Actualizado el martes 12/MAR/19

(Sección especialmente dedicada para el Grupo ALMAS APOSTÓLICAS)

Mensaje sobre el apostolado

CUARTA PARTE

FECUNDIDAD DE LAS OBRAS POR LA VIDA INTERIOR

1. La vida interior es para las Obras la condición de su fecundidad

Prescindiendo de la fecundidad que las obras pueden adquirir de lo que los teólogos llaman ex opere operato, hablamos aquí de la que reciben ex opere operantis y a este propósito recordamos que si el apóstol realiza el Qui manet in Me et Ego in eo, la fecundidad de su obra está asegurada por Dios: Hic fert fructum multum . Este texto es la prueba más convincente: huelga, después de su Autoridad, probar la tesis. Nos limitaremos a corroborarla con ejemplos.

Durante más de treinta años hemos seguido, aunque de lejos, la marcha de dos instituciones de huérfanos dirigidos por dos Congregaciones distintas. Las dos tuvieron épocas de crisis manifiestas. ¿Por qué no decirlo? De dieciséis huérfanas recogidas en idénticas condiciones, que dejaron los asilos a su mayor edad, tres de la primera y dos de la segunda pasaron, en el período de ocho a quince meses, de la comunión frecuente a la mayor abyección de la escala social. De las once restantes, una sola sigue siendo sólidamente cristiana, a pesar de que a todas, a su salida, se las colocó en casas serias.
Hace once años que una de las superioras de aquellos orfelinatos fue trasladada, quedando las demás religiosas. Seis meses más tarde podía advertirse el cambio radical que se operaba en el espíritu de la casa.
Idéntica transformación pudo observarse en el otro orfelinato, al cabo de tres años, en que siguiendo todas las religiosas con su superiora en la casa habían cambiado de Capellán.
Desde entonces, ni una sola de las jóvenes, a su salida, ha caído en el fango. Todas, sin excepción, siguen siendo buenas cristianas.
La razón de estos resultados es muy sencilla. En un principio, faltaba en el gobierno de la casa o en el confesionario una dirección interior eminentemente sobrenatural, y así se paralizó, o atenuó por lo menos, la acción de la gracia. La antigua superiora en el primer caso, y el primer Capellán en el segundo, aunque sinceramente piadosos, carecían de una sólida vida interior, y por eso su acción no era profunda ni duradera. Piedad sentimental, piedad del ambiente, de imitación, hecha exclusivamente de prácticas y hábitos, lo cual producía tan sólo unas creencias vagas, un amor poco ardiente, y unas virtudes superficiales. Piedad floja, hecha de exhibición, de cominería o de rutina. Una piedad de alfeñique, propia para formar niñas incapaces de causar la menor molestia, con inclinaciones y reverencias, pero sin vigor ni energía de carácter, dirigidas exclusivamente por la sensibilidad y la imaginación. Piedad, por tanto, incapaz de abrir horizontes amplios a la vida cristiana y de formar mujeres fuertes, preparadas para la lucha, que se limitaba a retener a aquellas jóvenes desgraciadas, que languidecían entre las cuatro paredes del asilo, esperando el día en que podrían dejarlo para siempre. Toda esa vida cristiana pudieron infiltrar en aquellas jóvenes unos obreros evangélicos que desconocían casi en absoluto la vida interior. Bastó que se hiciera el cambio de una Superiora y de un Capellán para que todo se transformase. La oración comenzó a entenderse de otra manera, y los sacramentos fueron más eficaces. Variaron las actitudes en la capilla, en el trabajo y en el recreo. El cambio operado fue radical y lo expresaban la alegría serena que reinaba en los semblantes, la animación, las virtudes sólidas y, en muchas, un deseo ardiente de tener vocación religiosa. ¿A qué atribuir aquella transformación? Sencillamente, la nueva Superiora y el nuevo Capellán eran almas interiores.
En otros muchos Pensionados, Externados, Hospitales, Patronatos, y aun Parroquias, Comunidades y Seminarios, cualquier observador perspicaz habrá podido observar que los mismos resultados obedecen a idénticas causas.
Oigamos a San Juan de la Cruz en el Cant. Espirit. est. XXIX: "Adviertan aquí los que son muy activos, que piensan ceñir al mundo con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios (dejando aparte el buen ejemplo que se daría) si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en oración... Cierto, entonces harían más y con menos trabajo, y con una hora que con mil, mereciéndolo su oración, y habiendo cobrado fuerzas espirituales en ella, porque de otra manera todo es martillar y hacer poco más que nada, y aun a veces daño; porque Dios os libre que se comience a envanecer la tal alma, que aunque más parezca que hace algo por de fuera, en sustancia no será nada; porque cierto es que las obras buenas no se pueden hacer sino en virtud de Dios. ¡Oh cuánto se pudiera escribir aquí de esto, para los que abandonan la vida interior, puesta la mira en las obras que deslumbran, para adquirir fama y ser vistos de todos! Esta clase de personas no tienen idea del manantial de aguas vivas ni de la fuente misteriosa que todo lo fertiliza."
Algunas palabras del Santo son tan duras como la frase de San Bernardo "Ocupaciones malditas", que citamos en los capítulos anteriores. No hay que calificarlas de exageraciones porque Bossuet dice de San Juan de la Cruz que es el Santo del gran sentido práctico, que se preocupa de poner en guardia contra el afán de las vías extraordinarias para llegar a la santidad y que expresa con admirable precisión los pensamientos más profundos.
Examinemos algunas causas de la fecundidad de la vida interior.

(De "El alma de todo apostolado", Dom Chautard)

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