(Sección especialmente dedicada a los Consagrados a María)

Actualizado el martes 12/MAR/19

Fragmento sobre la Consagración a María

“Obediente hasta la muerte”

            Como decíamos, la espiritualidad mariana de San Luis María de Montfort es maravillosamente rica y realmente completa.

            Significa, ni más ni menos, la «marialización» de toda la vida cristiana en todas sus formas y bajo todos sus aspectos, para adaptarnos perfectamente al plan divino, que es mariano en todas sus partes y en todos sus detalles. Significa también a María prácticamente reconocida como Mediadora en todas las relaciones de nuestra alma con Dios.

            Uno de los aspectos más fundamentales de la vida espiritual consiste en la dependencia absoluta y radical respecto de Dios, en la total e incesante sumisión de nuestra voluntad a la voluntad divina. La perfección consiste, se nos dice, en la conformidad de nuestra voluntad con la de Dios. Es la exacta verdad, aunque la santidad pueda enfocarse y se presente bajo varios otros aspectos.

            Es fácil comprender que la dependencia absoluta e incesante respecto de Dios sea uno de los deberes más esenciales de nuestra vida, un deber que está de tal modo en la naturaleza de las cosas, que Dios mismo no podría dispensarnos de él.

            ¡Y cómo encontramos en nuestro Maestro adorado un admirable ejemplar de esta sumisión absoluta!

            San Pablo resumió verdaderamente toda la vida de Jesús al escribir que «se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz».

            Pero Jesús mismo es quien nos proclama su amor por la voluntad de su Padre. Debemos estar profundamente agradecidos a San Juan por habernos conservado estas preciosas palabras en su Evangelio.

            Y en primer lugar, ante la voluntad de su Padre, Jesús elimina, tanto en principio como en la práctica, su propia voluntad humana. «He descendido del cielo», dice, «no para hacer mi voluntad, sino la voluntad de Aquel que me envió». Es el programa de su vida, y a este programa permanecerá invariable y escrupulosamente fiel. Y cuando su naturaleza humana se espante y vacile ante los horrendos sufrimientos que lo acechan, exclamará: «Padre mío, si es posible pase de Mí este cáliz»; pero enseguida añade firmemente: «Mas no se haga como Yo quiero, sino como Tú».

            Jesús vive de esta dependencia: es su alimento y su bebida. «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra». Esta dependencia va tan lejos que Jesús no obra sino bajo su influencia, bajo el impulso del Padre, de modo que sus obras son realmente las del Padre. Sus palabras son las del Padre, las que el Padre le inspira decir: «Yo no puedo hacer nada por mi cuenta: juzgo según lo que oigo… El que me ha enviado es veraz, y lo que le he oído a El es lo que hablo al mundo… Yo no hago nada por mi propia cuenta, sino que hablo lo que el Padre me ha enseñado».

            ¿Podríamos jamás meditar suficientemente estas palabras, noso­tros que queremos tender a la perfecta sujeción de amor?

            En efecto, esta misma dependencia, esta obediencia absoluta, Jesús la exige a sus discípulos, nos la exige a todos nosotros. Pues «no todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial».

            Sin duda, amar a Dios es el primero y el mayor de todos los mandamientos, pero El mismo indica cómo se debe comprender y practicar este mandamiento: por la obediencia y dependencia. «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama… Si alguno me ama, guardará mi Palabra… El que no me ama no guarda mis palabras».

            También nos dice que esta sumisión fiel y vivida es el medio de merecer sus preferencias y entrar en su intimidad: «Quien cumpla la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».

«

            Nunca podremos recordar lo suficiente estas importantes pa­la­bras, ni grabarlas en nuestro espíritu y nuestro corazón tan profundamente como fuera menester.

            Pero nosotros, hijos y esclavos de Nuestra Señora, no olvidemos un aspecto importantísimo, el aspecto mariano, de la dependencia de Jesús.

