(Sección especialmente dedicada a los Consagrados a María)

Actualizado el sábado 3/NOV/18

Fragmento sobre la Consagración a María

¿Cómo hacerse esclavo de Nuestra Señora?

            Nos hacemos esclavos de amor por medio de la propia Consagración total a Jesús por María.

            Eso quiere decir, como hemos explicado precedentemente: darse realmente como propiedad a la Santísima Virgen; darse por entero con todo lo que se es y con todo lo que se posee; darse para siempre, en el tiempo y para la eternidad; darse, no con miras a la recompensa, sino por amor puro y desinteresado; darse a Jesús y a María, a Jesús por María.

            ¿Cuándo y cómo se puede realizar este acto tan importante?

            Ante todo, no hay que hacerlo por entusiasmo, a la ligera, sin reflexión ni preparación. Realizado de este modo, contribuiría mediocremente a la gloria y reino de Dios, y a la santificación del alma.

            Debemos saber lo que hacemos. Léete antes el breve folleto explicativo que de buena gana ponemos gratuitamente (en cantidad ilimitada para su difusión) a disposición de quien nos lo pida. En caso de sentirte atraído entonces a esta devoción, lee y medita, ya el «Tra­tado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen», ya «El Secreto de María» [1], que da resumidamente la misma doctrina que el Tratado.

            ¿Encuentras dificultades en esta lectura, como casi siempre sucede? Reza fervorosa y humildemente al Espíritu de Dios y a su purísima Esposa María, y de una manera u otra recibirás la luz deseada. Consulta también a quienes sabes que están a la altura de esta magnífica doctrina: los Padres Montfortanos, otros sacerdotes celosos y piadosos, a menudo nuestros mismos celadores y celadoras. Una vez que hayas resuelto la mayor parte de estas dificultades —pues Mont­fort nos avisa que sólo con la práctica comprenderemos perfectamente—, pide humildemente a tu director, si tienes uno, el permiso para dar el gran paso. Determina para esto un día de fiesta de la Santísima Virgen, o cualquier otro día notable en tu vida.

            Haz antes tu preparación de treinta días. Para los cristianos fervorosos esta preparación no presenta ninguna dificultad. Quienes hacen lectura espiritual y meditación, podrán servirse para esto de libros compuestos a este fin. Quienes no tienen tiempo de hacer muchas lecturas piadosas podrán contentarse con la Preparación Breve, editada como folleto especial e insertada en nuestra última edición del Libro de Oro y del Reino de Jesús por María. De la seriedad y del fervor de esta preparación dependerá en gran parte la fecundidad de tu misma Consagración.

            El día elegido o su víspera, haz una confesión fervorosa (puede ser general) de tus faltas, pues nuestra Consagración debe operar una rectificación definitiva de nuestra vida. Acércate a la sagrada Comunión sirviéndote del método mariano de San Luis María de Montfort, y después de la Comunión lee lenta y respetuosamente el Acto de Consagración. Este día será para ti un día celestial: es el día en que habrás marcado a tu vida una orientación definitiva, y firmado, por decirlo así, el contrato de tu eternidad bienaventurada.

            Cuanto antes da tu nombre, apellido y dirección completa a uno de nuestros celadores o celadoras, o directamente a nuestra Secretaría de Lovaina para la inscripción en la Archicofradía de María Reina de los corazones. Te darán o enviarán entonces tu carnet de admisión, que leerás atentamente, a fin de enterarte bien de las obligaciones que contraes y de las preciosas ventajas espirituales que se te conceden.

            Es de lamentar que muchos esclavos de amor hayan descuidado esta inscripción. No es lo que más importa, claro está; lo principal es hacer generosamente y vivir fielmente la Consagración. Pero eso no quita que, donde la Iglesia crea una institución oficial para agrupar los esclavos de Nuestra Señora, otorgando a esta institución numerosos y preciosos favores espirituales, sería por nuestra parte una falta de respeto y sencillez cristiana descuidar sin motivo la inscripción en esta querida Cofradía. Tenemos respeto —y está muy bien— a los sacramentales, al agua bendita, a la bendición de un sacerdote, etc. Una Archicofradía, erigida por la autoridad más elevada de la Iglesia, enriquecida con indulgencias plenarias y parciales, tiene indudablemente más valor. Así, pues, que todos los esclavos de Nuestra Señora, aunque haga años que hubieran realizado su Consagración, se apresuren a dar su nombre a la Archicofradía de María Reina de los corazones. Y que los sacerdotes que atraen las almas a nuestra querida Devoción, les aseguren también los favores vinculados a esa inscripción. Todo esto es conforme a los deseos de Montfort.

            De este modo nos sostenemos mutuamente por la oración y el sacrificio. También es deseable poder contarnos. Y finalmente es necesario que los esclavos de amor guarden el contacto entre sí, y se vean puestos al corriente del movimiento mariano y de todos los acontecimientos referentes al reino de Nuestra Señora. Sólo así podremos formar «un ejército bien alineado en orden de batalla y bien reglado, para atacar de consuno a los enemigos de Dios». Aislados seremos poca cosa; pero agrupados, disciplinados y regimentados seremos invencibles.

«

            En los artículos que han de seguir nos extenderemos sobre el espíritu y las obligaciones de la santa esclavitud, espíritu y obligaciones de que querríamos impregnar nuestra vida entera.

            Para llegar a ello, comencemos por la renovación frecuente de nuestra donación. Es cierto que sigue en vigor y produce sus efectos mientras no haya sido expresamente retractada. Sin embargo, es muy útil renovarla a menudo. Acordémonos de que fuera de la santa Misa y de los Sacramentos, no hay acto con el que demos tanto gusto a Jesús y a María.

            Renovemos, pues, nuestra Consagración el día aniversario de nuestra primera donación, en las fiestas de Nuestra Señora, tal vez cada sábado, o al menos cada primer sábado de mes. Hagámoslo, ya con la fórmula de Montfort, ya —a veces conviene variar— con la del Cardenal Mercier, con la de Santa Margarita María, o con alguna otra fórmula semejante. El gran Cardenal Pie hacía con ella su acción de gracias cotidiana, y muchos esclavos de amor siguen este ejemplo.

            Ya sabemos que no se requiere el rezo de una larga fórmula para renovar seriamente nuestra donación. Podemos hacerlo con una fórmula breve compuesta según nuestro gusto y conveniencia, o con las oraciones jaculatorias de nuestro Padre:

            «Soy todo vuestro, amable Jesús mío, y todo lo tengo os lo ofrezco por María, vuestra santísima Madre».

            O también: «Renuncio a mí mismo y me doy a Ti, querida Madre mía».

            O más brevemente aún: «Soy todo de Jesús por María».

            Muy sugestiva es la invocación indulgenciada por Su Santidad Pío XI con 300 días: «Sagrado Corazón de Jesús, me doy enteramente a Vos por María».

            Así, pues, con una palabra, o con un acto puramente interior, repitamos cada día y muy a menudo durante el día nuestra pertenencia total a María. Hagámoslo al levantarnos y al acostarnos, antes y después de las comidas, antes de cada nueva actividad, tal vez también entre las decenas de nuestro Rosario. Hagámoslo en el sufrimiento, en las dificultades, en el momento de la tentación… Hagámoslo cuando toque la hora, y cada vez que nos encontramos con una imagen bendita de nuestra Madre. Y poco a poco se convertirá en la respiración de nuestra alma.

            Este es un primer y buen medio para acordarnos de nuestra pertenencia, convencernos de ella, penetrarnos de ella, y aprender poco a poco a vivirla.

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