Actualizado el martes 5/MAR/19

Milagro Eucarístico

EN UNA LAGUNA HELADA 

Año 1249 Erfürt Alemania 

La víspera de la Asunción del año 1249, dos ladrones protegidos por la oscuridad de la noche, penetraron en la iglesia de San Martín de Erfürt (Sajonia), donde entre otras alhajas robaron el Copón con nueve Hostias consagradas. Como no tenían otro intento que el de obtener dinero, se contentaron con el Copón, arrojando con diabólico cinismo en el fango de una laguna las santas Formas, envueltas como estaban en un pequeño lienzo, según costumbre de aquellos tiempos.

El crimen nunca queda sin castigo, pues jamás la criatura podrá burlarse del Criador, y la venganza del cielo llega a su debido tiempo aun cuando a veces parezca como que se detiene. Pocos meses después de la sacrílega profanación, uno de los delincuentes, que se hallaba a la sazón en Isenac, tras gravísima dolencia se veía reducido a las puertas de la muerte.

Se apiadó Dios del desdichado y le concedió su gracia, con que sinceramente arrepentido descubrió su crimen a un confesor, rogándole investigase el paradero de las sagradas Hostias echadas en determinada laguna. El sacerdote como ignorase el camino que va a Erfürt, procuró cuanto antes dirigirse a este pueblo siguiendo las indicaciones del moribundo, y así que hubo llegado, rogó a varias distinguidas personas que se dignasen acompañarle en una investigación de suma importancia.

Era el día 13 de enero, domingo infraoctava de la Epifanía: el invierno crudo por extremo. Todas las aguas se congelaron al contacto de un aire glacial que reinaba, y a pesar del frío tan intenso, fue la comitiva a la laguna, que presentaba el aspecto de una gran masa de hielo; mas al rodearla vieron, con no pequeña sorpresa, que en medio del hielo existía una pequeña balsita de agua sobre la cual flotaban las sagradas Formas envueltas en el lienzo, que permanecía intacto y enteramente seco.

Los elementos manifestaban el reconocimiento más respetuoso a Dios, que así se oculta por amor de los hombres en el Santísimo Sacramento, y según testimonio de un virtuoso diácono, una misteriosa claridad iluminaba todas las noches aquella parte de la laguna.

A la noticia del milagro, el Arzobispo de Maguncia, que estaba en Erfürt, reunió el clero y todo el pueblo para ir en procesión a buscar las sagradas Hostias, que quedaron depositadas como rico tesoro en la iglesia de Nuestra Señora. Un devoto caballero, llamado Ulrico Vierling, temiendo se perdiese poco a poco, como suele acontecer, la memoria de un prodigio tan señalado, ofreció buena parte de su hacienda para el culto de estas sacrosantas Formas. 

(P. Serarius, S. J., Moguntiacarum rerum, libro V, página 839)


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