            Esta dependencia misma, y el aspecto mariano de esta dependencia, se encuentran encerrados en una brevísima frase que nos descubre y revela todo un mundo divino: «Vivía sujeto a ellos». Fuera del relato del encuentro del Niño Jesús en el Templo, eso es todo, absolutamente todo, lo que se nos ha transmitido de la vida escondida de Jesús. Y es que, según el parecer del Espíritu Santo, de la Santísima Virgen, que transmitió a los Evangelistas la vida de infancia de Jesús y su vida oculta en Nazaret, y de los mismos Evangelistas, no había más que decir. Por lo tanto, en esas cuatro palabras encontramos el programa completo de la vida de Jesús, desde su tierna infancia hasta su vida pública.

            Esta sumisión se ejerció, sin duda alguna, respecto de San José, pero también, y sobre todo, respecto de la Santísima Virgen: porque Jesús no practicaba esta sumisión a San José más que a causa de María, la única en ser su verdadera Madre, y porque, según la creencia común, el santo Patriarca desapareció desde temprana hora del santo hogar de Nazaret.

            Nuestro Padre quedaba impresionado por este adorable misterio de la obediencia de Jesús; a él vuelve frecuentemente, y se apoya en este Modelo divino para exhortarnos a la vida de dependencia respecto de la Santísima Virgen. «Este buen Señor no ha tenido como indigno de El encerrarse en el seno de la Santísima Virgen, como un cautivo y un esclavo de amor, y estarle sometido y serle obediente durante treinta años. Aquí es, lo repito, donde el espíritu humano se abisma cuando reflexiona seriamente en esta conducta de la Sabiduría encarnada… Esta Sabiduría infinita, que tenía un deseo inmenso de glorificar a Dios su Padre y de salvar a los hombres, no ha encontrado medio más perfecto y más corto para hacerlo que someterse en todo a la Santísima Virgen, no sólo durante los ocho, diez o quince primeros años de su vida, como los otros niños, sino durante treinta años; y ha dado más gloria a Dios su Padre, durante todo este tiempo de sumisión y de dependencia a la Santísima Virgen, que la que le hubiera dado empleando esos treinta años en hacer prodigios, en predicar por toda la tierra, en convertir a todos los hombres; de otros modo, lo hubiera hecho».

            Y Montfort saca de estas consideraciones las siguientes conclusiones, que se imponen por sí mismas:

            «¡Oh! ¡Oh! ¡Cuán altamente se glorifica a Dios sometiéndonos a María a ejemplo de Jesús! Teniendo ante nuestros ojos un ejemplo tan visible y tan conocido de todo el mundo, ¿somos tan insensatos como para creer encontrar un medio más perfecto y más corto para glorificar a Dios, que el de someternos a María, a ejemplo de su Hijo?».

            Esta dependencia es la que el gran Apóstol de Nuestra Señora nos pide en la primera práctica interior, cuya explicación vamos a abordar: «Es menester hacer todas las acciones por María, es decir, es preciso que obedezcan en todas las cosas a la Santísima Virgen, y que se rijan en todas las cosas por su espíritu».

            Y el tercer deber de los predestinados para con la Santísima Vir­gen queda descrito en los siguientes términos: «Son sumisos y obedientes a la Santísima Virgen, como a su buena Madre, a ejemplo de Jesucristo, que, de los treinta y tres años que vivió sobre la tierra, empleó treinta en glorificar a Dios su Padre por una perfecta y entera sumisión a su santa Madre».

            De este modo, según la exhortación de San Pablo, adoptaremos los sentimientos y las disposiciones de Cristo Jesús. El se hizo obediente a su Padre; pero, en lo que se refiere a sus actos exteriores y humanos, durante la mayor parte de su vida manifestó esta obediencia al Padre en la persona de su santísima Madre. Y puesto que también nosotros, aunque de distinto modo, hemos aceptado libremente la condición de esclavos de amor, queremos humillarnos y hacernos obedientes a Dios y a María hasta el extremo y hasta la muerte; a Dios, sí, pero en y por María.

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