Humildad.
No hay límites para ser humildes. La humildad debe brotar de compararnos con Dios. ¿Quién es Dios y quiénes somos nosotros? De esta comparación surgirá como rayo de luz el conocimiento de que somos nada, y que, aunque sea muy vasto el bien que hacemos y las buenas obras, nunca será ni cercano al infinito bien que es Dios y que realiza Dios.
Entonces siempre tenemos que ser humildes, no comparándonos con los demás, sino con Dios. De esa forma estaremos siempre en nuestro lugar, sin querernos poner en lugar de Dios.
La humildad es la base del edificio de la santidad. Y sabemos muy bien que para levantar un edificio es necesaria la base, y ésta se construye con una excavación del terreno. Eso es lo que hace la humildad en nosotros, excavar el terreno de nuestra alma para echar los cimientos de la santidad, que llegará tanto más arriba, cuanto más profundo hayamos cavado con la humildad.
¡Que Jesús y María nos bendigan!
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