de testimonio”. 

Comentario: 

Jesús, cuando hacía algún milagro, lo hacía para favorecer a esa persona pero, sobre todo, para dar un signo. Y en la curación de este leproso, el signo que nos quiere dejar Jesús es que el pecado es la más horrible de las lepras, y así como Él curó la lepra del cuerpo de este hombre, así el Señor también puede curar la lepra de las almas, es decir, el pecado.

Es bueno que meditemos un poco en cómo es nuestro juicio, porque muchas veces nosotros vemos lo exterior de una persona, y tratamos bien y rendimos honores a quienes son bellos por fuera, pero por dentro son horribles y llenos de toda inmundicia; y en cambio con quien tal vez exteriormente no es agradable, pero tiene un alma pura, somos parciales y desdeñosos y no lo tratamos con delicadeza.

Tratemos de ver a las personas como las ve Dios, siendo caritativos con todos, y mirando más el corazón que el aspecto exterior. ¡Cuántos fariseos tendrían muy buen aspecto en los tiempos de Jesús, y sin embargo eran un nido de víboras y sus almas un hervidero de gusanos!

Nos horrorizamos de la lepra del cuerpo, pero ante la lepra del pecado no nos espantamos, sino que cometemos el pecado como si nada fuera. Que no suceda más de este modo a partir de hoy.

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